Mi escapada romántica en el reino marroquí

  • La periodista de Granada Hoy retenida en Marruecos regresa a España

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Soy una turista más, sentada en uno de los bancos de la zona de embarque del aeropuerto de Marraquech. Escribo junto a una columna con el móvil cargándose, tengo la maleta junto a mí y cierto aire de acabar de saborear la vida de esta, dicen, hermosa ciudad. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Hace seis horas que pisé suelo marroquí con mi marido dispuestos a pasar cuatro días románticos… en un vuelo directo de Ryanair Sevilla - Marraquech. Cuando llegó el turno de sellar mi pasaporte, un guardia, sin mediar palabra, se fue con mi documento y el visado a un despacho que había enfrente para dar el aviso: una periodista española quiere entrar en el país. Mi marido había pasado el control justo delante de mí y me esperaba en una sala contigua camino de la salida. Tras unos segundos de incertidumbre se acercó un hombre vestido de civil y me pidió en francés que le acompañase a su despacho. Junto a dos cajas enormes de pistolas de caza, abiertas sobre la mesa, el que parecía el jefe me indicó con un ademán que me sentara. Trataba de hablar con alguien por un móvil, un walkie-talkie y sucesivamente por uno de los tres teléfonos fijos que reposan junto a él y que no paraban de sonar. Por el minúsculo despacho entraban y salían jóvenes vestidos de civil, recién sacados de un banquete nupcial, que atendían sus mandatos (en árabe) como si estuviera a punto de llegar el mismísimo Mohamed VI. Vaciaban papeleras, quitaban de en medio papeles y trataban de poner orden a la habitación.

Lo primero que me pidió fue que escribiera en un papel el nombre del medio de comunicación para el que trabajo y se lo transmitió a un anónimo. "No entrar en Marruecos", dijo. Me sacaron del despacho y me sentaron en una silla a esperar frente a los controles de pasaporte. Ya no quedaba ningún pasajero de los que habían venido con nosotros en el avión y no veía por ninguna parte a Guille (mi marido). Lo llamé al móvil para decirle lo que ocurría. Él había tratado en vano de volver a entrar a la zona de control pero la policía se lo impidió. Me asomé al despacho para pedir (en inglés) que me dejaran ver a "my husband" pero no me entendían, ellos hablaban en francés o árabe y yo sólo sé inglés o español. Una hora después apareció un joven, el único que dominaba el inglés en el todo el aeropuerto y me explicó que no podía entrar en el país por ser periodista y que iban a mandarme de vuelta a España. El primer vuelo estaba previsto para las ocho de la tarde a Girona. "¿Y mi marido? ¿puedo verlo antes?". Le revelé que yo tenía en mi poder todos los documentos del hotel y del vuelo de vuelta, la guía y el plano de la ciudad. No es posible, me contestaron. Entonces supe que era el momento de avisar a mi familia para que mediaran con la Embajada de España. Ya estaban en ello. Mi marido les había llamado y hasta el Grupo Joly trataba ya de informar al Ministerio de Exteriores de lo ocurrido.

Mi primer cometido pasó a ser convencer a alguno de los hombres que entraban y salían del despacho, epicentro de las operaciones de la Policía del aeropuerto, que me hiciera de mensajero.

Una llamada del Consulado me preguntó cuál era mi situación y se la resumí. "Pero no entiendo -dijo una voz masculina- por qué te mandan a España". Porque soy periodista. "¡Ah! Ya veo", dijo. Eso fue todo. Le rogué que mediara para que mi marido pudiera estar conmigo y me dijo que lo intentaría. Una hora más tarde un hombre me pidió los documentos para dárselos a Guille y se fue. Él pasaría la noche en el hotel Dellarosa, un lugar con encanto y spa donde nos prometíamos un romántico fin de semana.

El vuelo hacia Girona que debía salir a las ocho de la tarde se retrasó a las 21:30. Las noticias que me llegaban desde España no eran precisamente buenas. Según me informó mi familia, el Gobierno trataba de mediar en una crisis con los controladores de vuelo que habían paralizado las comunicaciones aéreas del país y, a juzgar por los prévu y annule que surgían en los paneles, también parte de las europeas. El aeropuerto estaba repleto de turistas y de nacionales inquietos por salir de allí y en varias ocasiones se subió el tono de las descalificaciones y tuvo que intervenir la Policía. Nadie hablaba en inglés, los vestigios del protectorado francés siguen ejerciendo su hegemonía con la supremacía turística gala. Menos mal que se puede pagar en euros porque no llegué a cambiar un solo dirham.

Llevo ocho horas ya aquí, no puedo salir, pero tampoco entrar, sólo puedo comer, pasear y hablar por el móvil. Pegada a las columnas de este inmenso mercado de tránsito donde recargar el móvil trato de leer, Historias de Londres de Enric González, un libro que me devuelve a Europa. Tengo la sensación de que con estos retrasos y el caos que reina en este lugar van a olvidarse de mí. Busco a los policías que saben de mi existencia, pero no hay rastro de ellos. Cuando al fin sale en pantalla la puerta asignada para Girona, me lanzo al mostrador con la maleta. Decido que, ya que soy persona 'non grata' en Marruecos no tengo por qué guardar cola y me presento ante el primer azafato y le digo que soy periodista, que vuelo a Girona pero que no tengo ni pasaporte ni tarjeta de embarque. "Sin pasaporte no vuelas", me dice. Le informo que la Policía me lo ha quitado. "¿Eres la periodista de Sevilla?". Esa soy yo, le respondo. Llega otro hombre de gris y me pide que le acompañe. Eludo al grupo y entro con él y con los pasajeros de primera en el bus que nos acerca a ese hermoso avión amarillo de Ryanair. El hombre de gris me acompaña hasta la escalera y me da el pasaporte y una pequeña tarjeta con anotaciones que sirven de pase para el vuelo. Cuando entro, respiro aliviada. Sin embargo, las noticias de España siguen sin ser buenas. Tras dos horas de espera, nos mandan de nuevo al autobús y para la terminal otra vez.

Hay muchos policías junto a uno de los accesos pero la masa de gente me empuja hacia otro punto. Llevo el pasaporte encima. Caigo en la cuenta de que podría intentar de nuevo salir, poner en la tarjeta que soy ama de casa o administrativa, como dice mi jefe que hacen muchos periodistas cuando entran en Marruecos, y llegar al hotel donde me espera Guille. Pero recapacito, esto no es Europa, aquí no puedes andarte con tonterías. En cualquier momento pueden teclear mi apellido en internet y la biblioteca de Alejandría escupe todo mi trabajo. Los que trabajamos en la prensa escrita tenemos esas cadenas: todo se refleja en la red y perdura allá donde vayas, pase el tiempo que pase. Decido volver a hacer de estrella y le doy el aviso a otro guardia despistado. Al momento, el grupo de secretas se dispersa de la puerta. Está claro que me buscaban.

Me vuelven a aparcar junto al lugar donde comenzó todo, frente a la docena de puertas de control de pasaportes, con un frío… Veo cómo centenares de turistas pasan el control sin problemas. Se marchan todos a pasar la noche. Hasta mañana a las diez no sale el vuelo a Girona así que hay que buscar un sitio donde dormir. Junto al despacho de la Policía me impaciento. "Necesito un sitio donde dormir", les insisto. "Espere ahí", dicen, pero ya es medianoche y no puedo más. Entro en el despacho, el rostro de quien está al frente es otro.

Me acompañan tres jóvenes policías, hombres de gris que me miran de arriba abajo, me repasan, se ríen entre ellos, no entiendo lo que dicen y creo que es mejor así. Insisto que necesito una cama donde dormir. Me planto ante ellos. Mi firmeza no le ha gustado al más joven y desafiante me espeta que espere fuera. Doy tres pasos atrás y les doy la espalda en su misma puerta. Paso 20 minutos helada, indignada, desesperada. Finalmente, una policía, la primera mujer, me pide que le acompañe. Llave en mano accedemos a unas dependencias aisladas.

Me deja en una minúscula sala con una mesa de plástico blanca y un par de sillas cojas. Es todo lo que alcanza mi vista. De esta salita nacen tres habitáculos, zulos de 2x2 con dos camastros en el suelo, sin sábanas ni mantas y un par de sillas. El olor a pie, a humedad y a suciedad es nauseabundo. Unas sandalias de mujer y otras de hombres marcan el paso humano por este lugar. Me asomo a las otras dependencias, pero los camastros están aún peor, más sucios y el hedor es más fuerte. No hay ventanas, el aire está viciado y me planteo salir de allí y deambular toda la noche por la zona de embarque. Pero la puerta la han cerrado. Está claro que el aeropuerto de Marraquech no está preparado para casos como el mío. No he cometido ningún delito, así que no deberían tratarme como una delincuente, pero no saben qué hacer. Abro mi maleta y cuando veo la ropa que traía para pasar mis cuatro días románticos se me cae el alma a los pies. Guille se vino abajo cuando llegó al hotel y vio la cama decorada con pétalos de rosas para nuestro nido de amor.

Extiendo sobre el camastro un pañuelo rojo que llevaba para cubrir mi cabeza para entrar en los templos. Con gran repugnancia me tumbo sobre él y me cubro con una rebeca. Como no puedo soportar el olor ni la suciedad del suelo que estoy viendo me tapo la cabeza. Una llamada más de Guille y los dos rompemos, al fin, a llorar.

Me despierto a las 06:30, cojo mis cosas y llamo a la puerta. Una limpiadora da el aviso y me abre otro policía que me coloca de nuevo en la zona de embarque. La situación en España es caótica así que debía prepararme para pasar otro día y quién sabe si la noche también en el aeropuerto. Trato de abrir un camino para asegurar una noche más digna de la que he pasado. Localizo a uno de los policías que sabe algo de inglés y le pido que me diga cómo está mi situación. "All the flights are cancelled", me responde. ¿Y qué pasa conmigo? Tanto le insisto que vuelve a bajarme junto al despacho de policía, por el camino otros agentes se cruzan con él, lo cabrean, le hacen unos encargos que no entiendo y me vuelve a aparcar de nuevo. Dos alemanes vestidos iguales, preparados para un safari, leen manuales de fotografía sentados frente al despacho. Las negociaciones con el jefe de policía las mantienen tres mujeres salidas de una revista de moda. Media hora después un gendarme le hace entrega de un papel a uno de ellos y le asegura que todo está arreglado. A una de ellas le lleva las maletas a una de las salidas. Vuelvo a quedarme sola. Hombres de gris entran y salen del despacho, me miran pero siguen de largo. Hablo con mi hermano, me dice que los vuelos podrían reanudarse esta noche, pero todo apunta que hasta mañana no podré irme. Otra noche aquí no, por favor. Estallo, le grito al gendarme en inglés. Al final, le pido que me devuelva a la zona de embarque para perderme entre los turistas.

Las únicas tiendas que hay en el aeropuerto son de duty free, de marroquinería y de comida rápida. Venía con ganas de llevarme unos regalos para mis hijos, unas zapatillas de fantasía y cuero, un pañuelo para mi madre y té para mi padre… Ahora anclada en la mesa de uno de los servicios Medas, contemplo el escaparate de productos típicos del país y me producen rechazo. Mi hermano trata en vano de hablar por el móvil con uno de los gendarmes en francés. Le pide que me envíen en el primer vuelo que consiga salir para España. Están empeñados en buscarme el siguiente enlace con Girona y a mí no se me ha perdido nada allí. Ha estado apunto de salir uno para Alicante y ni siquiera han hecho el amago de meterme en el avión. Puede que supieran que no iba a salir, pero ¿y si es producto de la desorganización? Estoy en el sitio más visible de la zona de embarque para que no se olviden de mí y de vez en cuando les pregunto, pero no quiero insistir porque si no me envían de nuevo al calabozo.

Me voy a comer un bocadillo vegetal. Una pareja de franceses celebra con champán que se han quedado sin vuelo hasta mañana, rellenan el visado para pasar la noche en un hotel en la ciudad. Me gustaría estar en su lugar o a lo sumo irme con ellos. En 24 horas he recibido más de 70 llamadas: FAPE, el periódico, familia, amigos, Guille… esto es kafkiano, él en el hotel y yo escribiendo en el envoltorio de un bocadillo. El siguiente formato será un trozo de papel higiénico.

A las 18:15 me ha llamado el embajador de España en Marruecos. Dice que Rubalcaba le dio ayer el aviso sobre mi situación tras una llamada del Grupo Joly, que está intentado mediar por mí pero que no me puede mandar para España. "El primer vuelo no saldrá hasta el lunes"… ¿el lunes? ¿y qué pasa con el domingo? ¿y por qué no dejan entrar a Guille conmigo? ¿y por qué no puedo dormir en un hotel? Lavarme, quitarme este frío, dormir…

Sentada sobre mi maleta con el bolso entre las piernas y el móvil en la mano, cabeza gacha y los ojos cerrados frente a un panel en el único sitio del aeropuerto donde no hay salidas de aire, un hombre aparece de la nada y me pregunta: "¿do you want to go to Gerone?". Creí que había salido de una página equivocada. Por supuesto que quiero ir a 'Gerone'. Me levanté sin dar crédito, ¿no estaban todos los vuelos cancelados hasta mañana? Eché a andar tras él, sorteando turistas hasta un lateral de la terminal. Di el aviso a mi familia: me mandan para España.

Junto a una puerta de embarque sin señalizar esperaban un matrimonio con dos niños pequeños, cuyo progenitor era saludado efusivamente por todos los empleados del aeropuerto; un par de hombres escoltados por la Policía y un turista francés que soltaba dinero a diestro y siniestro dando las gracias por estar en la fila de los privilegiados. El hombre de gris que me acompaña se impacienta con la azafata, le mete prisa y nos mandan a los ocho para la pista de aterrizaje. Un autobús nos planta ante un avión de Ryanair que está a punto de cerrar sus puertas. El azafato se sorprende al vernos llegar y hace negativas con la cabeza a nuestros escoltas. Insisten en que nos tienen que dejar subir. Sale el piloto y vuelve a decir que no. Comienza la negociación. Finalmente acceden. Cuando entro en el avión veo 300 asientos vacíos. Efectivamente, ese vuelo no existe. Es la vuelta de una tripulación de un vuelo cancelado el día anterior al que se les han colado ocho polizontes por la cara. El hombre de gris me acompaña hasta la puerta del avión y me devuelve mi pasaporte. Me acomodo en uno de los asientos, llamo a Guille y le digo que me mandan ya para España… Se apagan las luces, el avión corre por la pista y despega. En mi cabeza han dejado de sonar los tonos de mi móvil (145 llamadas en dos días) y la tradicional música árabe que me ha perseguido durante 32 horas por el aeropuerto de Marraquech. Ahora sólo viene a mi mente el Fly me to the moon de Frank Sinatra.

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