Golpes de efecto

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DESPUÉS de la colosal demostración americana queda aún más claro: Los golpes de efecto crean adicción, alimentan las pasiones y redoblan el optimismo. Por descontado, hablamos de tramoyas a lo grande; nada de pequeñeces tipo Pizarro o De Cospedal. Si sobrevivían dudas, Obama las ha disipado. Rajoy no motiva ni a la tercera edad y Zapatero será dentro de tres años un rostro demasiado conocido, demasiado ajeno al dinamismo de la novedad.

Seamos pitonisos. Rajoy apostará por la sedimentación y batallará si los suyos le dejan, chaqueta apolillada y gafas doradas mediante. Zapatero, si es listo, o pillo, o aseado, trabajará por el cambio y buscará la réplica hispana al seísmo yanqui. ¿Cómo? Con un comodín que sepulte las asignaturas pendientes de nuestra joven e imperfecta democracia. Una candidata se perfila en el horizonte. Aciertan: Carme Chacón -señalada ya por algún analista- colmaría las ansias de plasticidad del personal. Por mantener el paralelismo transatlántico, podríamos apuntar que pertenece a una doble minoría -es mujer y es catalana- y atesora una trayectoria breve -es joven- pero carismática -es ministra de Defensa- donde no han faltado los giros de tuerca -mandó cuadrarse a los generales con el vientre convexo de las madres inminentes-. ¿Alguien da más?

Chacón sería nuestra forma de enriquecer la Historia (o de repetirla: los etruscos, por ejemplo, desactivaban en muchos aspectos la batalla de los sexos con un reconocimiento desacomplejado del rol femenino). Además, por cuestiones de calendario, nos adelantaríamos a los EEUU, gestionados por Obama los próximos cuatro años con opción a cuatro años más. Es decir, si Hillary aún tuviera ganas de presidir, tendría que esperar en el mejor de los casos hasta 2016.

Ojo, no subestimemos las intrigas florentinas del PP. Rajoy sólo cuenta con su soberbia, disfrazada a veces de orgullo, para insistir en un tercer intento. Los otros aspirantes -Aguirre, Gallardón, Camps- podrían enterrar definitivamente sus hachas si se alcanzase una solución de consenso, que en estos casos es sinónimo de opción ganadora, o al menos sorprendente. Y con ello cerramos el círculo esbozado líneas atrás y rematamos la faena: Génova podría plantar cara al socialismo en su iconoclasta terreno. Ahí llega el problema. ¿Con quién nos quedamos? ¿De Cospedal? ¿Y qué tal la empollona Sáenz de Santamaría? ¿Ana Mato? Menuda gama de opciones. Si yo fuese el mando máximo del PP, iría más allá, no me conformaría, exprimiría la naranja. La futura presidenta del Gobierno sería, indudablemente, Ana Botella. Menudo subidón.

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