La penitencia de Ronda

  • Aceras con desnivel, escasez de espacio, negocios que cierran y locales que ya no se alquilan. Los vecinos y comerciantes de la zonas son el oasis del desierto

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A primera hora de la mañana se hace más caso al subconsciente que al consciente (aunque sólo sea porque el café no ha hecho efecto todavía). Cuando los vecinos de Camino de Ronda salen a la calle con los ojos un poco cerrados, pueden 'comerse' una valla que corta el mismo recorrido que hicieron el día de antes, buscando entre la confusión y la sorpresa una nueva senda que poder seguir para llegar a su destino entre el atronador sonido de las máquinas y la polvareda se les adhiere a la ropa.

Las aceras están llenas de desniveles, agujeros, tierra, barro... y un espacio que, si se califica de reducido, probablemente se quede corto. Para las personas mayores o las que tienen alguna minusvalía las diferencias entre losetas se convierten en montañas y los agujeros en pozos sin fondo. Así, pasear o moverse por esta zona de Granada requiere más valentía que subirse a un coche pilotado por Rompetechos. Uno de los portales, situado entre dos entidades bancarias, llama la atención. Se podría afirmar que es una especie de laberinto de vallas amarillas, hasta tal punto que un obrero tuvo que quitar el alambre que unía la estructura metálica a un buzón para que una empleada de correos pudiera realizar su labor de recogida y entrega de correspondencia tras exclamar: "¡Pero ahora yo cómo llego hasta ahí!".

La desesperación vecinal es extensible a los comerciantes. Los locales que todavía aguantan sólo quieren saber durante cuánto tiempo se alargará su sufrimiento, porque la mayoría tiene pérdidas constantes.

El tramo de inicio del Camino de Ronda (después del Zaidín) presenta un aspecto desolador, como el de un pueblo fantasma. Un quiosco de prensa grafiteado y cerrado, un sinfín de comercios con los carteles de se alquila, se traspasa o se vende... y otros muchos que aluden directamente al motivo por el que el local se encuentra vacío: "Cerrado por las obras del Metro". Los establecimientos con empleados externos no pueden subsistir y en esta zona los negocios pueden contarse con los dedos de la mano. Entre ellos resiste la Tienda del Jamón. "Los comerciantes se fueron yendo poco a poco conforme empezaron las obras", y de esto hace ya dos años. "Van tan lentas" que aquellos tiempos en los que "los coches aparcaban para bajarse a comprar incluso en doble fila" quedan ya muy lejos. De hecho, María del Carmen Fernández, trabajadora de este local, afirma que "podría escribir un libro sobre las obras del Metro". ¿Cómo es posible que no hayan cerrado? Han tenido que ingeniárselas para ofrecerse a llevar los pedidos a los clientes que venían de fuera de la ciudad y "hace un año que no estaríamos aquí si no trabajásemos con hoteles y restaurantes".

Es tal la desesperación del barrio que existen casos en los que el dueño del local no cobra el alquiler al comerciante que le puede pagar, porque si no debería tenerlo vacío y sin posibilidad de llenarlo hasta que terminen unas obras cuyas calzadas levantan una y otra vez. Los diálogos que se pueden escuchar entre los vecinos no dejan lugar a dudas. "Nos han buscado la ruina", comenta el dueño de una frutería, "y ahora vuelven a levantar el mismo trozo de calle que ya estaba hecho". "Porque se les ha olvidado poner unos tubos", argumenta una señora que se encontra en la tienda.

Explicaciones de la situación en general es lo que reclaman los comerciantes del Camino de Ronda, que lejos de resignarse siguen preguntánse por qué ni siquiera hay papeleras y ellos mismo tienen que colocar bidones de señalización o tapar agujeros que llevan abiertos seis meses junto al negocio. Miguel Pérez regenta un estanco que hace esquina en el camino de Ronda: "Llevan haciendo aceras seis meses y no se preocupan de cuidarlas". El plazo de finalización era de 15 meses "pero ya son dos años y lo que queda".

Además, el descontento se extiende también a la falta de ayudas por parte de la Cámara de Comercio. "No sé para qué sirve. No se han preocupado para nada de los negocios de la zona, pero cobrar sí que cobran y se hacen un edificio muy bonito". En este momento, el dueño de una pescadería cercana entra en el estanco y le preguntan que si él sabe para qué sirve: "No tengo ni idea, pero si no pagas te embargan la cuenta como han hecho con la mía. Sólo saben dar dolores de cabeza porque lo que son ayudas o apoyo nada de nada".

En la calle Ribera del Genil, cerrada por completo al tráfico, de vez en cuando algún despistado entra con su coche y se ve obligado a poner la marcha atrás, porque tampoco tiene espacio para dar la vuelta. En ella resisten algunos negocios como el Manolo Quiñones. Con un gran esfuerzo y tirando de sus ahorros y de la ayuda de su mujer (que finaliza en noviembre) mantiene el tipo, pero "aguantaré 6 meses más como mucho". Manolo no entiende lo que pasa porque "son cuatro losetas lo que tienen que poner y casi no hay trabajadores en comparación con el mes de mayo".

Los vecinos y comerciantes del Camino de Ronda se sienten como en una procesión. A falta de capirotes y del Cristo (que no encontrarían el recorrido correcto), su desgracia es que están cumpliendo una verdadera e inmerecida penitencia con una paciencia religiosa.

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