Antonio Miguel Bernal · Catedrático de Historia Económica

"Los sindicatos tienen mucho que decir en los ERE y están 'missing"

  • Publicó La financiación de la carrera de Indias. Con la segunda entrega, España, proyecto inacabado, Antonio Miguel Bernal (El Coronil, Sevilla, 1941) ganó el premio Nacional de Historia. Prepara el tercero de la trilogía. "Me gustan las preguntas difíciles y abomino de las respuestas fáciles". En septiembre de 1968, llegó a París a trabajar en la Casa Velázquez. La Toscana, su paraíso: estudió Historia Económica en Prato, cerca de Florencia. Codirigió con Muñoz Conde la tesis de Juan José del Águila sobre el Tribunal de Orden Público y la ejecución de Julián Grimau. Sabe de barcos y sabe que Carrero Blanco llegó a almirante sin haber navegado.

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-¿Se ha agotado la historia como manera de contar las cosas?

-Por ahí se tendría que haber empezado en una sociedad que no estuviera tan estresada. Con una cultura histórica, retos tan difíciles se habrían ponderado mejor.

-¿En qué consiste ese estrés?

-Lo apunto en mi libro España, proyecto inacabado. Entre los que dicen que aquí todo está manga por hombro y los que defienden a ultranza unos valores ahistóricos.

-¿Fin de la historia o de algo más?

-La idea de que esto se acaba es muy antigua. Está en el imperio romano, en la Roma de Augusto que también la sostenía una sociedad parásita y subvencionada. Y en imperios posteriores. En el siglo XX, los imperios comunista y nazi se creían eternos.

-Hoy sería impensable un sistema como el dinero a riesgo de mar que usted estudia y duró 2.300 años.

-Es el método que se dio con la burbuja. La misma patología: usar un dinero del que no se dispone. El riesgo de mar es hoy operar en corto en bolsa, operaciones financieras a riesgo, un bacarrá. Los protestantes, la Merkel, creen en una legitimación moral del dinero. En esta sociedad hedonista cuanto más ganes mejor, el que no lo hace parece que es tonto.

-¿En qué hemos fallado?

-Lo decía Ramón Carande con 99 años. Educar no es sólo instruir, es transmitir valores éticos más que morales, inculcar una cultura del esfuerzo, de la autoestima. No es contarle al alumno cuatro historietas, mamarrachadas como lo de la ciudadanía o darles unos ordenadores que a los ocho  meses están desfasados.

-¿Qué sobra en España?

-El afán gregario y de rebaño que tiene nuestro pueblo, un pueblo acomodaticio y cobarde en una sociedad socialmente enferma. Aquí los balidos se escuchan más allá de los Pirineos. Después de folclórica, la vocación de rebaño es la más extendida.

-¿Somos un proyecto inacabado?

-En España los intentos de integración nacional se han hecho a base de guerras civiles. Somos el país europeo que más guerras civiles tuvo en el XIX. Y en el XVIII, mis colegas dicen que la llegada de los Borbones fue una guerra dinástica, pero en un bando había vascos, catalanes y valencianos y en el otro castellanos y andaluces.

-¿Siempre las dos Españas?

-Vivimos en un país donde la palabra España nadie la quiere y no digamos cuando se complica con la ideología. En los demás países europeos se fundieron los conceptos de Estado y nación. Un francés puede ser comunista o de Le Pen, pero primero es francés. Un inglés se puede reír de la reina o discrepar del colonialismo, pero ha dado sobradas muestras de que ahí hay un pueblo. Aquí tuvimos que sacarnos de la manga lo de la marca España y estar pendientes de que el portero no tenga una tarde aciaga o el Marcelino de turno esté inspirado.

-¿Sánchez Gordillo ha revolucionado el campo andaluz?

-Brenan fue el que mejor lo entendió en El laberinto español. Todo arranca con la privatización de lo público, de las cañadas. Cuando las coyunturas son particulares o idóneas, esos temas surgen. Y surgen las etiquetas. Para unos, la gordillada, la chusma. Para otros, el reino de la utopía.

-¿Y cuál es el término medio?

-En el campo andaluz siempre se pusieron paños calientes. En la Transición, para lograr la tranquilidad social como valor absoluto. Después llegó el boom de la construcción y se ganó mucho dinero, se crearon cooperativas de albañiles en los pueblos. Llega la crisis y vuelven al punto de partida, como en el juego de la oca. Yo pensaba que en lugar de asaltar hoteles o supermercados iban a presentarse en el Parlamento en las sesiones de la comisión de los ERE.

-¿Es una situación paradójica?

-Los sindicatos tendrían mucho que decir y parece que están missing. Hay demasiada retórica hueca y frases hechas como valor de cambio, como ese dirigente político que ha dicho que ningún andaluz se acueste sin cenar.

-¿Y la reforma agraria?

-Mi interés por los latifundios se lo debo a François Chevalier, un francés que llegó a Sevilla huyendo de la ocupación nazi. Me animó a analizar las relaciones entre señoritos y trabajadores, que en México crean el compadrazgo, la base del PRI. A los pobres latifundistas, digo pobres porque los últimos dos años agrícolas han sido muy malos, sólo los mantienen las subvenciones. Los dos extremos se tocan. Los dos, latifundistas y jornaleros, caen en el mismo error, pensar que el dinero de Europa era ilimitado y eterno. Un maná como el dinero que venía de Indias. Se vivía demasiado pendiente de lo que venía de fuera.

-¿Qué precio tiene ser libre?

-Que te acusen de ser comunista, del Opus e incluso de anarquista.

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