De las tinieblas a las luces

  • Galardonado con el Premio Cortes de Cádiz 2012, el último libro de Alberto González Troyano analiza el probable trasfondo ideológico de una de las obras menos conocidas de Goya.

La reinvención de un cuadro. Goya y la alegoría de la Constitución de 1812.Alberto González Troyano. Abada Editores. Madrid, 2012. 192 páginas. 15 euros.

Veterano estudioso de la literatura española y benemérito inductor de entusiasmos, como bien saben sus discípulos en las universidades de Cádiz y Sevilla, Alberto González Troyano (Algeciras, 1940) es un aficionado cabal -y por lo tanto crítico- al que debemos uno de los pocos libros imprescindibles acerca del devaluado arte de la tauromaquia, El torero, héroe literario (1988), pero también ha interpretado los mitos de Don Juan, Fígaro, Carmen (2007) o recorrido en un hermoso y evocador "paseo" los días de El Cádiz romántico (2004), entre muchas otras aproximaciones literarias y ensayísticas que pueden consultarse en el reciente volumen De las luces al realismo (Universidad de Sevilla, 2012), donde el autor ha reunido una amplia selección de sus trabajos -"no mero centón o simple miscelánea"- que abarca buena parte de su trayectoria intelectual y académica. Es imposible reducirla a unas líneas, pero si hubiera que cifrar en pocas palabras el tono o el sentido de su labor crítica diríamos que González Troyano se ha acercado a muchos de los temas que configuran la imagen romántica de España, o a menudo de Andalucía, desde una fascinación exenta de contemporizaciones, pues la suya es una mirada lúcida -en rigor, ilustrada- que no condesciende al tópico y se esfuerza por analizar a los autores y sus obras en un contexto más amplio, con herramientas de otras tradiciones -en particular la francesa- y desde una perspectiva que parte del interés e incluso del amor por lo propio, pero rehúye por sistema el fervor y la autocomplacencia.

Como explica el autor, la idea que sirve de soporte a La reinvención de un cuadro -que el lienzo La Verdad, el Tiempo y la Historia de Goya puede ser interpretado como una alegoría de la Constitución de 1812- no es original, pues antes la sostuvieron otros investigadores y en particular Eleanor A. Sayre -que ya defendió la tesis en un artículo publicado a finales de los setenta-, pero es el relato, como se dice ahora, de González Troyano, lo que más allá del debate iconográfico convierte su libro en una apasionante inquisición cuyas implicaciones trascienden con mucho el ámbito de la pintura. No ha encontrado el ensayista nuevos datos -"el respeto que siento por los archivos me ha impedido frecuentarlos", afirmaba con excelente humor en el preliminar a De las luces al realismo- que confirmen el propósito atribuido a Goya, que de momento sigue manteniéndose, pese a los poderosos indicios, en el ámbito de lo hipotético. Pero tampoco los necesita para hilar un discurso que queda justificado al margen de la intención original del pintor, dado que es no sólo legítimo sino enriquecedor reinventar su obra a la luz de lo posible. Lo raro, arguye, es que durante tanto tiempo el cuadro -que ni siquiera se conserva en España- haya permanecido en un segundo plano, menospreciado en lo artístico y velado en lo que se refiere a su más que probable trasfondo ideológico.

¿Qué es lo que describe o nos cuenta el cuadro en cuestión? El Tiempo, representado por un anciano con las alas desplegadas, sujeta o da paso (y a la vez ilumina) a una mujer que sostiene en una mano un pequeño libro (la Constitución) y en la otra un cetro del que emanaría la autoridad que le han conferido los ciudadanos. La mujer sentada, encarnación de la Historia, consigna serenamente el hecho, que no sería otro que la llegada de las libertades a España. Hay un árbol derribado que simboliza la caída del Antiguo Régimen y al fondo, más apreciables en el boceto que en la versión definitiva, los monstruos acechan en las tinieblas. No consta en ningún sitio que fuera esta la lectura de Goya, pero ello no la invalida. Antes al contrario, lo que dicha lectura hace es cuestionar algunas de las caracterizaciones habituales del pintor, que no puede ser reducido -"hay muchos Goya"- a una sola de sus facetas. El resplandor romántico de los grandes cuadros del aragonés o su relativa pero celebrada espontaneidad ha podido eclipsar, constata González Troyano, su condición de "pintor filósofo", que sin embargo es la que mejor explica muchos de sus dibujos -"huellas liberales en papeles pintados"- y ofrece el marco adecuado para reinterpretar la denominada Alegoría de la Constitución.

Es un registro muy distinto al de las pinturas de la guerra, pero no menos interesante y en todo caso representativo de las inquietudes del artista. González Troyano recorre esa otra faceta de Goya al hilo de los acontecimientos históricos y, ya centrado en la Alegoría, recuenta "los malentendidos de un cuadro peregrino" que ha dado muchos tumbos hasta llegar al Nationalmuseum de Estocolmo, llama la atención sobre la importancia del esbozo previo conservado en Boston -que no es un mero borrador preparatorio, pues muestra diferencias significativas- o se hace eco de la polémica suscitada por las diferentes opiniones en torno al lienzo. En última instancia, luego de analizar otros detalles reveladores, defiende la clara intencionalidad de la escena y su validez como emblema de un tiempo de esperanzas malogradas. El lector, entonces, vuelve la vista al cuadro, reproducido al comienzo, y ve muchas más cosas de las que veía al principio, pero sobre todo ha logrado entrar y reconocerse en una época luminosa que ha permanecido demasiado tiempo a oscuras.

Uno de los capítulos recogidos en el libro recopilatorio antes mencionado, donde González Troyano recoge trabajos sobre Quintana, Blanco y Gallardo, se titula Comprometidos con la razón y con la libertad, dos de los conceptos que privilegiaron las Luces. Suele afirmarse que las grandes palabras son intercambiables, pero lo cierto es -entonces y siempre- que la elección importa y también los argumentos. Conmemorar el pasado es recuperarlo, repensarlo e insuflarle vida. Sobre los acontecimientos del 12 y el origen del liberalismo -que tiene y no tiene que ver con la Guerra de la Independencia- cabe una rememoración de cartón piedra o meramente retórica, desnaturalizada e inocua. Y cabe una lectura apasionada pero rigurosa, que enfrente no sólo la letra sino el espíritu -la estirpe, ciertamente admirable- de los primeros liberales, los debates que prepararon el camino y el modo en que podemos o debemos considerarnos herederos de aquella experiencia fundacional, en cierto modo encantadora pero no reducible a vistoso decorado. Eso es lo que hace este libro, que va más allá del interesante enigma que plantea para ofrecerse como verdadero tributo a una celebración, la del bicentenario, que "no tiene sentido -concluye González Troyano- si no contribuye a culminar las promesas incumplidas o los frustrados anhelos".

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