La cara oculta del Darro

  • Una empresa turística ofrece la posibilidad de recorrer el embovedado del río y descubrir los restos arqueológicos que se esconden bajo las principales calles del centro de la ciudad

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Son pocos los granadinos que, al menos una vez en su vida, no se han preguntado qué misterios esconde el recorrido subterráneo del río Darro a su paso por el centro de la ciudad. De hecho, el embovedado, que comienza en Plaza Nueva y termina en Acera del Darro, ha sido siempre una fuente inacabable de leyendas urbanas desde que se acabara la primera fase de su construcción, en el siglo XVIII.

Tres siglos después, la conciencia colectiva podrá reconciliarse con la realidad de este mundo soterrado gracias a la iniciativa de Ocioaventura.com, una empresa que lleva diez años ofreciendo alternativas de ocio relacionadas con los deportes de riesgo y de aventura en la provincia de Granada.

"Llevábamos muchos años barajando la idea de ofertar un itinerario turístico que incluyera la bóveda del río Darro, pero ha sido en 2011 cuando nos hemos decidido a perfeccionar el producto y conseguir todos los permisos", aclara Ángel Ortega, el director gerente de la empresa.

La incursión en el mundo de la espeleología urbana parece que no ha sido una mala idea. En tan sólo una semana, la página web de Ocioaventura ha registrado más de 150 reservas para visitar el tramo soterrado del Darro. "Sabíamos que había mucha gente interesada en esta ruta, pero no imaginábamos que tuviera tanto éxito. Hemos hecho ya varias pruebas con grupos piloto y en tan solo unos días empezaremos con las primeras excursiones", revela.

La expedición comienza en las inmediaciones del edificio municipal del Rey Chico, donde todavía las aguas discurren al descubierto.

Lo primero que impresiona al visitante al llegar al cauce del río es la claridad de sus aguas y el agradable olor a menta y otras hierbas de ribera mediterránea. "El Darro es un río que, a pesar de la mala fama que tiene en Granada, fluye limpio hasta su desembocadura en el Genil, constituyendo un auténtico pulmón verde a lo largo de los 1.500 metros que distan desde este punto hasta Plaza Nueva", explica Ángel.

Sin embargo, no siempre fue así. Durante siglos, el "Da oro" (que es su nombre original) hizo las veces de cloaca para los habitantes de la ciudad. La degradación y, sobre todo, el insoportable hedor que emanaba del afluente del Genil, hizo que los gobernantes del siglo XVI vieran en él un peligro para la salud y decidieran soterrarlo.

Las obras se dividieron en varias fases. La última se culminó hace menos de 70 años. "Hoy en día, un proyecto así sería impensable teniendo en cuenta la normativa medioambiental", aclara el responsable de Ocioaventura.com, justo antes de entrar en la galería.

Una vez en el interior, la excursión continúa en un entorno donde predomina la oscuridad y el sonido intenso del agua. El techo, de unos 5 metros de alzada, es de ladrillo. De él cuelgan algunas estalactitas y unos cuantos murciélagos que esperan la llegada de la noche.

Tras unos cientos de metros, a la altura del Corral del Carbón, aparecen los primeros restos arqueológicos que merecen el interés del explorador. Se trata de unos vestigios cerámicos que en su día fueron el recipiente donde los curtidores y otros artesanos medievales teñían sus tejidos.

Más adelante, siguen apareciendo restos, pero esta vez en el techo. Son los relieves de los numerosos puentes que cruzaban el río y que fueron integrados en el embovedado, pese a la gran heterogeneidad de los materiales de construcción y a su diversa datación.

Después de una hora y media de caminata, la luz del sol irrumpe de repente colándose por unas grandes hendiduras en la parte superior del túnel. "Es el punto exacto donde hace ahora sesenta años se produjo el accidente conocido popularmente como 'el reventón'. El caudal del río no estaba controlado por un pantano, como ocurre actualmente, por lo que una avenida de agua hizo que todo saltase por los aires, incluido aceras y asfalto", señala el encargado de la visita guiada.

El lugar coincide en la superficie con la confluencia de las calles Reyes católicos y Recogidas. Al parecer, las rejas que conectan el pasaje subterráneo y el exterior tienen la finalidad de evitar que se repita un percance de este tipo.

Curso abajo, la bóveda se hace de hormigón y el recorrido deja de tener interés histórico. Es por ello por lo que se emprende el viaje de regreso a Plaza Nueva. No obstante, aún queda la última parada del trayecto: la acequia de Santo Spirito, a la altura de calle Elvira.

Ángel se introduce en el conducto hasta llevar al grupo a una oquedad, unos veinte metros hacia el interior. Una vez allí, el guía anima a los visitantes a que apaguen las luces y permanezcan en silencio por unos segundos. Es ahora cuando se revelan los secretos mejor guardados del inframundo granadino: la quietud, la oscuridad y el sonido lejano de una ciudad que vive ajena al fluir de sus ríos.

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