"El legado de Lorca por fin estará donde tiene que estar: en Granada"

  • 'Lo que en nosotros vive' es el ejercicio de memoria de un autor cuyo mundo se quebró con los asesinatos de su padre y su tío. Ahora, con esta publicación, completa el puzzle de una vida apasionante y singular

Políticamente incorrecto, entrañable e irónico. Lo que en nosotros vive (Tusquets) son las memorias de un niño cuyo mundo se quebró con los asesinatos de su padre, alcalde de Granada en 1936, y de su tío, el poeta Federico García Lorca. También es la historia de un joven norteamericano aficionado al béisbol, al jazz y a fumar Chester. Y el relato de un hombre ya adulto que al regresar a España lucha contra la dictadura y forma parte de la vida política hasta acabar en la cárcel para exiliarse después a Alemania. Los tres son uno: Manuel Fernández-Montesinos (Granada, 1932). Su biografía ve la luz en plena polémica por el proceso emprendido para abrir la fosa de Lorca, de la que no quiere hablar.

-¿Cómo está viviendo estos momentos?

-Con cierto resquemor. Pero yo supongo que las cosas se encauzarán y que no habrá problemas. Y hasta ahí voy a hablar del tema...

-En su libro de memorias, que acaba de salir a la luz, se describe como una "flecha sin blanco" y recuerda haber estado "perdido a campo abierto". ¿Es un modo de encontrarse?

-Yo he estado viviendo mi vida como si fueran los retazos de cosas inacabadas. Las teselas de un mosaico, de un puzzle que ahora he completado y gracias a ello, me he relajado. Se acabó el misterio de con qué carta quedarme. Aquí están. Ahora me siento satisfecho y, a pesar de todo, feliz.

-Pero usted nunca tuvo intención de contar su historia. Su círculo más íntimo logró convencerle...

-Me insistieron mucho, aunque sólo por una cuestión política: querían que narrara los sucesos de 1956 en la Universidad, mi encarcelamiento y demás peripecias. En octubre de 2005 empecé con esta parte, pero cuando, dos meses después dejé la presidencia de la Fundación Lorca, fui ampliando los contenidos con la intención de dar a conocer a las personas que me han rodeado, nunca a mí mismo.

-"No quiero volver a ver este jodido país en mi vida". Con estas palabras arranca el libro. La frase fue pronunciada por su abuelo en 1940 al zarpar en el barco del exilio hacia Nueva York. Cuenta que su mundo se quebró entonces, cuando escuchó aquello a los ocho años.

-Esa frase me ha acompañado toda la vida. Recuerdo aquel viaje que viví como un niño inquisitivo que tenía los ojos muy abiertos, intentando explicarme las cosas que no me explicaban. ¿Por qué aquel viaje tan largo? ¡Tardamos más de veinte días en llegar a Estados Unidos! Y las peripecias de los dos barcos de guerra que nos pararon. Lo recuerdo inquietante, con desasosiego, pero, por otro lado, sabedor de que íbamos buscando la tranquilidad.

-¿Sentía ya la ausencia de su padre y tu tío?

-Sí, yo sabía que faltaban dos personas que habían sido parte importante de mis primeros cuatro años. Fueron desvaneciéndose poco a poco y yo no tengo recuerdos físicos de ninguno de ellos. Pero sí sabía que habían estado ahí.

-La tristeza quedó muy patente en la llegada a Nueva York.

-La primera sensación que me queda de aquello es el recuerdo de los lloros. Mi tía Isabel, en sus Memorias, recuerda que al abrazarse con mi madre se echó a llorar. Entonces, mi madre le dijo: que lloren ellos, nosotros no tenemos por qué llorar.

-Pero, ¿era consciente de la guerra antes, cuando estaba en Granada?

-Sí, ya no se podía cantar el Himno de Riego, jugar a los soldados o pintar banderas republicanas... En los Estados Unidos siempre tuve una bandera republicana en mi habitación que, por cierto, allí se quedó.

-En 1942, ya instalado allí, cuenta un pasaje tremendo, cuando la profesora de 'Composition' pidió a los alumnos que escribieran en inglés algo que les hubiera impresionado. ¿Cómo recuerda aquello?

-Relaté una escena protagonizada por Dolores la Colorina, que ocurrió en casa poco antes de acabar la guerra. Llegó a la cocina, en Granada, una mañana de finales de marzo. Venía de recoger un par de zapatos que tenía mi madre en el zapatero. Corría, lloraba, daba gritos. Llevaba los zapatos en la mano y, para enjugarse las lágrimas, se subió las manos a la cabeza, sin soltarlos, mientras gritaba que Madrid había caído. Yo no sabía muy bien lo que decía, pero vi la que se montó. Aquello se me quedó grabado y resurgió. Pero no pude acabar de escribirlo. Me pareció tan vergonzoso confesar aquella derrota...

-Tras estar once años al amparo de Fernando de los Ríos regresó a España, donde formó parte de la disidencia estudiantil. ¿Cómo fue su paso por la cárcel?

-He apartado la parte más incómoda para quedarme con la más festiva y jocosa. Hombre, los primeros momentos fueron durísimos, no sólo por lo que me pasaba a mí, sino porque pensaba cómo lo habrían pasado mis familiares.

-En Alemania, donde se exilió, se afilió a UGT. Y en las elecciones democráticas de 1977 encabezó la lista del PSOE por Granada. Pero un año después dejó la política. ¿Se desencantó o abandonó aquello hastiado?

-La política de oposición en tiempos de dictadura tiene unos alicientes que pierde al convertirse en algo posesional. Mi participación política iba unida a una parte romántica que es lo que en la vida siempre me ha gustado. Después perdió parte del aliciente y yo tenía otra posible salida que tomé.

-Cuenta en su libro los difíciles comienzos de la Fundación Lorca. ¿Ha sabido Granada reconocer la verdadera dimensión del poeta?

-Sólo diré que hay una plaza a Luis Rosales, no digo más que eso. Pero lo de mi tío es una cosa que se lleva dentro. ¡Todo el mundo le llama Federico! Creo que la importancia está en que la gente lo conozca, lo admire y lo sienta tan cerca, aunque haya leído poco de él. Se ha convertido en una cosa que está en el ambiente y en Tel Aviv, Varsovia o Atenas, por donde he viajado, hay grupos que sienten gran emoción por su obra. Los inicios de la Fundación no fueron fáciles... Una 'ilustra' -ahora se dice así- concejal me dijo que para la Fundación no había ni un duro.

-Entonces la Residencia sí dio un paso al frente.

-Y ahí sigue. No de la forma que nosotros hubiéramos querido, pero allí está todo guardado. Hay un Centro de Estudios Lorquianos y se publica el boletín que iniciamos en 1984.

-Han pasado más de dos décadas, pero ahora se está haciendo realidad la construcción del Centro Lorca.

-Desde el primer momento hemos querido que la sede de la Fundación esté en Granada. La primera fue la Huerta de San Vicente y ahora por fin lo hemos conseguido. En todo esto hay cierto fetichismo porque, por poner un ejemplo, el manuscrito de Bernarda Alba estará custodiado y protegido de todo peligro. Pero el legado físico de los papeles, manuscritos, dibujos, libros e incluso la ropa que se conserva estará donde siempre tenía que haber estado.

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