REPORTAJE

Las emociones han ganado la partida

  • Juan Diego Flórez se suma esta noche a una cita que sólo se recuerda por los momentos estelares l Figuras relevantes y programas de primerísimo interés justifica al Festival

El crítico, que ha comentado ininterrumpidamente los últimos 58 años del Festival en periódicos y revistas locales, regionales y nacionales –hace varios años en estas acogedoras páginas–, no intenta siquiera un perfil de estos 65 años de vida, que han necesitado más de un millar de críticas, comentarios, reportajes o entrevistas para dejar constancia de lo que ha significado para la vida musical y cultural de Granada este acontecimiento. En todo caso, empezaré por agradecer el esfuerzo que instituciones y organizadores han realizado para que el público haya podido gozar de estas jornadas, que pueden resumirse, como he dicho en algún lugar, en una cita de emociones, con sus luces más rutilantes, aunque también con sus penumbras o sus limitaciones que el crítico también ha subrayado, con la única intención de mantener el nivel y la tensión de una oferta que debe ser una conjunción total de elementos excepcionales que es lo que justifica al Festival.

Desde las primeras ediciones a las que asistía –como juvenil alumno del Conservatorio–, a los conciertos de la Nacional, con Ataúlfo Argenta, o a los recitales en el Patio de los Arrayanes –donde escuché por primera vez a Rubinstein y a Wilhem Kempff–; o los Leones –con la guitarra de Segovia o el arpa de Zabaleta–; o admiraba, en el recién inaugurado teatro del Generalife, la delicadeza de Margot Fonteyn, en Entrada de Madame Butterfly, en 1954 (a igual que el año anterior, en su debut en el Generalife, actuó desinteresadamente), a la etapa de crítico, coincidiendo con la presentación, en 1960, de Rafael Frühbeck, hay un largo recorrido en la memoria y en mi archivo personal, al que recurro con frecuencia para saber qué impresiones trasmití al lector después de escuchar y ver a tantos artistas –muchos y muchas, grandes estrellas de su momento–, interpretaciones, direcciones orquestales, conjuntos sinfónicos, ballets e incluso representaciones teatrales que no estaban ausentes del programa del Festival, formando parte de una primigenia idea de cultura como totalidad, en la que había que incluir grandes exposiciones: Alonso Cano, Zurbarán, Goya… Esa memoria ocuparía tres gruesos tomos que tienen, para mí, el interés de recoger las impresiones directas con la que solíamos transmitir a las impacientes rotativas la inmediatez de un acto irrepetible como es toda interpretación musical. 

Ha habido críticas, sí, además de emociones. Si todos hubiésemos sido conformistas y autocomplacientes, probablemente no habríamos pasado de las orquestas y artistas nacionales y no tendríamos oportunidad de recordar la rica historia del Festival, con nombres míticos como los de Herbert von Karajan, con la Filarmónica de Berlín, ni a Jessye Norman, ni a Mrawinsky, con la Filarmónica de Leningrado, ni a Celibidache, Solti, Zubin Mehta, Lorin Maazel, Pierre Boulez u otros momentos irrepetibles como la espectacular Sinfonía num. 5, en Re menor, de Shostakovich, que nos ofreció, en 1983, The Royal Philharmonic Orchestra de Londres, bajo la dirección de Yuri Temirkanov; los tres memorables conciertos que regalaron la Concertgebouworkerst, de Ámsterdam, en 1984, con Bernard Haiitink, en el podium, con obras de Beethoven, César Frank, Schumann, Prokofieff, Berio, para finalizar con una genial versión de la Primera sinfonía, en Re menor, de Mahler. 

Al referirme al importante capítulo de las obras programadas, además del repertorio conocido y siempre popularmente admirado –la genial Novena, de Beethoven, ha sido la sinfonía más interpretada–, o el estreno en Granada de Atlántida, de Manuel de Falla, en el Monasterio de San Jerónimo, en 1962, recordaremos que hasta el año siguiente no se escuchó en el Festival Carmina Burana, con la Nacional y la coral de Düsseldof, dirigidos por Rafael Frúhbeck, quien estrenó en España, en el Festival de 1970, la Octava Sinfonía, ‘de los mil’, de Mahler, con la Nacional, tres coros y solistas. También escuchamos, por vez primera, el Stabat Mater, de Dvorak, que nos ofreció la Orquesta Filarmónica Checa y el Coro de la Filarmónica de Praga, dirigidos por Vaclav Neuman; la sinfonía Turangalila, de Olivier Messiaen; el ciclo completo de las Sinfonías, de Bruckner, dirigidas por Barenboim; la versión narrada-musical del Egmont, de Beethoven-Goethe, el pasado año, entre tantos otros programas renovados y renovadores. Y, por supuesto, grandes obras de compositores granadinos como Juan Alfonso García –su bellísimo Paraíso cerrado, entre otras composiciones– o José García Román, cuyo Réquiem ha sido una de las obras sinfónicos-corales que más me han emocionado, en su especialidad, como escribí en su momento y he repetido en cuantas ocasiones he creído oportunas, como nos han emocionado los réquiems de Verdi, el alemán, de Brahms –en su versión sinfónico-coral, no en la de la reducida para piano–, el de Mozart, etc., etc.

En esta edición el capítulo sinfónico tiene una notable presencia. Además de la OCG, que tan importante papel ha desarrollado en los últimos 25 años en el Festival, vital en su configuración operística, contamos con la Royal Philharmonic Orchestra, que con Dutoit y Perianes ofrecerán Noches en los jardines de España, en su centenario; la BBC Philharmonic, la London Smphony Orchestra, la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE, con el regreso a su ciudad de Miguel Ángel Gómez Martínez, la JONDE, etc.

Tampoco hubiésemos contemplado tantos excelentes conjuntos de danza, y figuras, desde Fonteyn y Nureyev a Martha Graham o Maurice Bejart; del ballet de la Ópera de París al Bolshoi, que vuelve este año, en otro capítulo nutrido. Y ni siquiera nos hubiésemos acercado al mundo de la ópera o a las representaciones escénicas, aunque los espacios sean tan prohibitivos, pero que la imaginación convirtió en rutilantes. Caso, primero, de la representación de El rapto en el Serrallo, en el Patio de los Arrayanes, y posteriormente la escenificación de Atlántida, por la Fura del Baus, en la fachada de la Catedral; La flauta mágica, de Els Comediants, en el Generalife o el oratorio Juana de Arco en la Hoguera, en el Palacio de Carlos V y hace dos años la versión lésbica de la Fura del Baus de Orfeo y Eurídice, entre tantas cosas inolvidables que han constituido esos momentos estelares a los que me he referido siempre.

Y el capítulo importante de los recitales y las reclamadas estrellas. Son históricos e inolvidables los recitales de Walter Gieseking, en 1956, con un programa de Debussy; los mencionados de Rubinstein y Richter, los de Segovia, Victoria de los Ángeles, Elisabeth Schwarzkopf, Teresa Berganza, Caballé, Carreras, Kraus, Plácido Domingo –en una breve actuación en un ciclo de zarzuela que trajo Tamayo–, Jessey Norman, Brandel, Sviatoslav Richter, Solokov, Claudio Arraus, Maria Joao Pires e infinidad de nombres que integran la colosal colina que nos contempla, en distintas especialidades en estos 65 años.

He pedido en numerosas ocasiones que esa lista histórica mantuviese en cada edición su trayectoria. Me he referido, entre otros, a uno de los tenores más importantes actuales, el belcantista peruano Juan Diego Flórez que esta noche tendremos el placer de escuchar, en el Palacio de Carlos V, con la Orquesta Ciudad de Granada. Tuve ocasión de asistir a un magistral recital en el Festival de Santander, en el que hizo alardes de su bellísima voz, de su musicalidad, de su capacidad comunicativa, de darle color y emoción al repertorio clásico o popular. Es una voz que faltaba en el catálogo, como nos ha faltado la de Pavarotti y tantas otras que iluminan los universos de la expresión más directa del ser humano. 

El Festival ha de ser un faro que ilumine caminos nuevos, renovados, sin perder el norte que es, sencillamente, la excepcionalidad, en la que no caben mediocridades ni rellenos. Comprendemos las dificultades económicas, en tiempo de crisis, pero la imaginación puede compensar lagunas que puedan parecer insalvables. Como he dicho en el comentario de la presentación, la cita que hoy inauguramos tiene elementos muy notables que esperemos confirmen una edición, que sustentada en ideas básicas del pasado, creo puede interesar al gran público. 

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