"De joven hice lo contrario que Banderas: regresé a Europa"

-¿Tiene una abuela andaluza?

-Era de un pueblo pequeñito, cuyo nombre nunca llegué a saber porque mi madre no se acordaba. Se llamaba María López, aunque cuando su familia emigró a Italia cambiaron el apellido por Lops.

-Curiosa iniciativa.

-Una vez encontré a un Lops en Nueva York. ¡De inmediato supimos que éramos primos!

-¿Sabe por qué emigraron?

-En el sur de Italia había una gran influencia española. No olvide que Nápoles estuvo comandada por un virrey español. La película I guappi, que rodé con Claudia Cardinale, toma el nombre de la palabra guapo.

-Pero usted nació en el norte.

-Nací en San Lázaro, Parma, porque mis padres eran muy pobres y habían ido a trabajar. Pero toda mi familia es del sur.

-¿Cómo se las arregló para estudiar?

-Fui a la Universidad en Milán, trabajando al mismo tiempo para pagarme los estudios. Luego me apunté a la escuela del Piccolo Teatro di Milano, que era la escuela de actores más importante entonces.

-Se dio a conocer con los westerns.

-Al principio hice un par de westerns, especialmente uno llamado Django que fue un éxito mundial.

-¿Cómo lo descubrió John Huston?

-Con 21 años, cuando hice La biblia. Un día, estando en los estudios de Laurentis, me hicieron unas fotos que terminaron en la mesa de John Huston.

-¿Y le llamó?

-Me citó en el Gran Hotel de Roma, donde me esperaba rodeado de asistentes. Me dijo: "¡Desvístase, desvístase!" Y me tuve que quedar en calzoncillos. Al día siguiente me avisaron de que Huston me eligió para el papel de Abel en la película.

-Después se marchó a América.

-Debo mucho a John Huston. Fue él quien sugirió mi nombre a Joshua Logan para hacer un gran musical, Camelot.

-¿Allí conoció a Vanessa Redgrave?

-Fue cuando me casé con ella. Ella tenía dos hijas que fueron como mis propias hijas y luego tuvimos otro hijo, Carlo.

-¿Por qué regresaron a Europa?

-Era joven y no me gustaba el mundo americano. Hice lo contrario que Antonio Banderas. Tuve la oportunidad de ser una gran estrella en América, pero preferí regresar a Europa y trabajar con los mejores directores europeos.

-¿Y su experiencia con Buñuel?

-Era un hombre fantástico. Se negaba a llamarme Franco. "¡No me gusta ese nombre!", decía. Estaba lleno de humor negro y recuerdo muchos episodios divertidos con él.

-Cuéntenos alguno.

-Una mañana, rodando Tristana en Toledo, estaba muy nervioso porque no encontraba su maleta y nos puso a todos a buscarla. Cuando apareció se la apretó contra el pecho, nos mandó a trabajar y se alejó con sigilo.

-¿Qué contenía la maleta?

-¡Un bocadillo de jamón y una botella con vino tinto! Cuando lo pillé comiendo a escondidas me dijo, avergonzado, que tenía mucha hambre pero no quería que el equipo le viera. ¡Se negaba a que pararan para comer!

-¿Qué me dice de Fassbinder?

-Era otro tipo de hombre, muy tímido, pero también un genio. Tenía treinta vídeos de mis películas en su casa, decía que era mi fan. Me pidió que hiciera Lili Marleen, pero no pude porque estaba ocupado.

-¿Recuerda alguna anécdota?

-En cierta ocasión, en un restaurante de Berlín, se acercó a mi mesa y me dijo: "Franco, ahora mismo vamos a firmar un contrato". "¿Dónde?", pregunté. "¡En la servilleta!"

-¿Y firmaron?

-Escribió en la servilleta que acordábamos hacer dos películas: Le bleu du ciel, de Georges Bataille, y Rosa Luxemburgo. Firmé. Luego él murió.

-¿También ahora habría regresado a Europa?

-Quizás ahora sería diferente, porque el cine europeo de entonces era muy fuerte. En los años sesenta y setenta había muchas coproducciones: Francia, Italia, España… Era una industria muy fuerte.

-¿Ya no?

-Ahora todo se hace en función de la televisión, y el cine nunca volverá a ser como antes. Aunque se hacen algunas películas…

-¿No hay un cine europeo?

-Hay cine italiano, español y alemán, pero se acabó la cooperación. Vas a Alemania a proponer una coproducción y te dicen que no entienden el argumento. No coinciden los temas. Además, no quedan productores.

-¿Eso cree?

-Los productores son gente del mundo de la televisión, funcionarios y amigos de los políticos. Todo está politizado.

-Vaya.

-Pero hay que ser optimista. El cine europeo tiene futuro si vuelven las coproducciones. El buen cine europeo era mejor que el americano.

-¿En qué sentido?

-Ves una película americana de dos millones de dólares, llena de efectos especiales, y a los dos días no te acuerdas de nada. Prefiero las historias humanas que solíamos hacer aquí, y a veces aún hacemos: ésas que hacen reír y llorar.

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