Los aparcacoches ilegales La imposibilidad de cobrar las multas tumba la ordenanza municipal

Gorrillas el problema sin solución

  • La Ordenanza de la Convivencia contra este fenómeno vuelve a fracasar · De los 127 expedientes abiertos sólo se ha podido cobrar una multa porque se declaran insolventes

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Es guapa, tiene sólo 23 años y un cuerpo menudo pero fibroso. Sus rasgos mulatos de brasileña resultan demasiado exóticos para encajar en el perfil del gorrilla estándar, ese hombre de mediana edad, toxicómano, que vive en la calle. La inmigración ha renovado el rostro de los aparcacoches ilegales que persigue la Ordenanza Municipal de la Convivencia, pero no ha logrado que desaparezca o, tan siquiera, que se reduzca.

Antes, desde los años ochenta, la mayoría de ellos eran toxicómanos ansiosos por recaudar una pequeña cantidad de dinero para comprar drogas. Ahora son muchos los extranjeros que pueden verse aparcando coches. Cada uno tiene su territorio y sólo hay roces si uno invade el terreno de otro.

Muetean Valeriu Sabín es uno de esos jóvenes que han empezado a dedicarse a aparcar coches hace un par de años. A las ocho de la mañana suele estar ya por la zona de la Plaza de Toros. Cuenta que suele recaudar una media de 10 euros al día, pero ese es el montante de una larga suma de cantidades pequeñas de 30 céntimos, 50 céntimos, 20 céntimos, un euro o nada. "El que no quiere no paga y yo le digo vale, vale, ningún problema", cuenta este joven rumano que sólo tiene 23 años pero debe alimentar a una hija de 6 meses.

Comparte piso con sus padres, su esposa, su hija y sus siete hermanos en una casa del Polígono de la Merced Alta. Le encantaría tener un trabajo fijo, pero no encuentra. Antes trabajó en la obra como peón, y en trabajos temporales haciendo portes, pero hace tiempo que no le sale nada. "Imagínate, si para un español ahora es difícil para un inmigrante es casi imposible", apostilla la joven brasileña.

Por eso el número de aparcacoches ilegales ha crecido en Granada en los últimos años. Los vecinos de la plaza de la Plaza de Toros o de la zona del Clínico han llamado varias veces porque denuncian que las peleas son continuas, los roces por el territorio se producen con mayor frecuencia cada vez y todo ello está generando entre los vecinos una creciente sensación de inseguridad.

Son varios los factores que han multiplicado el fenómeno: la crisis económica, que ha arrastrado a la calle a algunos desempleados y el fracaso absoluto de la ordenanza antivandálica.

La joven brasileña, que aparca en los alrededores de la zona del Ruiz de Alda, sí comparte ciertos rasgos con los gorrillas que siempre ha sido habitual encontrar cuando se estacionaba el coche por la zona de la Plaza de Toros o los hospitales.

"Por lo menos me busco la vida. El que quiere me da dinero y el que no quiere no. Yo no le hago nada a nadie". Dice la brasileña, que vive en la calle, a donde llegó por un problema de adicciones, aunque no quiere precisar a qué sustancias como tampoco quiere decir su nombre. Mientras consigue el ingreso en un centro de acogida para mujeres, come pipas tranquilamente mientras espera a que los coches vayan llegando. "La calle no es de nadie. ¿Por qué no puedo estar aquí?"

En eso radica el problema de la prohibición de los gorrillas de la Ordenanza de la Convivencia.

Aunque esta normativa prohibe la práctica de pedir dinero a cambio de aparcar coches e impone una multa a todo aquel que la practique. La ordenanza entró en vigor el 12 de noviembre de 2009. Durante el primer semestre del año los agentes municipales han multado reiteradamente a los gorrillas.

Pero la norma parece ineficaz. La mayoría de los aparcacoches, como la joven brasileña, no tienen un domicilio fijo al que notificarles las sanciones. La Policía de otras ciudades ha optado por rellenar los boletines de denuncia explicando que los infractores dormían en determinado banco, soportal o cajero automático.

Lo que ocurre es que en la práctica las denuncias son imposibles de notificar. Si había alguna que se lograra entregar porque el aparcacoches tuviera un domicilio fijo, entonces el sistema tampoco funciona por la insolvencia de los gorrillas, a los que ni siquiera se les puede embargar nada.

La Policía Local reconoce que ese es el problema de hacer efectiva la Ordenanza de la Convivencia, aunque la actividad estaba prohibida mucho antes de la entrada en vigor de esta normativa municipal por otras ordenanzas anteriores. Los agentes se limitan a identificar a los gorrillas. Se puede abrir un expediente, e incluso se les puede llegar a notificar. Desde enero hasta ahora se han podido notificar sólo 32 expedientes. Y tan sólo se ha podido cobrar una denuncia. A veces los agentes identifican varias veces al mismo gorrilla. Incluso reconocen que la medida sólo sirve "para tenerlos una horas apartados de la calle". "En la prostitución funciona porque se multa también a los clientes, porque las prostitutas se declaran insolventes".

En los casos de que alguna persona llame al 112 alertando de la presencia de un aparcacoches, la Policía se desplaza y aparta del lugar en cuestión al gorrilla, pero raramente lo multa. Sólo en el caso de que un ciudadano denunciara amenazas o extorsión, la Policía suele intervenir con más contundencia y detener a los aparcacoches.

Si antes este fenómeno se centraba en las zonas de Renfe, de loa alrededores de los hospitales o la Plaza de Toros, ahora se han detectado gorrillas en los alrededores del Palacio de Deportes, donde se concentran los senegaleses, y hasta en aparcamientos regulados por la zona azul.

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