'Modus operandi': El Holocausto en la memoria

Es difícil que un documental sobre el Holocausto pueda añadir algo que Claude Lanzmann olvidara incluir en su monumental e inolvidable Shoah, y éste dirigido por el belga Hughes Lanneau no es una excepción. Entre 1942 y 1944, unos 26.000 hombres, mujeres, y niños judíos fueron deportados, en casi una veintena de trenes, desde Bélgica hasta Auschwitz, donde casi todos ellos perecieron en las cámaras de gas. Modus operandi sigue el relato de la aplicación progresiva de las leyes raciales que condujeron a las deportaciones, en las que los nazis recibieron el inestimable apoyo de algunas autoridades y funcionarios belgas.

Lanneau traza el curso de los dramáticos acontecimientos, desde su primer estadio, en el que las fuerzas alemanes (con el recuerdo aún fresco de la brutalidad que durante la Gran Guerra acabó invitando a que el pueblo belga se alzara en armas) hicieron creer a los belgas que se trataba de una ocupación más de guante que de bota, hasta llegar a los registros y deportaciones en masa, pasando por una etapa anterior en la que los ocupantes se dedicaron principalmente a identificar, censar y humillar (mediante la obligación a portar signos visibles que señalasen su raza) a los judíos, principalmente a los refugiados que huyendo de la muerte se habían ocultado en Bélgica, lo cual hizo albergar a los nativos la falsa esperanza de que ellos permanecerían a salvo.

Modus operandi documenta el imparable deterioro de las libertades públicas, pero lo hace a través de planas entrevistas a supervivientes, en las que suele primar casi exclusivamente el tono sentimental y emotivo, en lugar del informativo o el cinematográfico. El problema se agrava cuando su realizador se empeña en utilizar desacertadas ideas de puesta en escena (las imágenes de archivo se superponen sobre los edificios y calles de la Bélgica actual) más propias de una mala instalación para celebrar algún evento municipal que de un documental que se ocupa de un tema de semejante calado histórico y dramático. Abundando en sus errores teóricos y formales, Lanneau recurre a unos narradores (incluso el que lee con voz marcial los edictos antisemitas) que van hilando los terribles acontecimientos en un perfecto inglés (!!), incomprensible ocurrencia comercial, entendible, aunque nunca justificable, sólo si el filme se ha realizado principalmente con el mercado norteamericano en mente. Sólo faltaba que para redondear el despropósito el festival proyectase la película en DVD, como así fue.

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