El problema de la sequía, en euros

Sortear las restricciones de agua en época de sequía tiene su precio. Lo tiene para la compañía que gestiona el agua -Emasagra en el caso de Granada y varios municipios del Cinturón- y lo tiene también para el bolsillo de los ciudadanos, que tarde o temprano acaban viendo en sus facturas la sequía hecha números.

Hace poco más de un mes que empezó el año hidrológico (que se cuenta de octubre a septiembre, como los cursos) y aunque hasta la semana pasada no se había empezado con muy buen pie, este fin de semana ha despertado bastantes esperanzas de que por fin este año se dé carpetazo a la sequía que viene castigando a la provincia.

¿Y por qué sale más cara el agua en época de sequía? ¿Para concienciar?, se pueden preguntar los consumidores. En realidad, se puede pensar que subir el precio ayudará a que los usuarios sean más conscientes del valor de este bien y de la necesidad de no derrocharlo, pero los motivos de los números van por otros derroteros.

Lo que sucede es que de la situación en que se encuentren los pantanos depende cuánta agua conviene obtener de ellos y en qué medida se hace necesario recurrir a otros medios. En el caso de Granada, la salud de nuestros pantanos determina el porcentaje del consumo que se cubre con ellos y el agua que se tiene que extraer del acuífero. Y sacar agua de un pozo cuesta. Cuesta en infraestructuras, cuesta en energía eléctrica y, resumiendo mucho, es bastante más caro que traerla de un embalse. Gracias al acuífero, se han evitado estos años restricciones o problemas de suministro, pero con un coste que no es nada desdeñable.

En una reunión celebrada en julio, Emasagra ya estimó que el sobrecoste que había supuesto en sus cuentas la sequía se elevaba al 50%. Y esto no tardará en llegar a las facturas de los granadinos. En enero del año que viene está prevista una subida de las tarifas del agua.

Actualmente, la mitad del agua que consumen los granadinos viene de los embalses y la otra mitad, del acuífero de la Vega. En algunos momentos se ha llegado a recurrir incluso en mayor proporción a los pozos que a los embalses, para poder darles a estos últimos un respiro. La esperanza, sin embargo, es darle la vuelta a esa tendencia y a ser posible, que el consumo pueda abastecerse con los embalses y los pozos cumplan ese papel de recurso de emergencia con el que fueron ideados en principio. Una reducción del consumo ayudaría, pero sobre todo, habrá que ver si las precipitaciones de este año lo hacen posible.

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