'Eden': Pareja en crisis busca teleserie

La pareja (y sus recurrentes crisis) ha sido desde Rossellini a Bergman, desde Antonioni a Suwa, uno de los grandes temas del cine moderno, también una de las puertas a la innovación narrativa, lingüística y formal, que ha posibilitado la apertura de aquellos caminos actualmente más transitados, aunque de menos rédito comercial, por algunos de los cineastas más transgresores e interesantes de la contemporaneidad.

Eden acompaña durante una semana la difícil vida cotidiana de Billy y Breda Farrell, que están a punto de celebrar su décimo aniversario de boda; mientras Billy mata las horas bebiendo cerveza en el pub y soñando con aventuras sexuales con mujeres más jóvenes, Breda se siente cada día más sola e insegura, incapaz de hacer revivir en su esposo una pasión hace lustros enterrada en la apatía y la rutina. Aunque su sinopsis puede hacer albergar en algún despistado la esperanza de poder toparse con una obra que guarde algún lazo con aquella fértil e innovadora deriva cinematográfica dedicada al dúo, lo cierto es que la cinta del irlandés Declan Recks (el mismo de la exitosa serie Pure mule, que goza de una fiel audiencia en su país) es simplemente teatro malo, filmado como mala televisión con complejo de culpa por su procedencia (una obra de Eugene O'Brien con la que éste consiguió en 2001 el Irish Times Theatre Award al mejor nuevo libreto), de ahí, entre otras lindezas, su uso innecesario y penoso del formato scope, o sus planos desequilibrados en los que se nos fuerza a los espectadores a compartir las crisis anímicas de sus protagonistas.

Y es que, aunque habitualmente suela ocultarse bajo toneladas de mala literatura y peor teatro, en el cine todo es, o debería ser, cuestión de formas. Es por eso que en este filme donde, mal que les pese a sus artífices, los seres humanos parecen haberse convertido en marionetas manejadas por algún creativo publicitario, los elementos decorativos y el mobiliario urbano acaban importando más en la concepción del plano que las propias personas y sus sobados dramas domésticos, que salvo por su tono impostadamente grave, son absolutamente clónicos de los que a diario padecemos en cualquier sitcom televisiva. Se suponía que huíamos de nuestras salas de estar al cine para mirarnos en unos espejos más profundos, y ahora resulta que aquel espectro televisivo nos ha terminado engullendo en su estulticia y vacuidad.

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