"Soy un pintor que sufre, duda y hasta se ríe de sí mismo"

-¿Se hizo pintor contra todo pronóstico?

-Es posible. Estudié Derecho, aunque no me gustaba, porque no tenía las cosas claras. Pero no es que mi padre se opusiera a que pintara. Lo que no quería es que fuera médico, como él.

-¿Pintaba de pequeño?

-No, no, tampoco fui un pintor precoz, ni especialmente bueno en el colegio. El bueno era mi hermano mayor. A ese le ponían diez en dibujo. A mí no.

-¡Tendría alguna vena artística!

-De forma genérica sí, pero la música se me daba mejor, con mucha facilidad para componer. También escribía y hacía poemas. Era un niño culto.

-¿Fue un joven inconformista?

-Era más bien tímido, calladito y depresivo. El más político y social era mi hermano Antonio, el mayor. Yo era más reconcentrado e introvertido, estaba más en el terreno de lo lírico y de lo psíquico.

-¿Le salvaba el sentido del humor?

-He tenido siempre una línea irónica, quizá para sortear lo depresivo. Ese humor tan macabro ha sido una manera de reírme de mi mismo. Tengo una veta cachondona, bastante corrosiva.

-¿Cómo recuerda la Sevilla de su juventud?

-Era una Sevilla decimonónica. Los profesores de la Escuela de Bellas Artes, a la que fui un tiempo, te ponían de modelo la clásica señora vestida de gitana. Estaban aún en el impresionismo.

-¿Por eso se marchó?

-No lo tengo claro. Era una persona muy dudosa. Mi hermano, que me servía de referencia, se había ido a París. Y yo estaba grandecito para seguir en casa, a la sopa boba.

-¿Vivió París como un destierro?

-No viví nada parecido a la historia de Un americano en París. ¡Era más bien un gilipollas! Pero fue una época crucial. París entonces era la capital del mundo.

-¿Por dónde se movía?

-En ese momento estaba en la pintura abstracta, en lo que se denominaba el informalismo. En esta corriente estaban los españoles famosos de aquel momento: Tàpies, Millares… Aprendí mucho.

-¿Y cómo se ganaba la vida?

-Lo mismo trabajaba en un hotel por las noches, que daba clases de español. Después me fui a Londres y lavaba platos. Cuando volví a Madrid daba clases de francés. Eso lo hice durante muchos años.

-¿Se consideraba ya pintor?

-Había temporadas en que me consideraba pintor y, luego, abogado. Tenía muchas crisis y vueltas atrás.

-¿Y qué le hizo asentarse?

-Con 29 años hice un tratamiento de psicoanálisis que me hizo tener más confianza en mí. Fue muy importante, porque empecé a creérmelo y tomé posesión de mi pintura.

-¿Había ya psicoanálisis en España?

-Era muy novedoso. En Sevilla no lo encontrabas. Pero yo tenía un tío lejano en Madrid que fue uno de los primeros psicoanalistas españoles. Empecé con él y seguí con otra psicoanalista que me fue muy útil.

-¿Cómo le ayudó?

-Hasta entonces tenía grandes altibajos: de pronto me hundía y no creía en absoluto y de pronto subía y me ponía a dibujar como un loco. Dejé de tenerlos.

-¿No le enriquecían las dudas?

-Pero era excesivamente duro. Me rompía, así no se podía hacer nada. Lo curioso era que cuando me ponía a trabajar lo que salía estaba bien, porque todo eso después lo expuse.

-¿Qué queda en usted del joven que emigró?

-Soy el mismo. Aunque he mejorado, sigo desconfiando mucho de mí mismo y de mi obra. Nunca he llegado a convencerme de que es meritorio lo que hago.

-Pues ya va siendo hora.

-A fuerza de que la crítica me apoye y de que los cuadros cuesten dinero… Actualmente no puedo decir "soy una mierda", porque no tengo derecho a decirlo.

-¿Cuáles son sus demonios?

-El más grave es la búsqueda de perfección. El otro, la vanguardia, que me ha hecho sufrir mucho. Siempre he pensado que la vanguardia es la verdad y la razón en el arte.

-¿Ese es el precio que ha pagado por pintar?

-Quizás haya otros pintores que se lo pasan muy bien. Para mí es duro.

-¿Hay algo de masoquismo?

-Eso parece. ¡Cincuenta años dedicado a algo que te hace sufrir! Debo ser muy raro.

-¿Teme que la pintura tenga los días contados?

-En los noventa parecía que la pintura se estaba terminando, con la irrupción a degüello del vídeo y la fotografía en nuestro mundo. ¡Estábamos acojonados!

-¿Y ahora ya no?

-Desde hace diez años sale pintura por un tubo, debido a que el mercado necesita mercancías más fáciles de vender. El arte se había hecho muy difícil para las galerías.

-¿Muy intelectual?

-Muy intelectual, conceptual, complicado, político, social, racial. Es el que se sigue viendo en las bienales.

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