El limosnero de las tres Avemarías

  • Fray Leopoldo recorría Granada pidiendo para los pobres y calmando a quien le contaba sus inquietudes

Lo que más llama la atención del caso de Fray Leopoldo es que muchos granadinos todavía recuerdan que lo conocieron en vida. Lo veían por las calles pedir limosna, con sus sandalias, su barba blanca, el cíngulo de su hábito... Un recuerdo que llena el anecdotario personal de quienes pueden decir que conocieron a un beato.

La vida del fraile está llena de anécdotas y lo más conocido es que nació en Alpandeire, un pequeño pueblo de la serranía de Ronda, nombre que luego utilizó tras su ingreso en los capuchinos.

Su verdadero nombre era Francisco Tomás Márquez Sánchez y nació el 24 de julio de 1864 en el seno de una familia humilde del campo. Su vocación no fue temprana (decidió abrazar la vida religiosa al ver la experiencia de beatificación de Diego José de Cádiz) y no tomó el hábito capuchino hasta 1899 (a los 35 años) en el convento de Sevilla, cambiando su nombre por el de Leopoldo. Desde ahí comenzó un periplo que fue forjando la personalidad del fraile, que se dedicaba a la huerta y a la limosna.

Su llegada a Granada fue el 21 de febrero de 1914, donde seguía realizando las labores de hortelano en el convento, además de sacristán y limosnero. Y esta última función es la que lo ha hecho popular. Se recorría todo el centro de la ciudad entrando en comercios y casas pidiendo para los pobres. Cada uno le daba lo que podía y además aprovechaban para hablar y contar sus inquietudes a este hombre, al que ya se le veía algo especial. Era tradición tocarle el cíngulo que llevaba o la cruz de su rosario. Por la calle solían decir, "¡mira, por ahí viene Fray Leopoldo!". Además, se ganó el sobrenombre del limosnero de las tres Avemarías porque siempre le recomendaba a la gente que le contaba alguna inquietud rezar tres Avemarías.

El principio del fin llegó cuando a sus 89 años se cayó en la Plaza de los Lobos y se partió el fémur. Desde ese momento su salud fue muy precaria, se le descubrieron dolencias que aguantaba en silencio (como una hernia, hemorroides o grandes grietas en los pies). De hecho, es conocido cómo se mortificaba andando con sus sandalias hiciera frío o calor y cosiendo sus grietas de los pies o rellenándolas con cera líquida.

El 9 de febrero de 1956 falleció a los 92 años. La noticia corrió como la pólvora y se acercaron al velatorio cientos de granadinos. Pero no quedó ahí. En principio fue enterrado en el cementerio de San José y por la cantidad de visitas que recibía se decidió por seguridad trasladarlo a la iglesia de los capuchinos. Desde entonces, cada día 9, y en especial en febrero, su tumba no deja de recibir visitas.

Tras su muerte comenzaron a conocerse historias personales de favores o casualidades relacionadas con Fray Leopoldo, muchas de ellas recogidas en el libro Las florecillas de Fray Leopoldo, de Fray Mariano Ibáñez.

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