El juez mediático gana el primer pulso al prelado de la sonrisa fácil

  • El fallo, inesperado para muchos, pone la guinda a un juicio lleno de alicientes

Si un juicio reunía ingredientes como para movilizar a la opinión pública, fue el que comenzó el pasado 14 de noviembre. Fundamentalmente por ser la primera vez que un arzobispo se sentaba en un banquillo, pero también porque no se le atribuían faltas de poca monta, sino una continuada actitud obstruccionista y torticera encaminada a minar la moral y lesionar la salud mental de un subordinado, sacerdote por más señas, cuyo único pecado habría sido el estar vinculado a una entidad financiera, Cajasur, con la que su nuevo jefe estaba claramente enemistado. Intrigas, traiciones, sospechas... Quién lo diría de un hombre como Francisco Javier Martínez Fernández, que con su sonrisa fácil casi hasta convenció a los vecinos de Albuñol de que la decisión de dejarles sin su querido párroco Gabriel era la más correcta.

Era tentador ver cómo se iban a exponer en público, como las ropas íntimas en los tendederos, detalles escabrosos sobre el funcionamiento interno de una institución, la Iglesia, que sigue siendo más opaca de lo deseable. Pero había más. Por ejemplo, el desfile de deanes, vicarios y demás dirigentes que dejaron bien sentada su adhesión al acusado.

Si algo quedó meridianamente claro es que tienen en una altísima estima el voto de obediencia que hicieron en su día. Tanto como para incurrir en contradicciones, culparse de cosas de las que difícilmente podrían tener responsabilidad y, por supuesto, reprocharle a esa suerte de oveja descarriada que tenían enfrente que se hubiera salido del camino. "Le dije que tenía una oportunidad de oro para dejar el tema correr, que tenía voto de obediencia, que lo respetara y que siguiera adelante. Desde ese día me retiró el saludo, la palabra y hasta la paz en misa", declaró uno de sus antiguos compañeros. La mueca que en ese momento puso Martínez Medina es de las que no se olvidan.

El juicio superó incluso las expectativas. En muy pocas ocasiones es posible presenciar un informe final del fiscal -figura que normalmente acusa- tan favorable al acusado, al que no dudó en pintar de víctima de lo sucedido. Todo eso, por no mencionar los rezos espontáneos en la catedral o el apoyo explícito, en la propia sala, de varios integrantes de la asociación Comunión y Liberación, a la que se adscribe el arzobispo y que no se tiene precisamente por aperturista.

A todos estos elementos, y a un sentimiento generalizado en la calle de que el mucho ruido iba a preceder a las pocas nueces, en forma de absolución y pechos henchidos de los agraviados, se enfrentaba el juez Miguel Ángel Torres. Si se hubiera hecho una apuesta sobre la cuestión, pocos, pero que muy pocos, habrían depositado todos sus ahorros en la casilla de culpable.

Torres venía precedido de una leyenda breve pero intensa: la de haber cogido el toro por los cuernos en Marbella y mandado a la cárcel a más de medio Ayuntamiento. Contra su voluntad o con su anuencia, desde ese momento se le presenta como juez mediático, y que le tocara este caso no contribuiría a cambiar su estatus.

Tenía menos margen de maniobra del que podría pensarse, en realidad. O se trabajaba a fondo una sentencia, o sería tildada de caprichosa, provocativa o cobardica, según los casos. Y, con independencia de que unos estarán de acuerdo y otros no, pocos pondrán en duda que está trabajada.

Porque a ese hombre de rostro poco expresivo se le podrá reprochar que ordene sesiones de más de seis horas sin una mínima pausa para ir al baño, pero no que sea un vago.

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