"Es duro vivir una mentira, descubrir que tu padre no es tu padre"

-La nieta de la maharaní es el primer libro en el que salen juntos Pitingo y Valle-Inclán...

-Sale más gente. Sale Manuela Carrasco, con quien bailo en su espectáculo.

-¿Dónde aprendió a bailar flamenco?

-En Nueva York. Con una profesora de Puerto Rico que se llama Nélida Tirado. Era imposible aprender fuera de Andalucía. Sin ver cómo habla la gente, cómo gesticula, cómo anda.

-¿Cómo descubre que es nieta de Anita Delgado, la malagueña que se casa con el marajá de Kapurthala?

-Es un descubrimiento casual que tiene mucho que ver con la casa que me compré en Sevilla. Cuando fui a Cajasol a pedir una hipoteca, me sugirieron que si la gestionaba con un pasaporte de un país de la Unión Europea, las condiciones serían mejores. Yo tenía el pasaporte norteamericano, como residente en Nueva York, y el pasaporte británico a punto de caducar. Como el Reino Unido no era mi principal residencia, me pedían algo más, el certificado de nacimiento.

-Cortázar se mete con las hipotecas, pero es algo mucho más literario de lo que parece...

-Fue fundamental. Le pregunté a mi tía Hafsah, que es el pilar de mi vida. La versión oficial era que yo había nacido en Sidney. Después de ocho meses y de quinientos e-mails a Australia, no encontraron una sola prueba. Le dije a mi tía que iba a Beirut a verla. No vengas, es peligroso, me dijo. ¿Cuándo no hay peligro en Beirut? Mi madre tenía cáncer. Le hice la pregunta que siempre esperó y me dijo la verdad: yo había nacido en esa cama de Beirut donde ella estaba a punto de morir. Había estado viviendo una mentira. Mi padre no era mi padre y yo no era quien creía haber sido.

-¿Le sirvió contar la historia para superarla?

-Empecé con un folio. El olor a dama de noche de la casa de una amiga en El Puerto de Santa María me transportó a mi madre. Había conseguido darle voz. Sufrió mucho, siempre quiso hablar y no pudo.

-Anita Delgado era una andaluza que se fue a la India y usted, una india que se vino a Andalucía...

-Nuestros caminos se cruzaron. Un descendiente del marajá, Hanut Singj, que me vio bailar en Nueva York y supo mi historia por una diseñadora de Nueva Delhi, me abrió las puertas de Kapurthala, me recibieron como uno de los suyos. Yo no quería ir a buscarlos.

-¿Eso cambió su vida?

-Hay gente que me dice que por qué no pedí mi parte de la herencia. En 1971, el Gobierno socialista de Indira Gandhi le quitó a la aristocracia india sus propiedades, sus tierras. Yo no necesito un título para ser feliz. Lo que quería era saber de dónde vengo para saber adónde voy. Lo sé y ya me he quedado tranquila.

-Con lo ordenada y aburrida que suele ser la vida de los escritores, ¿tener una vida de novela la inhabilita como novelista?

-No he escrito una novela. Es una historia real tal como me la han contado. Siguiendo mis técnicas de periodista, con el aprendizaje al lado de Dan Rather, el presentador más popular de la televisión americana.

-¿Habrá un nuevo libro?

-Seguro. Pero no será de memorias, a no ser que descubra otro secreto.

-Valle-Inclán, Ricardo Baroja y los bohemios de la época eran el público de su abuela cuando bailaba en los cafés de Madrid. ¿A qué intelectuales le gustaría tener de público?

-Me gusta un escritor portugués, José Saramago.

-También se casó con una andaluza, como el marajá de Kapurthala.

-Admiro a Mayte Martín, Miguel Poveda, Chocolate, Vicente Amigo. Y a Pitingo, claro. Y del cine, a la actriz Paz Vega. Penélope Cruz compró los derechos de Pasión India para llevar al cine la vida de Anita Delgado.

-¿Cómo se llevan la periodista y la bailaora?

-Escribo artículos para un periódico indio sobre Bollywood o las elecciones en la India. Son malos tiempos para el baile. Con la crisis económica, no es fácil traer músicos indios a Andalucía ni llevar artistas flamencos a Nueva York.

-¿Conoció Australia?

-Llegué desde Beirut cuando tenía dos meses.

-¿Sintió pudor al escribir de su familia?

-Por eso lo escribo en tercera persona. Quiero dar un paso atrás. Yo soy una persona normal a la que le gusta cocinar, sacar al perro o ir al cine. No me gusta estar delante de los focos.

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