Mi mamá va al cole

  • En el acto de graduación de educación de adultos encontré un profesorado entregado y un puñado de alumnos que demostraban la misma ilusión que un niño a final de curso

HACE unas semanas me invitaron a la graduación de todos los alumnos que han conseguido en Granada el título en la Educación Secundaria Obligatoria para adultos. El acto de entrega de notas se realizó en el instituto Hermenegildo Lanz y lo que me encontré cuando llegué fue un profesorado totalmente entregado y un buen puñado de adultos que demostraban los mismos nervios y la misma ilusión que un niño al final del curso. La imagen me despertó el interés al igual que la ternura, sobre todo, después de conocer el esfuerzo y la dificultad que para muchos de estos alumnos, ha supuesto asistir a clases y conseguir superar el año con éxito. Después de la entrega de notas, fuimos todos al salón de actos, con la promesa de escuchar el discurso que algunos alumnos habían preparado para compartir lo que esta experiencia había significado para ellos y cómo volver a estudiar había conseguido no solo ampliar sus conocimientos, sino también darles un nuevo sentido a sus vidas. El acto lo presidieron los directores de los diferentes centros de educación para adultos de Granada y el coordinador de educación para adultos de la delegación territorial de educación de Granada.

Tras las palabras de algunos de los directores, el acto se clausuró sin tener la oportunidad de escuchar ninguno de esos maravillosos discursos, aunque la casualidad quiso que un rato más tarde algunos alumnos nos leyeran esas conmovedoras palabras en la terraza de un bar cercano, y que hoy, por su especial sensibilidad y belleza me siento en la obligación de compartir con ustedes.

Siempre he pensado que no hay mayor satisfacción para una persona que la de ganarse la vida con su trabajo, que el esfuerzo no siempre compensa y que la suerte solo les llega a unos pocos afortunados. Estos años para mí, como para muchos de nosotros, han sido una carrera donde el tiempo jugaba en contra y la única meta era encontrar el trabajo suficiente para ganar lo suficiente dejando el tiempo suficiente, para disfrutar lo suficiente. Por suerte, una vez mas, la suerte no llegó y tuve que hacer algo con mi tiempo aunque sólo fuera para matarlo. Cuando me planteé qué opciones tenía, os puedo asegurar que hacer la Educación Secundaria para adultos nunca fue una de las primeras.

Que pereza plantearme volver a estudiar, coger los libros otra vez y perder un año entero sacando un título que tampoco me iba a sacar de ningún apuro. Qué iban a pensar mis hijos al verme estudiar lo que ellos ya sabían, o qué sentirían cuando tuvieran que escribir en alguna redacción que su madre iba todavía al colegio llevando la misma mochila que ellos llevaron unos años antes. A mi marido, cómo decirle que todavía tendría que tirar del carro unos meses más, y que incluso sacrificaríamos esos ratitos de intimidad que abrazamos con egoísmo al final de la tarde algunos días.

Pero finalmente eche la matrícula y me inscribí incluso antes de haber decidido asistir.

Llegué pensando que cada mañana de clases era una mañana que perdía la oportunidad de encontrar trabajo. Los días pasaban y poco a poco la desidia comenzó a darle paso al interés, la angustia a la motivación y cada clase se convertía en un nuevo reto y una razón más para crecer. En poco tiempo conseguí, junto a mis compañeros, sentirme una más y darme cuenta de que, detrás de cada nombre, existe una historia que dignifica aún más el esfuerzo que para muchos de nosotros supone asistir a clase todos los días.

De mis profesores no solo aprendí tecnología, inglés, lengua o sociales, sino también que un mundo más limpio es posible y depende de nosotros, que el inglés no es solo un idioma para traducir canciones sino también una ventaja para casi todo, que la poesía no son palabras inconexas de alguien aburrido, sino el lenguaje que utiliza el alma para contar la realidad, y que la revolución francesa puede llegar al congreso acompañando a la gente en el 15M. Deciros que este año ha sido una aventura con la que no contaba y que, gracias a esto, alimenté la ambición de ser mejor, aprendí que algunas de las cosas que no necesitas resultan ser las más necesarias, que la mayor diversión de un hijo puede ser pasar la tarde estudiando con su madre, y que a su vez, el mayor orgullo de una madre puede ser preguntarle a su hija la respuesta que no tiene.

Aprendí que la mejor gratitud para tu pareja es el coraje de luchar por lo que uno quiere, y que la autoestima aumenta a medida que pasas las páginas de un libro de texto. También he comprobado que los miedos se diluyen cuando decides beberte la vida a sorbos, y que para llegar a ser grande tienes que empezar con algo pequeño y tener la constancia suficiente; que la paciencia es un valor al alza o que también se puede arar con tinta y papel la alegría de recoger lo que uno siembra. Ahora sé que es posible hacer los mejores amigos pasados los treinta, que las peores batallas se libran robándole horas al sueño o que el mayor enemigo puede ser uno mismo. Y aunque sigo siendo la misma, hoy soy muy diferente, ya no me conformo con lo suficiente para tener un suficiente, porque ahora el tiempo juega a mi favor en una carrera de fondo y sé, que la mayor satisfacción de una persona es trabajar para ganarse las ganas de vivir, que el esfuerzo, en sí, puede ser la mayor recompensa y que la suerte, aunque a veces se esconda, siempre espera a quien no deja de buscarla. Por todo ello, mi más sincero agradecimiento al centro C.E.PER Zaidín Fuentenueva y especialmente a su profesorado. Para todos los compañeros que están y a los que no se quedaron, os deseo mucho ánimo para seguir caminando, porque la meta depende de nosotros y algunas veces lo mejor, es elegir el camino más largo.

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