pasado con presente incluido

Enrique Cobo, el alcalde que prefería la zamarrilla a la chaqueta

  • Fue durante ocho años alcalde de Motril y después pasó a ser delegado de Gobierno y senador

  • Ahora vive en plena naturaleza y pasa su tiempo entre la lectura y el cuidado de sus árboles frutales

  • "Cuando estoy con mis nietas soy el hombre más dichoso del mundo"

Enrique Cobos, junto a su perra Tina en una fotografía de la actualidad. Enrique Cobos, junto a su perra Tina en una fotografía de la actualidad.

Enrique Cobos, junto a su perra Tina en una fotografía de la actualidad. / reportaje gráfico: Á. C. y archivo.

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Se ha convertido en un septuagenario (acaba de cumplir 70 años) ilustrado y cordial, siempre afable y efusivo, que cree todavía en la bondad de la política bien gestionada. Es un bien nacido que ha intentado por todos los medios no contradecirse. Un veterano político trasplantado ahora a un trozo de naturaleza que cuida de que los ciruelos y los almendros crezcan con orden y sosiego. Dotado de una manera de ser vitalista y cabal, se plantea esa manera de analizar cualquier cuestión que tenga que ver con el desarrollo de un pueblo y escribe propuestas a todos aquellos que quieran saber su opinión sobre cualquier asunto ("otra cosa es que me hagan caso"), para reforzar así su condición de insubordinado frente los torpes tramoyistas del conformismo. Él nació de la gente del pueblo, se rebeló contra cualquier injusticia social y llegó a ser alcalde con promesas cumplidas de aniquilar esas prebendas de las que abusaban (y abusan) los políticos.

En el balance de su aventura vital está incluida esa variante juvenil de la desobediencia (fue apartado de algunos puestos de trabajo por sus ideas) y el repudio de la solemnidad. Los periodistas de entonces lo llamábamos 'el alcalde de la zamarrilla' porque prefería su torpe aliño indumentario a las chaquetas y corbatas con las que se vestía el poder. Se llama Enrique Cobo Fernández y en Motril mucha gente lo admira porque supo encauzar la lucha de un pueblo por conseguir logros importantes: por ejemplo, el Hospital de Santa Ana. "No fue un logro mío, fue de los motrileños. Cuando alguien quiere algo insistentemente, al final lo consigue. Nosotros solo les ayudamos a creer que aquello era posible", dice con la modestia del que ha comprendido que la vanidad al fin y al cabo no sirve para nada. "La vanidad es una cualidad que nunca he practicado. En Motril no hay ni una placa que diga que yo era alcalde cuando se inauguró esto o aquello. Nunca me han preocupado esas cosas".

En cuanto a su famosa zamarrilla (prenda que no llega a ser zamarra o chamarra), dice que no era por cuestión ideológica, "es porque no sé llevar chaqueta. Además, soy cuellicorto y apenas puede abrocharme los primeros botones de las camisas. Es por comodidad", dice entre risas con el gesto del intento de meter el botón de arriba de su jersey en el correspondiente ojal.

La casa en las montañas

Nos vemos en su casa que tiene en Vélez de Benaudalla, hecha de piedra y madera con artesanos de siempre. Desde su vivienda en alto se ve el Veleta y el Caballo en los días claros y el hormigón de la presa de Rules que combina con los días grises. Tiene una perra que se llama Tina, que lejos de ladrar para ahuyentar a desconocidos, enseguida se hace amigo de ellos. Tina apareció por allí un día y que se ha quedado a vivir con Enrique y su mujer Yuba. "No la encontramos, nos encontró ella a nosotros", dice Yuba, que nos prepara un café para que la charla no sea a palo seco.

Enrique tiene unos ojos vivos (que se restriega con el dorso de las manos de vez en cuando) en los que se fragmentan unas chispas de animosidad altamente contagiosas. Cuando habla lo hace con propiedad, con avidez, con énfasis, siempre asistido por un sistema de circunloquios donde coinciden su mentalidad ilustrada y sus ideas preconcebidas en las barricadas.

Enrique Cobo nació en Almedinilla (pueblecito de Córdoba) porque su padre, que era guardia civil, estaba destinado allí. Sus antepasados proceden de La Alpujarra. A los tres años a su padre lo destinaron a Motril, y allí recaló nuestro entrevistado. Se va estudiar Pedagogía a Salamanca y probablemente es en ese sitio donde le inoculan ese virus que ataca a todos los que creen en la justicia social.

Se licencia en Pedagogía y más tarde iniciará los estudios de Derecho. Su primer trabajo como profesor interino será en Órgiva, localidad en donde los trabajadores de las minas del Conjuro las están pasando canutas porque están abocadas al cierre. Hay huelgas y manifestaciones. "Muchos de mis alumnos eran hijos de mineros. No había más remedio que apoyar esa lucha". Enrique Cobo comienza a ver las cosas desde abajo, desde el lugar en donde están los trabajadores. No hay pancarta en la que se pida justicia y libertad y no esté él detrás. Después es contratado como director en un colegio motrileño, donde intenta que los maestros se organicen para reivindicar sus derechos. Pero dura poco más de un año porque sus ideas no coinciden con las de los que mandan.

Con la indemnización que cobra (unas 140.000 pesetas) monta la librería El Globo, que pronto se convierte en un lugar de tertulias y debates de aquellos que ansían que cambien los tiempos. Su militancia en la izquierda más reivindicativa desemboca pronto en un activismo fructuoso. Pero él apenas cambia de estilo, ni por fuera ni por dentro, ni de forma de vestir ni de manera de pensar. Tras la muerte de Franco, ya en el Partido de los Trabajadores de Andalucía (PTA), forma parte de la gestora que se hace cargo del Ayuntamiento de Motril .Y en las primeras elecciones municipales es elegido alcalde porque su partido es el más votado. Y comienzan a cambiar las cosas. Por lo pronto, los elegidos como representantes del Consistorio no pueden ganar más de lo que ganan en sus respectivos trabajos, se eliminan las prebendas y las dietas y se fija en ocho años el tope de lo que se puede estar en un cargo público. "También predicábamos que los cargos orgánicos y los institucionales no pudieran coincidir. Todavía lo voy pregonando por ahí en los foros que me dejan".

En el segundo mandato, se presenta como independiente dentro de la lista del PSOE. Y también gana. Y a los ocho años, según su predicamento, deja el Ayuntamiento porque no se presenta a las siguientes elecciones. Dice que fue feliz siendo alcalde porque había una tarea muy interesante e ilusionante que hacer. "Pero lo que más me llenó es que me sentí querido por el pueblo. Aun hoy la gente me saluda y dice que me recuerda", afirma con cierto entusiasmo. Y de aquellos años Enrique sacó varias enseñanzas que pueden quedar para los manuales y que deben aprender muchos políticos:

a) La mejor manera de hacer política progresista no es hacer oposición, sino proposición. Proponer siempre es más efectivo que criticar.

b) Los destinatarios finales de cualquier causa común deben ser también los protagonistas desde el principio.

c) Nadie tiene que carecer de lo imprescindible, los que gobiernan tienen la obligación de conseguirlo.

d) No es lo grande lo que une a la gente, sino lo más pequeño, lo más cercano.

Árbol sabio

Después la vida le lleva por derroteros tan distintos como diversos. El motrileño Julio Rodríguez, por entonces presidente del Banco Hipotecario, lo nombra secretario particular. Otro motrileño, Juan López Martos, por entonces consejero de Obras Públicas, le ofrece un puesto en la Empresa Pública del Suelo de Andalucía (EPSA). También es nombrado delegado del Gobierno y hasta senador.

-Ese cargo lo acepté torpemente.

-¿Y eso?

-Pues porque ser senador es lo más aburrido del mundo.

Y sanseacabó su vida pública y política. Ahora dice que no trabaja, que "hace cosas", como dicen los gitanos. Todas las mañanas echa un rato a leer literatura pura y dura ("¿Sabes?, ahora me ha dado por leer Aristóteles, pero eso no lo digas, no quiero parecer presuntuoso") y otro rato a leer cosas más apegadas a la realidad. Le gusta estar al tanto de "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", como diría su admirado Machado. Enrique tiene una voluminosa biblioteca donde pasa gran parte del día. También le gusta pescar y dar largos paseos. Y, por supuesto, cuidar de sus almendros, caquis y ciruelos. Y tiene un olivo del que se siente orgulloso.

-Mira qué tronco, ese es un árbol sabio. Por él han pasado cientos de años.

Como tiene estudios de Derecho y un máster de técnicas de participación ciudadana, también deja parte de su tiempo libre para asesorar altruistamente a personas de una asociación. Dice que echa de menos la política, pero que ahora practica la de retaguardia, esa que le permite acercarse a personas que tienen problemas que él puede ayudar a resolverlos. Asegura que "al fin y al cabo la política no ha cambiado tanto en cuanto a sus objetivos, lo que ha cambiado es la organización".

Y lo que también le abren las ganas de vivir son sus cuatro nietas nacidas de sus tres hijos y otra nieta de su mujer Yuba. Tiene dos en Alemania a las que ve cuatro o cinco veces al año y otras dos en Madrid. "Cuando me las prestan soy el hombre más dichoso del mundo", dice con ese tono que deja la serenidad de los años vividos.

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