María Teresa Mora. Investigadora teatral

“Lo que hacía todo el mundo era copiar a Bertolt Brecht”

  • María Teresa Mora (La Puebla de Guzmán, Huelva, 1950) hizo teatro en los centros donde trabajó, desde Mazagón a su actual destino, un centro de adultos en Santiponce, junto al teatro romano, donde sus alumnos emigrantes se evaporaron. Llevó en tractores el mobiliario de una escuela de Chapatales, en Los Palacios, cuyos alumnos vieron La oruga milenaria de Jiménez Romero. Dos hijos: José, arquitecto; Teresa trabaja en el Parque Científico y Tecnológico de Barcelona.

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Hizo Magisterio, Arte Dramático y Publicidad. Fue esta última carrera la que le permitió dedicarle su tesis doctoral al dramaturgo Alfonso Jiménez Romero. La leyó el último 23 de febrero. “Contra la represión, la creatividad”. 

–¿Por qué se fija en él?

–Porque vi cómo iba desapareciendo de escena. Nadie lo publicaba. Nadie lo representaba.

–¿Un acto de desagravio?

–No es de recibo que a un autor como él, del que José Luis Alonso de Santos o Gerardo Malla adaptaron El inmortal o La murga, el Centro Andaluz de Teatro no le haya estrenado ni una obra. Que hizo versiones de Julio César, Numancia o Los cuernos de don Friolera. Le publican una antología de Teatro Ritual después de muerto, como siempre. 

–¿Cómo surge en usted el veneno del teatro?

–De niña, en el corral de mi casa representábamos los cuentos de hadas que intercambiábamos en el quiosco; montábamos cruces de mayo en la escuela. Recitábamos poesía a la Virgen María que se oía en todo el pueblo por los altavoces colocados en la torre de la iglesia. Empezaba a llegar la televisión y yo imitaba a algunos de los personajes, como Hertha Frankel. 

–¿Por qué estudió Publicidad?

–Encontré la herramienta artística y estética que me faltaba. Hay asignaturas relacionadas con el cine.

–Pocos saben que Jiménez Romero fue guionista de La trastienda, la primera película del destape español...

–La dirigió Jorge Grau, con quien también hizo El secreto inconfesable de un chico bien, que conseguí por un préstamo con la biblioteca del Instituto Cervantes de Varsovia. Hizo el guión de La Corea, de Pedro Olea. Frade lo contrató como guionista, pero no le interesa el cine comercial.

–¿Ha hablado con María José Cantudo?

–No. Tengo muchas cintas de entrevistas con personajes fundamentales en su vida, como su tía Sacramento, a la que le encantaban las varietés y la copla, o con Victoria Montes, actriz de Tabanque. Las dos ya fallecieron. Me hubiera gustado hablar con Agustín García Calvo, que estaba en Sevilla cuando Alfonso estudia Filosofía y Letras.

–¿Hizo tantas carreras como usted?

–Al menos lo intentó. Se fue a Madrid a estudiar ingeniero de montes. Hace el servicio militar en Villafranca del Penedés, donde escribe guiones de radio y una novela. Deja Madrid y estudia Inglés para trabajar en la base americana de Morón. Se coloca en el bar de Oficiales mientras hace la carrera. Después vuelve a Madrid para estudiar Teatro. Está en una pensión con Juan Bernabé y José Luis Muñoz, director y subdirector del Teatro Lebrijano. En esa pensión termina Oratorio. El éxito de esa obra fue la muerte del Teatro Lebrijano. Bernabé se va a Roma y entra en contacto con Alberti.

–Antonio Burgos compara su teatro con la pintura de Cortijo o el cine de Claudio Guerin. ¿Es víctima de un tiempo en el que dominan la copla, la biodiversidad o la cibercultura?

–Él también utiliza la copla. Habló con la Piquer y con su hija para un espectáculo, La Piquer, que no se estrenó. También escribió El baúl de la Piquer. Serían dos musicales magníficos para un empresario inteligente. 

–¿Por qué le dan la espalda?

–Porque no hace lo que hacía todo el mundo, copiar a Bertolt Brecht. Él no es autor de masas. Hace teatro para pueblos concretos en momentos concretos. 

–La tesis de su tesis.

–Entre otras muchas cosas, dirimir su autoría en obras que se le adjudican a Salvador Távora, en recopilaciones de cuentos atribuidas a Antonio Rodríguez Almodóvar. Lo ignoraron, omiten su nombre, pero todos los que trabajaron a su lado han triunfado. Távora cantaba flamenco pero no había hecho teatro en su vida hasta que Paco Lira lo llama para trabajar en Oratorio.

–Su promoción de Filosofía es la misma generación que en Derecho protagoniza la transición... 

–Él no perteneció a ningún partido político, aunque en unas elecciones se presentó como independiente con Izquierda Unida en Morón.

–¿Recopiló toda su obra?

–Faltan muchas cosas. No encontré el libreto de La Jaula. Tengo todos los Quejíos, de 1972 a 1998. Y encontré un vídeo con una lectura de El altar de don Antonio en una cinta con dibujitos de Willy Fogg.

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