CRÍTICA

‘Don Quijote’ brilla en casa

Espectáculo: ‘Don Quijote’, ballet clásico en tres actos. Música: Ludwig Minkus. Coreografía: José Carlos Martínez (inspirado en las versiones de Marius Petipa y Alexander Gorski). Pareja protagonista: YaeGee Park y Aitor Arrieta. Escenografía y dirección artística: Raúl García Guerrero. Lugar y fecha: Teatro del Generalife, 18 junio 2016. Aforo: lleno.

El Don Quijote que ha preparado José Carlos Martínez, inspirado en las conocidas versiones de Marius Petipa y Alexander Gorski, respeta absolutamente el carácter de divertimento bailable que la música intrascendente de Gorski requiere, ajustada al espectáculo, como una sucesión de danzas colectivas, acentos locales y pasos a dos, tres o cuatro, para el lucimiento de los bailarines protagonistas, especialmente el conocido y admirado, por su virtuosismo y dificultad, del acto tercero. Le añade cierto aroma propio, no sólo en las formas bailables, sino en un sentido más poético y emotivo del propio texto en que se basa –Las bodas de Camacho– y del símbolo de Don Quijote apoyando a los enamorados, contra los intereses bastardos, en el que no sólo es un convidado de piedra en las fiestas populares de una boda. 

Hay que reconocer, sobre todo, la dignidad y brillantez con la que ha presentado esta pieza universal la Compañía Nacional, en su más clásico y depurado concepto del ballet en puntas, con incrustaciones cercanas de movimientos y escenografía de nuestra tradición danzística. Hay que destacar la belleza del espectáculo como totalidad, la magnífica disposición y preparación del conjunto, su acoplamiento y la vitalidad y, a veces, sutileza y expresividad de cada uno de los integrantes, formen parte del colectivo danzante o tengan protagonismo solista. La Compañía Nacional de Danza ha demostrado su solvencia que, de la mano maestra de José Carlos Martínez, puede competir con cualquier ballet del mundo. Hemos visto el Don Quijote completo en el Festival en contadas ocasiones, aunque su endiablado paso a dos del mencionado tercer acto sí se ha prodigo en muchas galas, entre ellas la que protagonizó Margot Fonteyn y Michael Sommes, en 1953. Hace tres años representó esta ‘españolada’ universal –como en el sentido operístico es la Carmen, de Bizet– el Teatro de la Ópera de Roma, con dos estrellas invitadas: La rusa Erika Mikirtcheva –que sustituía a Tamara Rojo, lesionada a última hora– y el cubano Yoel Carreño, procedente del Ballet Nacional de Cuba.

Fue también un espectáculo vistoso y entretenido, con excesivo peso de los tópicos habituales de este ballet, como lo fue, en su totalidad, la versión que nos ofreció José Carlos Martínez. Sobre la idea del conjunto, con preciosos números muy bien desarrollados y atractivos, en el que, entre otras menciones, cabe señalar el de los toreros y sus revuelos de capotes, en perfecta sintonía, y efectos plásticos de gran belleza, entre ellas el regusto más clásico de las Dríadas, que no pueden faltar en ninguna coreografía rusa, hay que destacar a las figuras principales, en este caso, YaeGee Park, en Quiteria, y Aitor Arrieta, en Basilio que hicieron un notable ‘tour de force’ que exige –a ellos y a los restantes solistas– cualidades excepcionales. Quizá la frialdad ambiental no contribuyó demasiado a que se apreciara ese esfuerzo que los protagonistas principales realizaron con esmero, calidad y  solvencia. Los saltos poderosos de Aitor Arrieta, en el paso a dos final, la elegancia y expresividad demostrada por YaeGee Park, en esas endiabladas vueltas sobre una sola pierna en puntas, mientras la otra gira al imperio de la música, no lo hace ninguna bailarina secundaria. Hubo un alto nivel en los dos y en el resto de los solistas –no podemos olvidar la elegancia de Lucie Bathèlèmy, en Dulcinea, ni la fuerza de Anthony Pina, como jefe de los gitanos, ni de Moisés Martín Cintas, en el primer Espada–, quizá lejos de virtuosismos espectaculares, pero sí con la garra que define a este excelente conjunto que, el sábado nos dejó un grato recuerdo y la realidad de lo que ha progresado la danza en nuestro país, y no sólo por las figuras que han rebasado nuestras fronteras y están colocadas en cimas internacionales, sino sobre la cantera real existente, cada vez más numerosa y preparada. 

La versión de Don Quijote fue un espectáculo de notable calidad, de grata visualidad y una perfección colectiva que no desmerece de los grandes conjuntos de danza de otras procedencias que han pasado por el Festival, entre los que hay que incluir, naturalmente, a los españoles, en su vertiente clásica –empezando por la propia Compañía Nacional– y no sólo atados a su tradición bolera. Como viene ocurriendo últimamente la música enlatada sustituyó a la orquesta, imprescindible en una velada de rango. Pero, al menos, escuchamos una notable grabación de la Orquesta de la Comunidad Autónoma de Madrid, bajo la dirección de José María Moreno.  

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