Un romance de frontera

  • 'Campo de Gules'. Emilio Durán. Paréntesis. Sevilla, 2011. 129 páginas. 12 euros.

En Las mil y una noches se da noticia de un reino, hechizado y oculto entre vastas lagunas y montañas cárdenas, que permenace invisible para el común de los mortales, salvo para el protagonista de la historia. Luego, una vez conjurado el hechizo, la tradición quiere que los personajes disfruten una felicidad prolongada y sin tasa. No ocurre así, sin embargo, en este Campo de gules de Emilio Durán. O no del todo. Hay el castillo hechizado, hay el señor de la frontera, y también una muchacha soñadora y núbil que aguarda desde hace años la solución del misterio. No obstante, la solución no es aquella que esperaba el lector y todo se resuelve, el amor, el sortilegio, la dilatada espera, en una vaga y espectral melancolía.

Quiere decirse que en esta nouvelle de Emilio Durán se reúnen tres aspectos literarios en apariciencia opuestos. La tradición oriental de los reinos encantados y el esplendor oculto por un sortilegio aciago. La flor de la caballería y el amor cortés de aquellos paladines, Amadís, Palmerín y Arturo de Bretaña, cuyo heroísmo siempre se vió premiado por una blanca mano. Y por último, la imposibilidad de estos amores, su desencuentro de siglos (él, caballero del XV, y ella campesina del XX), que en cierto modo recuerdan a los amores castos, por imaginarios, de don Quijote de la Mancha y Dulcinea del Toboso. Es ahí, no obstante, en esa imposibilidad, donde radica la singularidad de Campo de gules; pues la modernidad ha querido, desde los días de Kant, que la fantasía fuera de naturaleza trágica, y en cierto modo, espantable.

Salvo escritores anómalos como Cunqueiro, cuyo centenario se celebra ahora, las modernas fantasías literarias, de Poe a Lovecraft y Borges, han tenido el blasón de lo terrible. Aún así, Campo de gules detiene sus amores en un estadio previo: no convoca al dolor, pero sí su recuerdo; no acude a la tragedia, pero sí a su aroma. La fábula que aquí se encierra, al cabo no se surte de la épica medieval; sino de aquel otro concepto (melancolía se llama) que retrató Durero.

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