Enmedio de la calle

  • Barrían y lavaban. En la Plaza de Bib-Rambla Felipe Ruiz escondía su cabeza y sacaba la foto por arte de magia. Un charlatán daba duros a cuatro pesetas y, por efecto mimético, muchos se los compraban

EN aquella Granada de desconchones y goteras era más cómodo pasar el día en la calle. Claro que ni las casas ni las calles eran lo que son. A las comodidades de hoy, con la 'tele' incluida, hay que restar la inseguridad de las calles y el comportamiento no siempre amable de algunos vecinos.

La más cotidiana escena callejera de la antigua mujer granadina era barrer de buena mañana y con esmero la puerta de su casa o el tramo de sus escaleras. Hoy ha quedado casi en desuso o relegada al medio rural. Las vecinas, escoba y badil en mano, se aprestaban a dejar su entrada como los chorros del oro. Era una señal de identidad que marcaba el grado de aseo de toda la familia y su descuido podría ser motivo de duras críticas por lenguas de vecindonas.

En las puertas de las casas te podrías encontrar a la del número tres quitándole los cocos a las lentejas o pelando patatas para el puchero de hinojos. En la acera de enfrente, a María bordando sobre su bastidor una mantillina de tul, mientras su prima Angustias preparaba la almohadilla y los alfileres para entrelazar con meticulosidad los bolillos de su encaje. Otras trataban de encender el brasero de cisco, tierra y picón, dándole aire con el 'soplaor' de esparto. Escenas casi todas muy entrañables que ya desaparecieron pero que tampoco las echamos de menos.

En medio de la calle se establecían comerciantes de todos los géneros, pero quizás los que más me llamaban la atención se concentraban en la Plaza de Bib-Rambla: era el fotógrafo de la cámara al minuto, montada sobre un trípode. Verdadera joya de la técnica, lejos ya de la que inventó Daguerre pero prehistórica si las comparamos con nuestras digitales. Era Felipe Ruiz, fotógrafo experto que decidía tu postura, te subía al caballo de cartón o te ponía de fondo una lona con el Patio de los Leones y desaparecía metiendo la cabeza en aquella manga negra; tú mirabas al pajarito y él te ofrecía la foto al minuto como por arte de magia. Me encantaba. Todavía sigue su amable hijo con el negocio ya renovado.

Más allá, el limpiabotas de banco y silleta con el cepillo casi pelado que manejaba con gracia cambiándolo de mano, dándole un enorme bofetón. Habilidoso con el dandi y la crema, procuraba no manchar los calcetines introduciendo unas medialunas de cartón rojinegro entre el zapato y el pantalón, después de darle a los bajos un par de vueltas.

Vendedores de relojes generalmente afanados; de corbatas exhibidas en un curioso expositor colgado del cuello; de rompecabezas de alambre retorcido que sólo el inventor sabía resolver; de carteras, correas y monederos. Vendedores de todo en medio de la calle, bajo los enormes tilos y ante la atenta mirada de los gigantones de la fuente.

charlatán de la plaza

Pero el que más huella me dejó era el charlatán del Corpus y la Navidad. En realidad eran dos hermanos que se turnaban en la plaza y en los géneros que intentaban colocar. Dos artistas de la persuasión. Dos finísimos oradores de pacotilla, pero que hilvanaban con voz engolada frases de palabras hipnotizantes, hasta el punto de que, terminada la exposición de las ventajas de su mercancía, no daban abasto para atender las peticiones de sus compradores. Claro es que los clientes no son tontos y un peine de "auténtica" concha de carey que decía valer en el mercado 25 pesetas, el inteligente charlatán no lo ofrecía por 20 ni por 15 ni por 10... decía regalarlo por 5 y encima te adjuntaba una lendrera, te daba una sortija "de oro" para la niña y una medalla de la Virgen de Fátima "de plata" para la señora. Advertía que esos "regalos" eran una oferta sólo para los veinte primeros. Los tres primeros clientes que solicitaban el producto lanzándose como locos solían ser parientes del charlatán. Por un estudiado efecto de mimetismo borreguil, se precipitaban los demás. Hoy este mecanismo de persuasión persiste; basta sintonizar cualquier emisora o acudir al mitin de cualquier campaña electoral.

No han desaparecido los charlatanes; lo que pasa es que hoy han buscado mejores empleos: suelen trabajar bajo techo y en sillones, con secretarias y sobre moquetas, prometen duros a cuatro pesetas y algunos salen sólo a la calle cada cuatro años.

Como la calle es amplia caben muchos más; pero en un folio, no.

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