El ruedo ibérico

El esperpento y la política son todo uno con cierta frecuencia, un binomio que no conoce fronteras -como evidencian esos desahogados diputados británicos que han cargado a lomos de los fondos públicos gastos tan privados como los tampones- y que ayer se dio un nuevo baño de masas en el ruedo ibérico, a orillas del Turia. No se sabe bien de qué se reía Francisco Camps tras declarar durante 45 minutos ante un juez imputado por un delito de cochecho, pero aún resulta más desconcertante el trajín entre simpatizantes y detractores que despertó la comparecencia del presidente valenciano, quien más parecía estar celebrando algo y saludando al tendido como si hubiera hecho un faenón que pasando uno de los momentos más amargos de su vida política.

Debe ser que Camps, como los buenos trajes que se gasta, nunca se arruga. Tamaña alegría como la que exudaba ayer a las puertas del TSJCV quizá obedecía a que al juez le brindó esa taumatúrgica explicación que niega a la mayoría del resto de mortales sobre los 13.000 euros en trajes que recibió de esa empresa que a la sazón ha recibido adjudicaciones de contratos por cuatro millones de euros de la Generalitat Valenciana.

A todo esto, Demetrio Madrid alzó ayer la voz: "Yo hubiera dimitido". ¿Quién? Fue presidente de la Junta de Castilla y León (PSOE) entre 1983 y 1986 y dejó el cargo al verse imputado por una denuncia de la que finalmente resultó absuelto. Dimitir siempre sonó a verbo chino en el ruedo ibérico, ése cuyas miserias tan bien se escenifican en la trilogía homóloga del maestro del esperpento, Ramón Valle-Inclán, que con personajes como Camps nunca morirá.

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