Con la comida no se juega

  • Creación. No corren buenos tiempos para foodies y blogueros. Los chefs se rebelan ante que sus platos sean fotografiados y, gracias a eso, plagiados en otros restaurantes

LEO con sorpresa que lo que parecía una posibilidad remota ya es una realidad, al menos en Alemania: el Tribunal Federal de Justicia de este país ha ampliado la protección de derechos de autor a las creaciones culinarias de los chefs más reputados, al asimilarlas a obras de arte. Por ello, fotografiar un plato de comida y difundirlo en redes sociales puede convertirse en una infracción contra la propiedad intelectual. Ya había chefs que habían prohibido fotografiar sus platos, como Heston Blumenthal (The Fat Duck, Reino Unido, 3 estrellas Michelin) o David Muñoz (Diverxo, Madrid, 3 estrellas Michelin), por citar solo a dos. El inglés dice que se molesta al resto de la clientela y al servicio cuando la gente se levanta para encontrar un enfoque; mientras que el español no quiere que aparezcan en las redes sociales fotografías de dudosa calidad que no hacen justicia a sus creaciones. Los más creen que es simplemente una forma de protegerse contra el plagio, es decir, que esas creaciones sean copiadas por otros restaurantes. Pero entonces me pregunto: ¿por qué esos mismos chefs recorren el mundo impartiendo clases magistrales y demostraciones culinarias enseñando las nuevas técnicas que ellos han ideado? Y además, los cocineros siempre se han inspirado y han aprendido unos de otros y trabajado, muchas veces, codo a codo en la misma cocina: como ejemplo, por la cocina de Juan Mari Arzak han pasado muchísimos de los chefs actuales con estrella. ¿No se "llevaron" nada de esa cocina?

Lo novedoso de la sentencia germana es que ninguna ley de propiedad intelectual tiene en cuenta las creaciones gastronómicas. Tampoco existe ningún rastro del arte culinario en la Directiva 2001/29/CE, relativa a los derechos de autor de la Unión Europea. Este fallo podría sentar un precedente a nivel comunitario. La razón que esgrime el Tribunal para conceder la cobertura del derecho de autor a ciertas creaciones culinarias es que "cuenten con un importante nivel de diseño, que puedan ser entendidas como obras de arte, por las que su autor, el chef, se convertiría en propietario de estos derechos", un razonamiento subjetivo que parece estar únicamente dirigido a la "cocina de autor" y no para el resto de preparaciones de locales más humildes. Además, ya que las estrellas otorgadas por la Guía Michelin varían cada año, si un chef cuenta con una estrella y la pierde un año más tarde, ¿esto provocaría que un plato pasase de estar cubierto por el derecho de propiedad intelectual a no estarlo?

Este tipo de cobertura legal podría extenderse a toda la Unión Europea, aunque dependerá de si los chefs de un estado miembro denuncian este tipo de situaciones y los tribunales deciden ir por ese camino. Aunque también es posible que las sentencias centradas en los derechos de autor de las creaciones culinarias no serán genéricas y vayan caso a caso. De todas formas, los fallos deberán ser muy específicos y marcar claramente los requisitos para ser obras cubiertas por la propiedad intelectual.

Pero si creemos que esta cuestión es nueva, nos equivocamos. Ya en 1986, Arturo Pardos Batiste y su esposa Stéphane, propietarios entonces de un restaurante en la Plaza de Chueca en Madrid, La Gastroteca de Stéphane y Arturo, decidieron abonar los correspondientes Derechos de Autor Culinarios (DAC) a siete grandes cocineros franceses tri-estrellados. «Consideremos la cocina como una de las bellas artes y comprometámonos a abonar derechos de autor a los maestros de la gastronomía que nos han inspirado», declaraban. Toman esta decisión a raíz de leer en la prensa francesa "que unos muy conspicuos chefs galos protestaban por lo que ellos consideraban un abuso intolerable: sus colegas japoneses les copiaban los platos más afamados, con la desfachatez añadida de no citarlos como autores de los mismos. Los chefs galos se preguntaban, irritados, si no era ya hora de que los plagiarios les abonaran los correspondientes Derechos de Autor por las recetas y las presentaciones tan impune y descaradamente fusiladas". Por ello, Pardos puso en marcha una estrategia que consistió primero en reconocer ante aquellos grandes chefs franceses "que nosotros, humildes e ignorados gastrotequeros en una placita de Madrid, les 'copiábamos' sus obras. Afirmar Stéphane y yo que 'copiar en cocina' no era honesto y confesar públicamente la vileza de nuestra tan reprobable actitud: pedir, entonces, perdón; Abonar los correspondientes Derechos de Autor Culinarios, los DAC, e incluir los DAC en Le Copyright des Fourneaux, El Copyright de los Fogones", declara Pardos Batiste. A partir de ahí fijaron los royalties en el 1,25% del precio en su carta del plato (supuestamente) copiado, multiplicado por el número de platos vendidos durante el mes en curso y enviaban mensualmente por giro postal a los chefs la cantidad resultante debida.

Pero la cosa no quedó ahí: también establecieron el copyright de los platos de su propia creación, y con el paso del tiempo, registraron varios de ellos. Y para rematar, en 1988, al alimón con José María Rodríguez Oliver, letrado del Consejo de Estado y catedrático de Derecho Administrativo, sentaron las bases del 'Derecho Gastrónico' al redactar un Contrato de Oro para acceder a comer el Cocido de Stéphane, protegiendo y garantizando con este procedimiento legal sus derechos de creación.

La reacción de grandes chefs como Michel Gérard, Pierre Troisgros, Roger Berger, Alain Senderens, Jacques Maximin, André Daguin o Paul Bocusse fue contestar con simpáticas cartas rechazando estos royalties que llegaban desde La Gastroteca madrileña. Según Arturo Pardos, "la conclusión era inquietante: los chefs triestrellados franceses a quienes habíamos abonado los DAC ni reconocían ni, por supuesto, defendían la originalidad de sus recetas. ¿Copiaban ellos también? Y si copiaban, ¿por qué les molestaba que les copiaran a ellos? ¿Eran, acaso, sus platos auténticamente originales? ¿Existen platos 'nuevos'? ¿Se puede seguir paso a paso la génesis de un plato nuevo?"

¿Están los chefs endiosados por esta moda de la alta cocina que los ha convertido en estrellas de televisión? ¿Un plato que yo pago no es mío y, por lo tanto, puedo hacer lo que me venga en gana? ¿No es un homenaje a esos chefs que los clientes lo cuelguen en redes sociales? En fin, no sé si legislar por este vía tiene mucho sentido. Si un chef no desea que fotografíen sus platos, solo ha de aplicar el 'derecho de admisión': estás en mi casa y, o cumples mis reglas, o te vas. Y si a mí no me gustan tus reglas, no voy. En todo caso, algunos tendrían que mirarse el exceso de ego.

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