Patios de tradición y Rocío

  • El ambiente rociero se mantiene vivo durante los cinco días d e romería en los que familiares y amigos se reúnen para cantar, bailar y charlar, casi siempre, sobre temas relacionados con la Virgen

Los patios son el alma de la romería. Donde se canta y se baila, pero también donde se habla, se escucha, se reencuentran amigos y se hacen otros nuevos. Tras la tempestad, llega la calma. A varias horas de jolgorio y algarabía siguen otras de reposo, comunicación, charla..., y casi siempre gira en torno a la Virgen, a la hermandad con la que se peregrina año tras año hasta la aldea o los actos que faltan para que llegue el momento más esperado por los rocieros: el del Salto. El tiempo en el Rocío se detiene para convertirse en un discurrir de días en los que no existen rutinas, a no ser por el calendario que marcan los actos religiosos de la Hermandad Matriz en la ermita.

Antonio Grado, El aceituna, y Sebastián Domínguez, Chico Averío, son dos veteranos carreteros de la Hermandad de Villarrasa que han dejado de hacer el camino junto a la carreta porque “las piernas ya no nos dan para eso”. Ahora lo hacen en un carro, ven la arena desde arriba, pero siguen viviendo el Rocío con la misma intensidad con la que recuerdan la penalidades de antaño, cuando los medios escaseaban y la fuerza de voluntad de estar junto a la Blanca Paloma podía más que las adversidades. Por eso sonríen cuando hablan de la crisis: “Antes, cuando llovía, no teníamos ni capa con la que cubrirnos”. Tienen claro que el Rocío es una forma de vida, que sólo una razón de fuerza mayor impide al romero  interrumpir su presencia en la aldea almonteña.

Los más jóvenes reconocen el esfuerzo de estos dos hombres que vienen a la romería almonteña desde antes de tener recuerdos. Antonio Grado asegura que vino en brazos de su madre envuelto en mantilla, con apenas unos días de vida; “desde entonces no he faltado a ninguno”. No conciben uno sólo de sus años sin los cantes por sevillanas, la flauta y el tamboril.

Las generaciones se entremezclan en las reuniones pues las casas rocieras en muchas ocasiones vuelven a reunir a toda la familia, padres e hijos, y las familias de éstos conviven durante los cinco días de romería. Así unos reciben a los amigos de los otros y viceversa. Pedro Parra congrega en el patio de su casa a los pocos que han quedado tras varias horas de jaleo. En la tranquilidad de la mecedora se remonta a los años 30,  cuando algunas hermandades se veían con serias dificultades para llegar hasta la aldea. Cuenta que hubo un año en que alguna hermandad centenaria no pudo llevar al Simpecado a la aldea. Son batallas que vuelven a recobrar fuerza durante la romería.

El relevo generacional está garantizado en esta romería milenaria con gente como José Manuel Albarrán, hermano mayor de la Hermandad de Bollullos. Este no se lo pensó dos veces para ver cumplir uno de sus sueños y presentarse ante la Junta para venir al frente de la hermandad este año. “Me hacía mucha ilusión y he contado con el apoyo de toda la familia, empezando por mi padre,  que fue quien me animó para que lo hiciera”. Este será para él un Rocío inolvidable, así como para el resto de los 106 hermanos mayores de las filiales que rezan cada año a la Reina de las Marismas.

Todavía quedan dos días de romería. Pasado su ecuador, quedan muchas horas de fiesta y de paseos por las calles de arena.

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