Cuando una cassata de Los Italianos hace de magdalena de Proust

HARRY me pide, por favor, que si vamos a recorrer Granada que lo hagamos a primera hora de la mañana, cuando el asfalto aún no se ha derretido o la voluntad de andar está en su máximo apogeo. Quedamos un día en que tengo que ir al médico a recoger unos análisis rutinarios. Lo de siempre, tengo por las nubes el colesterol y esta vez el médico me ha dicho que me tengo que hacer una prueba de tacto rectal porque el PSA lo tengo un pelín alto. Siempre que miro el PSA me acuerdo de una anécdota que me contó un día José Antonio Labordeta cuando íbamos rumbo a San Petersburgo. Me dijo que cuando fue una vez a recoger unos análisis, el médico, con cara circunspecta, le preguntó: ¿Sabe usted lo que es el PSA? El cantautor y político contestó con cierto orgullo: ¿Cómo no lo voy a saber si lo he creado yo? Labordeta se refería a que él había creado el Partido Socialista Aragonés. El médico le tuvo que explicar que el PSA es, en términos médicos, el indicativo que te dice cómo están los índices tumorales de la próstata. El cantautor murió a los dos años de cáncer de próstata.

Le pregunto a Harry si a él le han hecho alguna vez un tacto rectal.

-¿Qué ser eso?

-Que si te han metido el dedo por el culo para comprobar si tienes inflamada la próstata.

-¡Ah! En inglés decir 'digital rectal exam'. Sí, a mí hacer cinco veces.

-¿Y es desagradable?

-Primera vez, mucho. Luego acostumbrar uno. Casi gustar.

Harry me cuenta que a él también le sube de vez en cuando el PSA y cuando eso pasa acaba de pompa ante el urólogo para que le practique el 'digital rectal exam'. Y que ya no siente pudor. En fin, sería para estudiarlo.

Hablamos de eso mientras vamos hacia Puerta Real por los Alminares. Son las nueve de la mañana. Desde que ha finalizado el curso escolar las calles están menos bulliciosas. Hay quietud en la calle Poeta Manuel de Góngora. Un aprendiz de humano con casco ha potenciado el tubo de escape y perturbado la vida mañanera del barrio para imaginarse que va en una moto. En la calle hay varios pedigüeños: uno de raza negra, otro con un perro y un tercero que está sentado en la puerta de una sucursal del BBV y que porta un cartel en el que dice que se ve obligado a pedir porque un banco lo ha desahuciado.

Hoy ha dicho el hombre del tiempo que los termómetros se comportarán como todos los veranos. O sea, que hará calor. Se me ocurre de pronto llevar a Harry a uno de los establecimientos más típicos de Granada. Es uno de esos negocios que al cabo del tiempo forman parte de la intrahistoria de la ciudad.

-Harry… ¿te gustan los helados?

-Sí. Mucho.

-¿Te gustaría probar unos que tienen mucha fama?

-¿Ahora? Ser nueve y media de la mañana -dice mirando el reloj.

-Mejor. Así no tenemos que hacer cola. Además, ¿nunca has desayunado un helado?

-Vale, vale. Lo que tu decir.

En Reyes Católicos le explico a Harry que nos dirigimos a Los Italianos, un negocio que montó Paolo de Rocco, un heladero veneciano que trajo a Granada su familia y sus recetas. José Luis Entrala dice en su libro Los Granadísimos que Paolo vino recién comenzada la guerra civil, mal tiempo para abrir una heladería. Gastó casi todo el dinero que trajo de Italia para adecuar el local, que es el mismo después de casi 80 años. Pensó que para que la gente acudiera a su negocio a probar sus helados, lo mejor era contratar a las chicas más guapas de Granada. Y así fue como los helados del inmigrante italiano comenzaron a estar en boca de los granadinos. Ocho décadas después el negocio se ha ganado el respecto de consumidores y gastrónomos. Ahora lo llevan 'Rocco y sus hermanas' y es como una película de Visconti pero en versión dulce.

Originariamente la heladería se llamaba La Veneciana, pero todo Granada la conocía como la de Los Italianos. Era (y es) una empresa familiar que ha triunfado de tal manera que no hay famoso que venga a Granada que no se pase por la heladería de Rocco. Gran revuelo mediático se formó cuando la visitó Michelle Obama. Un periódico de tirada nacional la colocó entre las diez mejores heladerías de España, lo que hace que su fama esté ya muy extendida. Una cassata (uno de sus productos estrella) en Los Italianos es como una tortilla Sacromonte en Los Manueles de antaño, un vermú en el Castañeda, un mantecado del Pasteles o una maritoñi con un pulevín en cualquier bar que se precie de genuino: algo tan consustancial en el devenir gastronómico de la ciudad que hace sospechar al que no lo ha probado que no es de Graná.

Ya es la cuarta generación que regenta el negocio, que ha querido comprar varias franquicias relacionadas con el sector. Pero la familia Rocco siempre se ha negado a dejar la empresa en otras manos que no sean las suyas.

El local es pequeño y estrecho. Son cinco metros con salidas a dos calles, aunque la mayoría de los clientes entran por la Gran Vía. Pulcro, recoleto, elegante… Lámparas venecianas, espejos y carteles con la variedad de helados adornan techos y paredes. Por aquella barra metálica han pasado miles de clientes dispuestos a corroborar que una granizada de Los Italianos puede formar una legión de adeptos. En los vasos podría poner lemas como en las cajetillas de tabaco: "¡Cuidado! Este producto puede crear adición".

Cuando entramos hay muy pocos clientes. En la barra veo a una señora que se mueve por la barra como Juanillo por su casa. Le pregunto si es una Rocco y me dice que sí, que se llama Paola y que es la hija pequeña del fundador del negocio.

Paola es delgada e inquieta. Dulce en el habla y en sus gestos. Nos atiende con una sonrisa dibujada en su rostro. En un perfecto castellano, un poco contaminado con su idioma natal, nos dice que si queremos saber algo del negocio para sacarlo en el periódico mejor es que hablemos con su hermana Cecilia. Y aclara:

-Es que nosotros no necesitamos publicidad, ¿sabe? ¿Para qué? Ya todo el mundo nos conoce y sabe cómo hacemos los helados. A mí papá tampoco le gustaba hacer publicidad. Fíjese que ni ponemos fotografías de gente importante que pasa por aquí.

-Hace poco estuvo aquí Rajoy tomándose una cassata, ¿no? Fue portada en algunos periódicos -le digo.

-Sí. Yo no estaba. Pero me imagino que lo tratamos igual que a todos nuestros clientes: con amabilidad y cariño.

-¿Notar crisis en helados? -pregunta Harry.

Paola le dice que ellos no pueden quejarse, aunque notarse sí se nota, sobre todo porque si antes un cliente pedía tres litros de helado, ahora pide dos.

-¿Pero quién no tiene hoy un euro para un buen helado? -dice Paola sin dejar de moverse.

Ella no lo dice pero está escrito por los expertos en la materia que Los Italianos funcionan muy bien por cuatro detalles imprescindibles en tiempos de mucha competencia: la elaboración artesanal, la calidad de las materias primas, los sabores limpios y ajenos a las modas y la amabilidad y diligencia en la atención al público.

Le pregunto a Paola que nos recomiende un helado para un irlandés que quiere llevarse un buen recuerdo de Granada.

-Yo no puedo aconsejarles. Miren la pizarra mientras yo voy dentro a coger una cosa. Todos son muy buenos: pistacho, jerez, turrón, chocolate, stracciatella…

Cuando perdemos de pista a Paola, Harry me dice en voz baja.

-Preguntar si tener helado de viagra.

-Jo Harry, lo tuyo es obsesión.

-Yo no decir tonterías. Existir helado de viagra. Yo leer en un reportaje -dice Harry con cierto mosqueo.

Cuando regresa Paola y nos pregunta si nos hemos decidido, le pido dos cassatas.

-Estupendo. Buena elección -nos dice Paola.

Cuando salimos y Harry prueba la cassata, lo primero que piensa es que no hemos desperdiciado el día. Dice que está seguro que ese sabor se le ha incrustado en el disco duro de su memoria a modo de magdalena de Proust y que será raro que cada vez que venga a Granada no repita la experiencia.

-Ni helado de viagra ni pollas -digo yo cuando la emprendo con la cassata.

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