Un retrato irreverente

  • 'Precioso día para la boda'. Julia Strachey Trad. Laura Salas. Periférica. Cáceres, 2011. 144 páginas. 17 euros

Sobrina del autor de Victorianos eminentes, Julia Strachey (1901-1979) es uno de los personajes menos conocidos de la galaxia Bloomsbury, eslabón intermedio entre los integrantes más jóvenes del grupo (autores como David Garnett o C. H. B. Kitchin, también publicados por Periférica) y la llamada segunda generación a la que pertenecen Julian y Quentin Bell o Angelica Garnett. Nacida en la India, Strachey ejerció como modelo, fotógrafa o editora, escribió relatos y reportajes para revistas y publicó dos únicas novelas, entre ellas esta, la primera. Prestigiada por su aparición en The Hogarth Press, la editorial de Leonard y Virginia Woolf, Precioso día para la boda (1932) es una obra de apariencia ligera que se presenta como alegre comedia de costumbres -un poco a la manera de Historias de Filadelfia- y sorprende por su final desabrido, melodramático.

La novela describe las horas previas a la boda de Dolly, la hija mayor de una viuda de clase media, con un diplomático al que apenas ha tratado, mientras un íntimo amigo de la novia, Joseph, maldice el enlace inminente. Llegan los invitados a la casa de campo, pero algo no va bien en el cuarto de la novia, que se ha bebido media botella de ron y no parece entusiasmada con la idea de contraer matrimonio. En medio del trajín, los nervios y los preparativos, familiares, sirvientes y amigos intercambian diálogos chispeantes, repletos de ironía, que componen escenas de refinada comicidad. El personaje de la madre, la siempre perpleja señora Thatcham, está admirablemente caracterizado, pero son Dolly, la aspirante a malcasada, y el irresoluto Joseph, quienes transmiten los signos de una honda insatisfacción bajo la máscara de la frivolidad permanente. De esta forma, junto al brillante retrato de costumbres, se deja sentir en la novela una furia inconcreta que trasciende la sátira amable y el enredo galante para reflejar la hipocresía de las relaciones familiares y un vago malestar generacional, al modo no menos impreciso de los futuros jóvenes airados.

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