'Mongol': La Historia convertida en carnaza para videojuegos

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El cine histórico no pasa por sus mejores días. El género se ha visto asaltado en los últimos años por la tiranía del cine de acción, la influencia de los grandes relatos enlatados según la monoforma televisiva, la falta de rigor histórico a la hora de retratar culturas, personajes y costumbres, o el éxito de ciertas propuestas orientales (con Zhang Yimou, el héroe de los últimos Juegos Olímpicos, a la cabeza) que han convertido en espectáculo el uso bárbaro de la fuerza y el empuje de la masa obediente y uniforme, para terminar dibujando como pacificadores a quienes fueron también, o tan sólo, sangrientos tiranos.

Mongol toma la figura de Genghis Khan al que sigue durante sus primeros años de vida, sometidos a un cruento cautiverio, justo antes de convertirse en el legendario conquistador que en el siglo XIII extendiera su vasto imperio hasta la mismísima Rusia; pero la película acaba astutamente justo cuando se supone que debería comenzar la parte en la que el personaje tiene que acoplarse a los perfiles de su leyenda negra. Para tan artero enjuague, Bodrov tira de manual, y recurre al viejo truco de humanizar a la bestia exponiendo su rostro más amable, el de esposo enamorado y padre, como contraste al del guerrero duro pero siempre justo. Así, todas las edulcoradas estampas de la vida doméstica del conquistador se suceden acompañadas por una fotografía que rebaja a postal turística la estepa mongola, y arropadas por una altisonante música que convierte en sensiblería ñoña todo lo que adorna, por no hablar de las secuencias de batallas y combates que harán las delicias de los adictos a las videoconsolas. Cine caro y hortera, despreocupado e infantil, que acaba enervando por su empecinamiento en rescribir la Historia, pretendiendo casi hacernos pasar por humanistas ilustrados a un puñado de bárbaros que conquistaron a fuego y acero, pero nunca mediante la razón y la palabra.

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