Señorío de Sevilla, eternidad de Triana

  • La carreta de la Macarena sufrió un percance en el Quema · La hermandad de Sevilla cruzó el Guadiamar pasadas las dos de la tarde y Triana se adentró en la Raya Real a las seis

Del Quema a la Raya Real. Sevilla en las aguas y Triana en las arenas. Una ciudad en peregrinación por matorrales y pinos. Despierta pronto la jornada en el Guadiamar. Último día de carretas por un vado que le ha robado el nombre al río. Después quedará la vuelta, pero ésa es ya otra historia, muy distinta a la que ahora protagonizan hermandades como Osuna y Puente Genil. En la primera su director espiritual llama a los peregrinos a la oración subido en un charré convertido en púlpito. En sus labios una plegaria y en sus pies una nevera con las viandas justas y necesarias para continuar el camino. Hay que reconfortar el espíritu y el estómago cuando a las doce de la mañana el hambre empieza a clamar.

A pocos metros José Flores sirve cervezas en el chiringuito del Quema. Es el único que queda. Lleva 25 años junto a la subida del vado y éste ha sido su peor Rocío. "El jueves, cuando pasó Triana, nadie se tomó una cerveza. Esto es una ruina. No me merece la pena montar la caseta para la vuelta. Esto es un Rocío de tiesos", relata este gitano de Hinojos que vive en Villamanrique.

Baja la caballería de Puente Genil. Rugen las aguas. Un jinete canta una sevillana. Mientras, una empleada municipal de Aznalcázar recoge uno a uno los residuos depositados en el cauce del río. La basura ha logrado integrarse en el paisaje del enclave. Es ya difícil imaginar este vado sin desperdicios de comida, vasos, botellas y platos. La gente engulle y tira directamente lo que sobra al agua o a la tierra. Piensan -la mayoría- que siempre habrá alguien dispuesto a recoger los restos. Cuestión de educación.

Entre hermandad y hermandad hay tiempo para la diversión. Un charré se desboca con salto casi malabarista de sus ocupantes ante las risas y silbidos del público. Todo queda en un susto. Los condumios aparecen en abundancia cuando los peregrinos de sofisticado diseño de la Macarena llegan al Quema. Romeros que siempre readaptan la canción del verano a una letra rociera. Sin rima ni entonación, pero con cierta gracia. Al bajar la carreta del simpecado la viga que sostiene la yunta de los bueyes se desprende del cajón. El carretero pide auxilio a los peregrinos, que dejan guitarras y panderetas para sostener esta mole argéntea. Al final, se soluciona el percance entre aplausos de hermanos y espectadores. Macarena reza el Ángelus.

El incidente produce un retraso, aunque en el camino los horarios siempre se relativizan. Sevilla tenía que pasar a las 12:30 y son más de las 14:00 cuando sus peregrinos alcanzan el Guadiamar. La algarabía enmudece. Hay que ponerse serio, que la del Salvador va cruzando el Quema. Silencio. Se despojan las cabezas de sombreros. Se cante la Salve. Vuelve el silencio. Ahora llega el momento que hace detener las aguas, el viento y hasta el más mínimo movimiento. "Quítese usted ese sombrero que Sevilla cruza el Quema...". Y cómo cruza esta hermandad el vado donde se bautizan aquéllos que se inician en la fe rociera. Pañuelos al cuello y nudos en la garganta. Sombreros al aire. Emoción que no se contienen y lágrimas en los ojos. Por más que la escena se repita cada año son instantes que hacen que la fiesta merezca la pena. Se va la del Salvador. Sale del río con el mismo señorío con el que llegó. Descansa el Quema. No le hace falta mar. Sevilla lo hizo eterno.

Pasado Villamanrique la romería se adentra en las arenas. Raya blanca entre pinares. Sale Triana de Pozomáquina tras el sesteo. Desorden organizado por unos surcos que son asiento y reposo de peregrinos que buscan la sombra con la que digerir viandas y bebidas. Carriolas que se hunden en la arena y gente que se apostan en la alambrada del camino para buscar unos minutos de descanso. Entre ellos, Julio Domínguez Arjona y Manuel Serrano Hidalgo, a los que rara vez se les ve sin una cámara de fotografía en la mano. Vienen con la familia de Maena, una aracenensa de Triana que ha llevado comida para una legión. Pocos metros más allá Juan Mendoza aparca el todoterreno de amigos y compañeros de camino. Con él va Antonio el de Burguillos. Ambos sacan todo el arsenal del maletero. A saber: frutos secos, gominolas y unas bebidas espirituosas que levantan el ánimo cuando el calor aprieta y el torbellino de arena desdibuja el horizonte, por donde se atisba el simpecado.

Una nube fantasmagórica envuelve a la comitiva romera. Sólo se intuye la silueta de la carreta de plata, despojada de escudos y frontiles de bueyes. Las flores marchitas que la adornan son un mero vestigio de lo que se vio por el antiguo arrabal el miércoles. Han pasado dos días y parece una vida entera. Rostros barnizados por el sol. Pañuelos de yerba y mascarillas cubren bocas. Silencio. De nuevo callan las voces. Ver a esta carreta por la Raya Real es cosa seria. Andar resulta pesado, bastante difícil. Cuesta trabajo avanzar cuando las dunas se hacen duras. El simpecado nunca se queda solo. Lo rodea una turbamulta que se pierde en la polvareda. Sahumerio rociero. Agarrados a la barra de promesa siete peregrinos bajan la cabeza buscando un resquicio por el que respirar. Falta aire. No hay mayor aliento que la meta. Y andar con Triana. Siempre Triana.

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