'Il divo': Un circo italiano

De todas las cinematografías europeas, la italiana es la que parece más empeñada en tomarle el pulso a su propia actualidad política. Si Bellocchio ha preferido la reelaboración metafórica y las atmósferas fantasmales para alertar sobre los peligros de la amnesia histórica a corto plazo (La sonrisa de mi madre, Buenos días, noche) y Moretti ha optado por la sátira autoconsciente (de Caro Diario a Il Caimano) para vertebrar su posición crítica sobre la era Berlusconi, la nueva cinta de Paolo Sorrentino, valor en alza de la producción italiana catapultado desde Cannes y la Academia Europea, se acerca a esta realidad política desde el biopic deformante y un hiperbólico estilo próximo a la ópera (bufa) pop que algunos han querido ver como signo de rabiosa (pos)modernidad.

Sorrentino impone abruptamente sus formas excesivas al retrato íntimo y público de un Giulio Andreotti convertido en caricatura por el transformista Toni Servillo, también cómplice del director en las irritantes Las consecuencias del amor y L'amico di famiglia. Adoptando una mirada hipertrofiada y barroca (que algunos tomarán por felliniana) materializada en un constante movimiento de la cámara, en perspectivas forzadas y aberrantes (o, como dice Santi Gallego, colocando siempre el objetivo en el peor sitio posible, o sea, donde más se vea el gesto de dirección) y a través de contrapuntos musicales propios de la estética publicitaria de la era MTV, Il Divo aspira a descomponer el retrato del líder de la Democracia Cristiana y figura incombustible de la política italiana de la segunda mitad del siglo XX desde sus sombrías maniobras de alcoba y sus reflexiones sobre el poder susurradas en voz baja. Por la pasarela del filme desfilan así asuntos como el asesinato de Aldo Moro, las relaciones con la Mafia, el proceso judicial y el perfil maniático y solipsista de un personaje que se autojustifica como salvador de la patria por la gracia de Dios.

Acumulativa y redundante, confusa para un público no iniciado en la historia italiana reciente, Il Divo explota sus hallazgos hasta la extenuación para acabar aplastando a Andreotti, siempre máscara, nunca personaje, títere al que siempre vemos los hilos, con el sobrepeso de sus formas y la gruesa firma de su marionetista.

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