GRANADINOSENBUSCADELACOMPOSTELA (viI)

"Si bebes agua de esta fuente, te mueres"

  • En A Paroxa hablamos largo rato con Lourdes, que se queja de los robos que sufren sus dos estadales granadinos plantados de frambuesas

  • Por la tarde nos da tiempo de hacer una excursión al pantano de Portedemouros, cerca de Arzúa

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La soledad que ansiamos en las grandes ciudades está recubierta de un cristal de vidrio muy fino que se puede romper con cualquier ruido: el berreo de una moto, el chillerío de un colegio, el rugir de una taladradora… En cambio, a medida que nos alejamos de la ciudad y nos vamos adentrando en el Camino, la soledad va solidificándose, endureciéndose y al cabo allá, en la esquividad fragosa del bosque, llega a ser inexpugnable.

Como siempre, nos hemos levantado a las seis y a las siete nos hemos echado al Camino. Las nubes vuelven a cerrarse apagando las incipientes claridades que intenta abrir la mañana. Pero parece que no va a llover. Al menos esos dicen las previsiones en los teléfonos móviles. A Arzúa, ciudad del queso, hay solo 13,5 kilómetros. Pan comido. Por cierto, José Manuel pasa del pulpo, del queso de Arzúa, de los pimientos de padrón, de las empanadas, del lacón con grelos… A él lo que le tiene emocionado es el pan gallego.

Decidimos que la jornada sea lenta y provechosa. Sin prisas por llegar temprano

-Por mí estaría comiendo pan de éste todo el día -dice cada vez que nos ponen una cesta con el alimento en cuestión.

Decidimos que la jornada sea lenta y provechosa. Nada de prisas por llegar temprano al albergue para encontrar sitio. A Arzúa se puede llegar en menos de tres horas.

-Esta etapa es una mariconá -comenta Antonio.

A un kilómetro y medio de Melide está la iglesia de Santa María, un edificio del siglo XII que contiene un altar románico y unos extraordinarios murales góticos. Allí hay overbooking de peregrinos. Los hay de todas las razas, colores y nacionalidades. Dos exhiben banderas de Brasil y Colombia. También hay un grupo de japoneses. O de coreanos. O de vietnamitas. Aún no sé distinguirlos. Todos se echan fotos con la iglesia al fondo. Hay una chica rubia muy alta con unas piernas que le empiezan a donde a mí el cuello. Coincidimos que debe ser sueca por la manera que tiene de desentenderse de nosotros: ni siquiera nos mira. Y hay peregrinos y peregrinas con ropa de marca que más que al Camino parece que van a un pase de modelos. Alguien nos dice que si en la iglesia echas un donativo en el cepillo te pasas menos tiempo en el purgatorio, si es que acabas allí cuando haya reparto de destinos después del juicio final. Yo echo un euro por si acaso.

Una tortilla de cinco huevos

En A Paroxa, nos paramos a hablar con Lourdes, que tiene dos estadales granadinos plantados de frambuesas. Lourdes tiene un 'seiscientos' color de la frambuesa y se queja de los robos que sufre su campo cuando ella no está.

-Me tienen frita. No sé lo que voy a hacer ya -dice algo indignada.

Lourdes vende a un euro la cestita de frambuesas. Sus reniegos son gratis.

Subimos una larga cuesta (¡uf!) y llegamos a Castañeda. Leemos en Internet, en un blog de José Manuel Fanjul, que Castañeda es famosa porque existía la tradición medieval de recoger piedras calizas en Triacastella y dejarlas en los hornos de este lugar para la construcción de la Catedral de Santiago. Se trataba de un mérito más para obtener las indulgencias.

Cerca de Ribadiso Manolo hace su ya habitual comentario:

-En el primer bar que veamos paramos, que tengo el labio dormío.

Para tal propósito nos sirve un bar que precisamente se llama Manuel. Allí Manolo es como si estuviera en su casa y pide una tortilla grande de patatas y dos empanadas, una de atún y otra de bacalao. Con un par.

-No se van a arrepentir, esta es la mejor empanada del camino -dice la mesonera cuando nos sirve.

Cuando llega a la mesa la tortilla que ha pedido Manolo (en la foto que ilustra esta crónica podrán comprobar el tamaño de la misma) se nos abre la espita de la admiración.

-¡Qué barbaridad! -exclama Antonio Luis.

-Cuchá. Esto no es ná. Es de cinco huevos. Tocamos a huevo por barba -aclara Manolo.

--No, si al final así nos vamos a ir con más peso del que hemos venido -advierte Antonio Luis.

Engullidas la tortilla y las empanadas, retornamos al Camino, que ahora discurre por una campiña verde en donde pastan, además de las vacas, caballos de distinto pelaje. El mal tiempo ha decidido ya alejarse y dejarlo para otro día. A lo lejos distinguimos un cánido y hay quien dice que es un lobo, ya que por aquellas tierras abundan. De la expedición hay tres que creen que es un lobo y dos que opinamos que es un pastor alemán. Como no tenemos prismáticos para comprobarlo, gana la mayoría: es un lobo. Antonio aprovecha para contarnos historias de alobamientos en la Sierra de Cazorla, que él tanto conoce cuando ha ido en busca de fuentes. Nos dice que los lobos nunca matan, sino que las personas que huyen de ellos mueren de miedo, de frío o acaso de caídas cuando corren para no ser alcanzados por las fieras. Y nos cuenta una leyenda en la que a un hombre se le puso el pelo blanco y quedó sin habla después de haberse asustado de un lobo que lo perseguía.

Cuando llegamos a un lavadero público, el buscador de fuentes también nos habla de lo importante que eran antaño estos lugares donde iban las mujeres a lavar.

-Los lavaderos eran en ágora de las mujeres. Allí hablaban de todo -dice Antonio.

-Hoy sería el feisbuq del pueblo -comenta Antonio Luis.

Durante un corto periodo de tiempo andamos en paralelo al río Iso, que discurre limpio e impoluto por aquellos parajes. Cruzamos un puente de piedra de estampa de musgo y siglos, que diría Lorca, y enseguida entramos en Arzúa.

Pero antes de ir hacia el albergue nos paramos a beber agua en una fuente que, según Antonio, es de las más dignas que ha visto. Y nos cuenta la anécdota de aquel alpujarreño que un día, cuando fue a beber agua de una fuente, le dijo:

-El que bebe de esa agua, se muere.

Cuando Antonio desistió de beber, por si acaso, el alpujarreño se echó a reír y dijo:

-Y el que no bebe, también se muere. Aquí no se queda nadie.

Luego dio una carcajada.

Arzúa es un pueblo con algo más de seis mil habitantes y el único de España que tiene la estatua de una quesera. Allí está la cuna del queso con denominación de origen Arzúa-Ulloa, uno de los más representativos de Galicia.

También es un pueblo donde hay muchos negocios destinados a dar de comer al peregrino. En uno están haciendo una paella gigante que venderán en raciones a todo aquel que pase por allí y vea el magnífico resultado que queda tras mezclar diez kilos de arroz con dos conejos, dos pollos, un kilo de cebollas, otro de pimientos y dos kilos de calamares. El cocinero, que nos ve entusiasmados con el proceso, deja que nos echemos una foto con la paella.

Excursión a Portodemouros

Después de comer, Antonio propone una excursión.

-Hoy hemos andado poco. He leído que el pantano de Portodemouros está muy cerca de aquí.

Hay consenso y a las cinco de la tarde cogemos el coche para ir al pantano. Dejamos el auto en una explanada y nos ponemos a andar por un sendero en el que se mezclan los eucaliptos con los pinos. Aquel pantano, como tantos otros, también ahogó a varias aldeas. Por algunos lugares en donde el agua ha bajado de nivel vemos restos de casas con paredes semiderruidas y algún que otro dintel en pie. Por allí hay un letrero que dice que se va a una aldea y preguntamos a un lugareño cuánto se tarda en llegar a dicha aldea:

-Depende.

(Ya estamos). -¿De qué depende?-preguntamos a estilo Jarabe de Palo.

-Si van ustedes corriendo tardan diez minutos y si van andando el doble más o menos.

El lugareño resulta simpático y se sorprende de que hayamos dejado el Camino para ir a Portodemouros. Nos resulta útil como fuente informativa de cosas curiosas, como cuando nos dice que antes de construir aquel pantano en 1967 tuvieron que evacuar a los muertos de un cementerio y que en los años de sequía se puede ver la maquinaria de un aserradero que quedó también sepultado bajo las aguas. Nos pregunta de donde somos y nosotros le preguntamos a él de donde es. Estamos aprendiendo a contestar con otra pregunta.

-De Castro. De donde era Pepiño.

-¿Pepiño Blanco?

-No. Pepiño. El cerraguto que se fue con su novia al prado. Estaban metiéndose mano cuando la novia le dijo: 'Pepiño, quítate las gafas que me estás rozando los muslos y me haces daño'. A los cinco minutos vuelve a decir la novia: 'Pepiño, ponte las gafas que te estás comiendo la hierba'.

Y cuenta el chiste con ese deje gallego que tanto nos gusta. Muchos gallegos de las zonas rurales hablan con melodía incorporada, casi con desgana, como si quisieran decir que lo que dicen no les importa demasiado. Alguna vez, cuando sea mayor, me gustaría escribir como ellos hablan. Entonces seré un verdadero escritor. Eso pienso mientras nos reímos repitiendo el chiste de Pepiño.

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