CRÍTICA

El hechizo de un mago de la voz

Recital: Juan Diego Flórez, tenor. Programa: Oberturas, arias y canciones de óperas, zarzuelas y música popular de Mozart, Gounod, Massenet, Soutullo y Vert, Serrano, Jerónimo Giménez, Paolo Tosti, Ruggero Leoncavallo y Giuseppe Verdi, completada con una sucesión de bises que constituyeron una tercera parte del programa, ante el clamor del público, incluido el ‘Adios Granada’, acompañado por un joven Habichuela y la ‘Granada’, de Agustín Lara. Agrupación orquestal: Orquesta Ciudad de Granada. Director: Sebastiano Rolli. Lugar y fecha: Palacio de Carlos V, 17 junio 2016, en la inauguración del 65 Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Aforo: Lleno.

Cuando, tras la obertura de La Flauta mágica, por la Orquesta Ciudad de Granada, la voz de Juan Diego Flórez canta el aria mozartiana de Tamino sobre la bella imagen de Pamina, el Palacio de Carlos V volvió a iluminarse con el brillo de las estrellas que por la historia del Festival han pasado. Era el prólogo de una admiración colectiva hacia la voz más bella, cálida y expresiva del mundo actual del belcanto. Pero no sólo por el dominio de las florituras que exige el género, sino porque impregna de musicalidad y vida a los personajes, capacidades que fue desarrollando a lo largo de su variado recital, en un concierto en el que la Orquesta Ciudad de Granada fue un discreto acompañante, con algunos lapsus, incluso cierta entrada falsa, que hizo repetir un aria, aunque, en general, no estropeó las sonoridades de una voz única, hoy por hoy, en las zonas altas y medias de su texitura de dos escalas, en las que  este tenor ligero brilla de forma arrebatadora. El público entendido sabe muy bien cuáles son las diferencias entre un tenor ligero y un tenor lírico. Un concierto que no se limitó a las dos partes del programa oficial, porque Flórez fue generoso y obsequió al público, rendido a la belleza de su voz, con un repertorio amplísimo de música culta y popular, en el que no faltó la delicada interpretación del Adiós Granada, acompañado a la guitarra por el más joven de la dinastía de los Habichuela y, tras meterse al público en el bolsillo con sus increíbles versiones de canciones peruanas e hispanoamericanas –desde Guantanamera a  La flor de la canela, entre otras muchas– levantó a la gente de sus asientos e incluso le acompañó cantando frases, y arrancó lágrimas de emoción por la calidez con que interpretó la Granada, de Agustín Lara. A los que no sentimos predilección alguna por esta tópica canción, convertida en himno de la ciudad, nos dejamos arrastrar por la forma con la que fue expresada por ese auténtico mago de la voz, capaz de extraer musicalidad y tensión en cada nota, de envolvernos en una sucesión de matices en una misma emisión vocal, en la que la técnica prodigiosa va estrechamente unida a la sentimentalidad, la calidez y la emoción que es lo que, al fin y al cabo, eleva la interpretación. 

En cualquier lugar donde su voz suena la admiración es unánime, con los matices que toda interpretación admite. Cuando lo escuché hace unos años en el Festival de Santander salí admirado por las cualidades de su voz, adaptada a los florituras del bel canto, pero también a la emotividad plácida. En su presentación, al fin, en el Festival de Granada, nos dejó una noche inolvidable. Su cualidad de tenor ligero no es una situación excluyente, sino la muestra de una zona exclusiva que sólo pueden ocuparla, con esa perfección y belleza, voces únicas que surgen de muy tarde en tarde. Pero había mucho más que el reconocimiento a un mago de la voz, en su especialidad, y ese algo es el poder de hechizar al auditorio que sólo está al alcance de los grandes artistas, de las estrellas que son las que han iluminado la historia del Festival.

El artista abordó correctamente la delicadeza de las arias de Mozart, aunque hubiese cierta frialdad, que a veces la crítica subraya en sus versiones muy clásicas, pero fue superada por la perfección y vigor con que afrontó la cavatina ¡Salud! ¡Morada casta y Pura!, idealización  de la Margarita del Fausto, de Gounod, o del Romeo y Julieta, en la emotiva, difícil y arriesgada ¡Ah, Léve-toi soleil!

La segunda parte se sumergió en la zarzuela de costumbres, con el lirismo de la romanza Bella enamorada, junto a otras piezas como Por el mismo rey moro, con su ritmo de ultramar, de Serrano. La OCG mejoró en el intermedio de Las bodas de Luis Alonso, bien llevada por Sebastiano Rolli. No faltó en esta parte un repertorio de canciones italianas, con sus aires evocadores, napolitanos, sin olvidar el virtuosismo de Matinatta que Leoncavallo dedicó a Carusso. Un Verdi cómico de Un día de reinado y, sobre todo, el timbre heróico de Je veux encore, de la ópera Jerusalem, el cantante peruano demostró su ductilidad para adecuar su voz a las exigencias expresivas y técnicas exigidas. Todo ello estimuló el placer de los sentidos, cautivados por las inflexiones de una voz, tan maravillosamente cálida y expresiva en las zonas medias, con increíbles modulaciones y fraseo, que a veces parece colgarse sobre el tiempo, vibrante y luminosa en los agudos poderosos, limpios, jamás envueltos en los recursos del falsete.

La tercera parte de bises, fue de absoluta concesión al público, iniciado con La donna è mobile, del Rigoletto, de Verdi, dominado no sólo por el arte de una voz de magia que puede elevar cualquier tema, por conocido y popular que sea. Una larga serie de regalos en los que Flórez mostró su generosidad y capacidad de diálogo con el público, hablando con la gente, estimulando el coro improvisado del auditorio que cantaba junto a él o seguía con sus palmas el ritmo de las canciones, para emocionarse cuando tocaba la fibra sensible del localismo como en el mencionado Adiós, Granada y la despedida con Granada, tierra soñada… Concesiones que si es verdad estimulaba la fibra localista, la manera de expresarla elevaban la dimensión del contenido. Esta forma de hechizar al auditorio sólo está al alcance de las figuras, que dejan su posición estática de divos, para convertirse en un elemento vital de transmisión de emociones.

Perú puede sentirse orgulloso de su embajador –¡Viva Perú! se escuchó gritar–, un embajador que, siguiendo el ejemplo venezolano –hace tiempo vigente y cuya expresión escuchamos en el Festival con la Orquesta Simón Bolívar, y el gran Dudamel– apoya a Sinfónia por el Perú, institución creada en 2011, que atiende a más de 3.000 niños en 25 núcleos de formación musical distribuidos en las zonas más pobres del país. Esta misión eleva, aún más si cabe, a esta figura internacional que, como gritó un espectador, ¡Bienvenido a Granada!, porque no podía faltar en su catálogo de excepcionales figuras.

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