Martes de infarto en La Moncloa

  • La UE ha rescatado a Grecia e Irlanda y quizá lo haga con Portugal, pero la envergadura de España haría imposible un rescate, por lo que las consecuencias de su mala gestión económica serían irreparables para la UE

Aprincipios de la semana pasada Zapatero vio las orejas al lobo. Había pasado un domingo aciago, el resultado de las elecciones autonómicas catalanas había sido peor de lo previsto para el PSC, y aunque desde el PSOE se intentaba marcar distancias con sus compañeros de Cataluña, a nadie se le escapaba que ese resultado era la suma de dos ingredientes letales: la pésima gestión del tripartito, y la política económica de Zapatero. Para el presidente del Gobierno por tanto, el resultado del PSC era un hachazo a su deseo de esperar con tranquilidad la convocatoria de las elecciones generales.

El último lunes de noviembre se vio con Gadafi en Libia, anfitrión de la cumbre Europa-África; pero se vio con dos personas más: Van Rompuy y Durao Barroso. No hay una versión exacta de lo que hablaron, pero sí aproximada: el presidente del Consejo y el presidente de la Comisión hablaron de la situación de Irlanda y de cómo había sido obligada la intervención de la UE, y tanto Van Rompuy como Durao Barroso conminaron al presidente español a que acelerara el proceso de ajuste económico que había anunciado en mayo.

No hubo amenazas de ningún tipo, pero sí le expresaron su preocupación máxima por la situación española, que de no enderezarse podría provocar un serio golpe para el euro. La UE ha podido hacer frente a los problemas de Grecia e Irlanda, y quizá podría acudir también al rescate de Portugal, pero la envergadura de España haría imposible un rescate, por lo que las consecuencias de la mala gestión económica de España serían irreparables para la UE. Se analizó la posibilidad de convocar un consejo europeo extraordinario y Zapatero regresó a Madrid con la sensación de que si no anunciaba pronto, de inmediato, la puesta en marcha de su plan de ajuste, España quedaba en una situación insostenible ante la UE.

En Madrid, reunión con Elena Salgado para preparar las medidas que se llevarían al Consejo de Ministros del viernes. Con la vicepresidenta y con el Jefe de Gabinete de la Presidencia, José Enrique Serrano, se pusieron negro sobre blanco las distintas medidas, que en su mayor parte eran las mismas anunciadas en mayo pero que todavía no se habían concretado. Ese martes, de infarto, las noticias que llegaban a La Moncloa eran de máxima preocupación: la bolsa seguía su bajada hasta el punto de que se pronunciaba abiertamente la palabra "hundimiento" y crecía aparentemente la prima de riesgo. Salgado estaba decidida a dar un golpe de efecto que detuviera las operaciones especulativas y tranquilizara a los mercados, esa especie de ente del que tanto se habla y que se define como el intercambio de activos financieros por parte de los agentes económicos, que se mueven según la oferta y la demanda. Y fue cuando se decidió aprovechar la sesión de control al Gobierno de los miércoles para, aprovechando una pregunta de Rajoy al presidente.

Según el reglamento, tanto el diputado que pregunta, como el miembro del Gobierno que responde, cuentan con dos minutos y medio cada no para formular la pregunta, respuesta, réplica y contrarréplica, y la presidencia de la Cámara es implacable: en cuanto se cumple ese tiempo corta los micrófonos. Ante el estupor de los diputados y de los propios miembros del Gobierno -solo Salgado y Rubalcaba estaban al tanto de lo que se iba a anunciar-, Zapatero, de forma muy rápida y extremadamente concisa, anunció el paquete de medidas que pensaba llevar al Consejo de Ministros del viernes.

La atención fue máxima, pero también el desconcierto de algunos de las personalidades que se sentaban en el hemiciclo. Por ejemplo, el titular de Trabajo, Valeriano Gómez, al que nada se le había comunicado ni advertido siquiera sobre la decisión de no prolongar el Programa Temporal de Protección por Desempleo, los 426 euros que reciben más de 600 mil parados de larga duración. Y en los pasillos del Congreso, al finalizar la sesión, varios socialistas se hacían cruces pensando en la pérdida de votos que significaba. Porque si algo podía defender el Gobierno, y así lo ha hecho durante los últimos dos años, ha sido que defendía a capa y espada una política social en consonancia con su historial de partido especialmente sensible con los problemas de los más desfavorecidos. Esa imagen se diluye al congelar pensiones -un anuncio que se concretará en el 2011- y al no prolongar las prestaciones por desempleo.

La bolsa subió de inmediato y los mercados respondieron como esperaban el presidente y Elena Salgado. Pero la preocupación del martes, la angustia, se prolongó durante la tarde del miércoles porque Zapatero temía la convocatoria del Consejo Europeo extraordinario, en donde no recibiría muy buenas palabras. Canceló su viaje a Bolivia y Argentina para asistir a la cumbre iberoamericana, y permaneció en Madrid por si era convocado a Bruselas y, también, para presidir el Consejo de Ministros que debía aprobar las medidas. También prefería estar en Madrid cuando Trichet anunciara las medidas del BCE respecto a la compra de deuda. Que no concretó, una mala noticia para España. Se limitó a garantizar liquidez hasta el mes de junio.

Días de infarto. De rumores, de estrés, de angustias. No hay más que observar el rostro de Rodríguez Zapatero.

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