CRÍTICA

Pons, arrasado por el torbellino francés

Despedida de la orquesta de parís

Programa

: 'L'Arlesienne. Suite núm. 1', de Georges Bizet; 'Poème, op. 25, para violín y orquesta, de Ernest Chausson; 'Dapnis et Cloé, suites núm. 1 y 2', de Maurice Ravel. 

Violinista: Roland Daugareil.  Director: Josep Pons.  Lugar y fecha: Patio de Carlos V, 5 de julio de 2015. Aforo: Lleno.

Josep Pons, recordado con cariño en Granada por la proyección que hizo de la OCG hasta convertirla en una de las mejores de España, dentro de su estructura clásica, y las veces que ha conducido algunas de las más destacadas aportaciones operísticas en el Festival, reapareció el domingo para el concierto de despedida de la Orquesta de París, con un programa exclusivamente francés, convertido en un torbellino sobre el soporte de una gran orquesta, de la que les hablaba en anterior crítica de la calidad de su cuerda, de su magnífica unidad de todas las familias y grupos y de su potencia expresiva, capaz de darle vida a obras tan diversas como fueron, en su primer concierto, la Segunda sinfonía, de Sibelius, y en su despedida, las dos suites del Daphnis et Cloé, de Ravel, lo mejor del concierto.    

Un retablo de música francesa, desde la más convencional de Bizet, a los logros renovadores de Ravel, que pueden acercarnos al retablo apasionado de influencias en un París previo a la guerra, que reunía a la flor y nata del pensamiento del arte galo y europeo: Duparc. Fauré, Debussy, Turgened, Monet, Picasso, Albéniz, Diaguilev, a los que se uniría Falla en su fructífera etapa parisina, no sólo por 'descubir' su talento, con el estreno en Niza de La vida breve, sino por darse un baño de contemporaneidad en contacto con tantos movimientos artísticos e intelectuales. Precisamente, en recuerdo a ese Falla, la Orquesta, con Roland Daugereil que es uno de los primeros violines del conjunto, regaló al final de la primera parte una versión para orquesta y violín de una de las danzas de La vida breve, realizada por ellos, desde la de piano, en la que Daugareil hizo un esfuerzo de viveza para darle el sentido arrebatado que tiene la página original.

Le velada francesa se inició con la Suite de L'Arlesiana, ópera en la que Bizet abunda, con dignidad, en tópicos convencionales para el guión, pero que no le reportaron la universalidad que le proporcionó Carmen. Versión brillante, pero nada más. También discreta la interpretación del bello Poème, op. 25, para violín y orquesta, de Ernest Chausson. Hay que agradecer al Festival, como decía en crítica anterior, no sólo el apreciable ciclo sinfónico, sino traer a primer plano la aportación del violín, algo olvidado en últimas ediciones. Un violín, el de Roland Daugareil, en una lectura correcta, pero un tanto fría. Chausson era un burgués que no quería parecerlo y, a pesar de sus contactos, como secretario que fue de la Societé Nationale de Musique, fundada por Saint-Saëns en 1870, donde conocería a Duparc, Fauré, Debussy, Albéniz, a Turgenev, Monet., etc., no se desprendió de su romanticismo y de las influencia que en él ejercieron César Franck y Wagner, cuya música escuchó directamente en sus frecuentes viajes a Bayreuth. Esa influencia se nota en la orquestación, mientras en este poema, escrito tras la muerte de su padre, refleja la esencia de poetas simbolistas y su melancolía y expresividad  tiene mucho que ver con la lectura de Dostoiewski, Turgenev y Gorki. Ese sentido melancólico se alía con cierto virtuosismo, en su diálogo con la orquesta, no resuelto en toda su plenitud, por lo que la versión quedó sólo a media intensidad.

Lo mejor del concierto, las dos suites del Daphnis et Cloe, de Ravel. Precisamente fue con una de ella con la que Herbert von Karajan concluyó sus tres actuaciones en 1973, en el Palacio de Carlos V, al frente de la Filarmónica de Berlín. Mirando la crítica de aquella noche encuentro paralelismo, salvando las distancias, con el que nos recordó Pons el pasado domingo. Porque, también, Karajan superó un formalismo "cercano al aburrimiento", escribí, y nos 'descubrió' la arrebatadora personalidad de la partitura que con un director y una orquesta de esa categoría quedará entre los momentos históricos del Festival. Es verdad que, aparte de la meticulosidad y personalidad que cada director ha de poner en esta obra fundamental, nadie puede traicionar ese complejo mundo rítmico, dinámico de la genial orquesta de Ravel, capaz de transmitirnos ese sobrecogedor torbellino sonoro que el conjunto parisino, bajo la mano firme de Pons, nos hizo llegar con intensidad y, a veces, hasta con emoción. De nuevo la orquesta en su plenitud, como exige la partitura, en unidad, en comunicación. Prueba para cuerdas, metales, madera, percusión y, sobre todo ello, agrupado y diferente, un poder de comunicación y de maestría sólo alcance de excelentes conjuntos sinfónicos y directores capacitados.

Aplaudimos justamente a director y orquesta que nos ofreció un regalo, un tanto circense, de un fragmentos de La Artesiana, en la que el director sale del escenario y deja a la orquesta sola en una filigrana de solvencia, muestra de su capacidad, culminado con el ritmo trepidante subrayado por un tamboril que ponía broche puramente efectista y de concesión al espectáculo extramusical, quizá justificado como fiesta de despedida. Mientras salíamos del recinto hasta sonó un espontáneo clarín que nos anunciaba otra fiesta, la navarra de San Fermín. Empezaban las vacaciones para los músicos.

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