Misa conjunta en Marismilla con El Puerto

  • El acto celebró el cincuenta aniversario de la fundación de dicha hermandad

La misa en La Marismilla dio continuidad a los momentos de oración en Doñana. Fue una Eucaristía que se celebró más tarde, a las diez y media de la mañana, pero cambiando el lugar de costumbre para poner la carreta del Simpecado junto a la de El Puerto en el lugar de pernocta de la hermandad portuense porque esta corporación celebra sus 50 años. Un gesto que agradeció enormemente la gente rociera de la vecina localidad que recibió con aplausos al Simpecado jerezano. Fue una misa muy participada que habitualmente venía ofreciendo el obispo de Jerez, desde Rafael Bellido hasta Juan del Río, y que este año no ha tenido la presencia del prelado jerezano a causa de su inminente relevo que se producirá el 6 de junio en la Catedral. De forma extraordinaria la oficiaron tres sacerdotes, el padre Alexis, el padre Antonio por El Puerto y el padre Pedro de Puerto Real, todos ante la carreta del Simpecado de Jerez y El Puerto. Delante se instaló el altar que montó el prioste de la hermandad, Fernando Calderón. Un altar y los enseres necesarios y propios de la misa que se guardan en el trascón del carro principal de la hermandad. La misa fue seguida por varios centenares de romeros que formaron un coro alrededor del altar. Detrás se situaron los que prefirieron seguir la ceremonia subidos a su caballo. Un vehículo con altavoces sirvió para que se oyeran las palabras de sacerdote, mientras que en el entorno más cercano y lejano del extenso paraje de las Marismillas se observaba a los que prefirieron no seguir la eucaristía y aprovechar el tiempo para desmontar la acampada o incluso terminar de desayunar. La misa fue cantada, con el toque del tamboril por todos los presentes, que convirtieron esas melodías en el canto litúrgico para acompañar los diferentes momentos de la celebración. Es la música de lo rociero, la que se oye en cada Ángelus o en cada celebración pequeña o grande e incluso en la intimidad frente la Simpecado cada noche durante el rosario o tras el rezo del mismo. También fue ayer el mejor aliado para meter en ambiente a los presentes en una misa singular la que no se pisa mármol y sí el suelo de un ‘templo’ arenoso y con una cúpula celeste de un cielo que fue ayer el mejor compañero para regalar todo el color que da la luz de un sol fuerte y hasta cierto punto castigador. La homilía se dedicó a la inminencia del Pentecostés y del camino como medio para llegar a la Virgen. La esperanza fue reivindicada por el sacerdote para el día a día de los hombres y mujeres. “Aliada de la fe” llamó a la Reina de las Marismas que “es una de las maravillas que nos regala Dios”, invitando a dar gracias al Señor por los 50 años de historia de la hermandad portuense pidiendo que “siga escribiéndose esta historia con las nuevas generaciones a los que hay que entregar el testigo rociero a los más pequeños”. Al final, el altar se volvió a plegar y los enseres sagrados fueron guardados de nuevo en el cajón de debajo del Simpecado. Desde ese instante, regreso para dejar el espacio ocupado por la hermandad portuense y reiniciar la marcha ya con la escolta de carretas, buscando otros instantes del camino con un Ángelus que se rezó un poco más tarde de lo habitual en el Rincón del Peregrino.

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