'Katyn': Los restos de la barbarie

La matanza del bosque de Katyn ha sido durante años una de las páginas más dramáticas y oscuras de la II Guerra Mundial. Al comienzo de la contienda, alemanes y soviéticos estrangularon Polonia desde el Oeste y el Este, repartiéndose los prisioneros de guerra: la tropa para los nazis y la oficialidad para los comunistas. Tras meses de cautiverio, los casi 15.000 oficiales polacos aparecieron asesinados y enterrados en fosas comunes en Katyn. Durante muchos años, la responsabilidad de la masacre, ejecutada fría y metódicamente mediante disparos en la nuca, fue usada primero por la propaganda nazi y después por la comunista para escurrir culpabilidades y denunciar la barbarie del enemigo. Hasta comienzo de los años 90 el Gobierno de la URSS no reconoció formalmente la autoría de aquel nefando crimen.

Que, a sus 82 años, Andrzej Wajda (que perdió a su padre en el genocidio) pueda seguir rodando, dice mucho del cine polaco, pero, para continuar en activo, el veterano maestro ha tenido que plegarse a la moda de ese estándar televisivo tipo grandes relatos, que acaba resultando mucho más molesto que su tono academicista, marca de la casa desde hace no pocos años. No obstante, y a pesar de los imponderables de producción, el gran cineasta, el de Kanal, Generación y Cenizas y diamantes no puede evitar alzarse orgulloso en los escalofriantes y excelentes 15 minutos finales de Katyn.

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