La tradición, vista entre paraguas

  • La lluvia resta público a la conmemoración, que dura menos de lo previsto · El pendón vuelve a ser tremolado, un año más, ante las tumbas de los Reyes Católicos y desde el balcón del Ayuntamiento

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El quid de la cuestión, en una celebración tan tradicional como la Toma de Granada, es que todos los años las cosas se hagan exactamente igual que el anterior; que la liturgia se respete paso por paso y que nada altere el guión preestablecido.

Pero luego le da por llover y la cosa cambia. A la porra el guión. Vengan esos paraguas.

De ahí que la de ayer fuera, según coincidieron varios de los asiduos a esta fiesta local, una de las más rápidas que se recuerdan en los últimos años. Lógico, por otra parte. Un pendón mojado debe pesar un quintal. De ahí que la mujer que lo portaba, la concejal del PP María Francisca Carazo, fuera una de las más interesadas en correr. Y al resto de la comitiva tampoco le estaba gustando mucho empaparse los chaqués y los trajes negros. En definitiva, que el trayecto entre la Capilla Real, donde el pendón fue tremolado ante las tumbas de los Reyes Católicos, y el Ayuntamiento, donde volvió a serlo, pero esta vez desde el balcón principal, duró un suspiro.

Esa celeridad y la menor presencia de público fueron las dos cosas que hicieron diferente a esta edición. Pero si toda la ceremonia se hubiera retrasado dos o tres horas, igual habría tenido que ser anulada, porque después sí que llovió a lo grande.

A las 11,43, con una llovizna como decorado, la comitiva partió del edificio consistorial precedida de música de fanfarria –aunque, en el exterior, la banda militar iba por otro camino y acometía los himnos de España y Andalucía, además del Granada, imprescindible para el caso– y se dirigió hacia la catedral, ascendiendo por Reyes Católicos y pasando luego por Gran Vía. En el centro del cortejo, y también en el de la mayoría de las miradas, la citada María Francisca Carazo cargando con el Pendón de Castilla. Bien, con paso firme, sonriendo en ocasiones pero sin perder la solemnidad que demandaba la ocasión.

En el templo, precioso pero frío, políticos y demás autoridades oyeron la misa oficiada por el arzobispo Francisco Javier Martínez. Habló de la importancia de mantener las tradiciones “porque la tradición es un elemento sustancial de la condición humana”, y opinó que la de la Toma, en concreto, no conmemora “ningún hecho político ni ninguna victoria militar”. Es, resumió, una costumbre “de la que los granadinos no deben avergonzarse”.

Tras la eucaristía,  el pendón se trasladó a la vecina Capilla Real, donde Carazo se lo cedió a la concejal socialista Carmen García Raya para que, con la gravedad propia del momento, lo tremolara cuatro veces, siempre de derecha a izquierda y sin olvidar, en ninguna de las ocasiones, hacer antes cuatro genuflexiones. Y a cada tremolación, una banda militar atacaba el himno de España, para interrumplirlo de inmediato en cuanto la edil se paraba.

Finalizada esa fase, el pendón –otra vez en poder de Carazo– volvió a ser trasladado al Ayuntamiento, con la rapidez que antes se mencionó. Sería exagerado decir que la comitiva iba a la carrera, pero desde luego no se lo tomaron con calma. 

La plaza estaba llena de paraguas y así es natural que se vea menos. De ahí que abundaran las protestas entre aquellos que no habían logrado situarse en un buen puesto. Ellos, más que ver lo que pasó después, lo escucharon. Y no todo lo que oyeron les agradó, por cierto. Algunas proclamas gritadas a pleno pulmón por una treintena escasa de ultraderechistas –que intentaban parecer más a base de elevar la voz– fueron contestadas con abucheos y desaprobaciones.

Mientras tanto, ese pendón que a esas alturas ya debía ser como una losa mojada consiguió llegar hasta el balcón, donde la concejal popular, esta vez sí ella, lo tremoló otras tres veces, también de derecha a izquierda y siguiendo el ritual tan conocido entre los de aquí: el que arranca con la oradora llamando a “¡Granada!” por tres veces, recibiendo otros tantos “¿qué?” por respuesta, e invocando a continuación a “los ínclitos Reyes Católicos” para terminar dando vivas a España, el Rey, Andalucía y Granada. Por si se quedaba en blanco o se salía del guión –algo que alguna vez ha sucedido– ella, o alguien de la organización, tuvo el acierto de pegar una chuleta en la baranda.

A la una y media de la tarde, lo que quiere decir un cuarto de hora antes de lo previsto, los militares que estaban formados en el centro de la plaza pidieron oficialmente permiso para marcharse, lo que significó, en la práctica, el final de la celebración.

En el interior del edificio consistorial, también menos concurrido que en años anteriores, alcalde, concejales e invitados aprovecharon para departir en un tono más relajado que habitualmente y para compartir una comida informal. Abajo, el público fue despejando el lugar progresivamente, quedándose hasta el final los ultraderechistas ya nombrados –eran menos que los policías locales y nacionales que les vigilaban– y los típicos grupos que, desafiando a la lluvia, se organizaron para celebrar lo que no deja de ser otra tradición de los días festivos, aunque de tono menos ceremonioso: tomarse el aperitivo. No deja de ser otra toma.

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