La vieja socialista de "pobreza limpia"

  • Hija de un artesano forjador, vivió la exuberante Granada intelectual de los años 20 · Madrid, Francia y México marcaron su trayectoria política y su compromiso social

Matilde nació el 20 de septiembre de 1898, en la calle de la Alhóndiga, 29. El barrio de la Magdalena era comercial, artesano y señorial, palpitante de vida por sus populosas calles Mesones, Puentezuelas, Alhóndiga… Juan Cantos Molina, su padre, era artesano forjador, con taller y tienda propia en la calle de la Alhóndiga, donde vendía los utensilios de su fabricación: velones, candiles, candelabros, almireces, trébedes, peroles, herramientas de labor y trebejos para caballerías, carruajes, carros, artesanía que fue supliendo la industria. La clientela era heterogénea. La práctica del regateo, tan corriente y hasta esencial en aquella época, originaba inacabables discusiones a la hora de ajustar precios. Eran debates desenfadados, donde se ponía a prueba el ingenio y la facundia de cada parte. La niña Matilde despierta a la vida en este medio popular, rico de tradiciones y sentencias populares, cuando todavía estaba intacto el costumbrismo y unas formas de vida no contaminadas por influencias foráneas. El establecimiento de su padre fue escuela y ágora. Subrayamos estas vivencias porque para Matilde fueron enseñanzas inolvidables, muy útiles en su futuro compromiso político, cuyas dotes oratorias, reconoció, tenían origen en aquellas vivencias de "raíz popular" de su infancia y juventud.

Matilde Cantos vivió la exuberante Granada intelectual y artística de los años veinte, que luego formaría parte esencial de la Generación del 27. A la cabeza, Federico García Lorca, de quien fue amiga. Matilde empezó a ser conocida al colaborar en El Noticiero Granadino y asistir a las tertulias de El Rinconcillo y, sobre todo, El Polinario, en la calle Real de la Alhambra. Gran aficionada al cante flamenco y a la fiesta de los toros, vivió con entusiasmo el Concurso de Cante Jondo, en 1922.

El 9 de febrero de este año contrajo matrimonio con Enrique López Puerta. Tuvieron dos hijos, el primero nació muerto y el segundo falleció pronto. Al poco tiempo se separaban amistosamente. Matilde se fue a Francia y a su regreso se quedó en Madrid que iba a ser el escenario de su compromiso militante.

El doctor César Juarros, junto a otras autoridades médicas y un grupo de mujeres progresistas -María Lejárraga, Clara Campoamor, la Dra. Elisa Soriano…-, organizaron en julio de 1922 una campaña abolicionista contra la trata de blancas. Cofundaron la Sociedad Española de Abolicionismo, antes: Patronato de Represión de la Trata de Blancas. A esta lucha se unió Matilde Cantos al llegar a Madrid. Implicada en aquellas tareas, se inició Matilde como oradora, en el teatro Pabón. Habló de la instrucción y de la sanidad como pilares sociales. Le preocupaba la higiene como medio de erradicar las enfermedades venéreas. En estas conferencias se exhibían películas alemanas como Mercado de Mujeres, de la casa Hegewald Film, basada en la obra de Thomas y Georges C. Klaren. Las películas exponían, científicamente, el peligro y la patología venérea a la vez que se mostraban normas profilácticas para practicar el sexo libre y saludablemente. En 1931, al hacerse cargo Fernando de los Ríos del Ministerio de Justicia, se interesó por la reorganización de la Sociedad Española de Abolicionistas, que pasaría a llamarse Patronato de Protección a la Mujer.

Si la tienda de su padre fue lugar de aprendizaje de las relaciones humanas, las Casas del Pueblo fueron la universidad en la que se doctoró. Andando el tiempo, en una carta a las hijas de Francisco Largo Caballero, les recordaba: "Vuestro padre fue un maestro, y para mí uno más entre los socialistas que en las aulas contribuyeron a enriquecer mi mente, y en las más modestas Casas del Pueblo me dieron lecciones de humanismo, entereza y dignidad". Matilde había entrado en el Partido en septiembre de 1928. Reconocía que completaron su formación militantes como Largo Caballero, Trifón Gómez, Manuel Cordero, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, Antonio Velao, Andrés Saborit, sin olvidar a las militantes del Sindicato de la Aguja: Paca Vega y Victoriana Herrero. Y las intelectuales como Matilde de la Torre, María Lejárraga, Margarita Nelken, Veneranda Manzano, Julia Álvarez… Y, sobre todo, una legión de mujeres obreras, anónimas, muchas de ellas analfabetas, que todavía encontraban tiempo, tras extenuantes jornadas de trabajo, en fábricas y talleres, para atender a sus familias, instruirse y militar.

Uno de los logros más notables de la Segunda República fue la profunda revisión y reformas de las cárceles y penales realizadas por Victoria Kent, como Directora General de Prisiones, nombrada por decreto de 18 de abril de 1931. Las cárceles eran lugares siniestros, sórdidos, inmundos, donde reinaba la insalubridad, el hacinamiento y métodos brutales. Constituían una de las lacras sociales más urgentes, tarea a la que cumplidamente se dedicó Victoria Kent. En marzo de 1932 creaba el Cuerpo Femenino de Prisiones y el Instituto de Estudio Penales, en substitución de la Escuela de Criminología. Matilde proyectó su futuro hacia estos organismos. Su maestro fue el gran penalista Luis Jiménez de Asúa. El 28 de febrero de 1935 obtenía el título de las disciplinas cursadas: Pedagogía Correccional, Identificación y Delincuencia Infantil, Derecho Penal, Penalogía y Criminología. Matilde Cantos, en 1933, había sido nombrada secretaria del Comité de Mujeres Antifascistas. Tras la Revolución de Asturias, el 6 de octubre de 1934, el Comité de Mujeres Antifascistas pasó a la clandestinidad transformándose de Comité pro Infancia Obrera. Crearon entonces las organizaciones para socorrer a los hijos de los mineros muertos o encarcelados. Cientos de niños fueron evacuados a Madrid acogidos en los hogares de militantes antifascistas.

Para las elecciones del Frente Popular Matilde Cantos fue designada compromisaria del PSOE. Ella era la única mujer que encabezaba una lista. Por aquellos días se encontró con Federico, cerca del Ateneo, el poeta le señaló su nombre en uno de los pasquines pegados a las paredes, mientras le decía aquella sentencia popular: "¡Pregoná, pregoná te veas por las esquinas!". Y riendo se encaminaron al café de La Granja del Henar.

Al estallar la guerra civil, Matilde Cantos formaba parte del Secretariado Femenino del PSOE. Se vio inmersa en todo tipo de tareas, desde visitar los frentes hasta acoger a los refugiados de las zonas ocupadas por el enemigo. Se prodigó en actos públicos, formando equipo del Comité de Propaganda del PSOE, junto a Ramón Lamoneda. En 1937 asistió en París al Congreso Mundial contra la Guerra y el Fascismo. En compañía de Alejandro Otero, su secretario de armamento, y asistíó a la reunión de la Internacional Socialista y Sindical.

Con el repliegue del gobierno central de Valencia a Barcelona a fines de 1937, Matilde vivió en la capital catalana hasta el final de la guerra en 1939. Su exilio francés lo pasó en Limoges. Cuando las tropas alemanas invadieron la región se trasladó a Marsella donde embarcó en un viejo barco de carga llamado Mont Viso. Era un arca de Noé de razas y clases, desde un Rothschild a obreros, maestros, músicos, escritores que lo habían perdido todo. En la escala de Casablanca la disentería hizo estragos y los condujeron a un campo de concentración. Meses más tarde al Quanza, barco portugués, que llevaba a un grupo de judíos, se agregaron los pasajeros españoles que provenían de Marsella. En el barco iba don Niceto Alcalá Zamora, primer presidente de la República española, y su familia. Enfermó de paludismo, y los ingleses prohibieron a la familia Alcalá Zamora proseguir el viaje. De ahí que, cuando al final se les vio subir por la pasarela del Quanza, fueron acogidos con una gran ovación. El capitán del barco le ofreció un camarote de primera, pero don Niceto no aceptó, aduciendo que ellos habían pagado camarotes de tercera. El Quanza fondeaba en el puerto de Veracruz, el 18 de noviembre de 1941, una muchedumbre los recibía con los himnos de México y el de Riego de los republicanos españoles con vivas al general Lázaro Cárdenas y a la República española.

Matilde Cantos, al llegar a México, era una mujer de 41 años, medía 1,63 cm de altura, tenía una complexión gruesa y el pelo canoso, según refleja la ficha de la policía al desembarcar en la tierra de promisión. Todos los refugiados tenían derecho a un subsidio mínimo de 3 pesos diarios y una tarjeta médica durante 3 meses.

A mediados de diciembre de 1942 autorizaban a Matilde a recoger información en los establecimientos de prevención social, a título de ex-inspectora General de Prisiones de la República española. Matilde se vincula a la prensa de prevención social y en diciembre de 1947, la Revista Población la delegaba como redactora en la Unesco. Su actividad en torno a las cárceles, constituye el gran capítulo de Matilde en México, en defensa, sobre todo, del preso común, el más marginado, a esta la juventud reclusa se dirigían especialmente sus textos. Para entonces ejercía de profesora en la Delegación de Menores del Departamento de Prevención Social. Conmueve en Matilde su talante de mujer sencilla y tenaz en ser útil en trabajos de proyección social. Colaboró en la creación del Centro Andaluz de México, al lado de los poetas Juan Rejano, Pedro Garfias, Fernando Vázquez Ocaña. Después fundó el Grupo Mariana de Pineda integrado por refugiadas, recaudaban fondos para ayudar a los presos de las cárceles franquistas. Su buen carácter y simpatía lograba atraer la participación de artistas como Miguel de Molina, el poeta León Felipe, Margarita Xirgu, Ofelia Guilmain… Lo que se recaudaba en estos festivales se invertía, sobre todo, en penicilina, tan difícil de adquirir a las clases modestas en España. Matilde reorganizó la Agrupación de Mujeres Antifascistas, de la que en 1933, año de su creación, fue secretaria del Comité Nacional. También la Unión de Mujeres Españolas, en 1945, cuyo propósito era ayudar a los refugiados.

En 1956, hacía once años que estaba sobreseído el expediente de Responsabilidades Políticas incoado a Matilde Cantos, el 25 de noviembre de 1941, según ley de 9 de febrero del 1939, en su artículo 44. Sin embargo, la Comisión Internacional de Repatriación le comunica la No Admisión. Tras sucesivos intentos, hasta 1968, no obtiene autorización para regresar a España, con la advertencia: "… sin privilegios ni inmunidad de ninguna clase para someterse a los tribunales de justicia". Y así fue.

Matilde Cantos llegaba a Madrid el 22 de abril de 1968. El aeropuerto de Barajas bullía de gente enardecida. Massiel había ganado el Festival de Eurovisión con la canción La la la, y una muchedumbre enfervorecida la esperaba. Tanta euforia era contemplada por Matilde, con mirada atenta tras sus gafas antiguas de gruesos cristales. En cuanto amainó el tumulto la policía, que la vigilaba, se dispuso a escoltarla hasta la Dirección General de Seguridad. Tenía 70 años y andaba con dificultad, apoyándose en un bastón de caña. Nada en ella la hacía sospechosa de peligrosidad. Ni su aspecto discreto de matrona ni su decorosa modestia o su pasiva y correcta actitud. A pesar del despliegue policial que la esperaba, la mujer confesaría no estar intimidada ¡Tanta era su alegría por regresar al fin a España! No le había sido fácil obtener el visado, pesaba sobre ella un cúmulo de responsabilidades políticas, por su pasado de roja. En el coche celular que la conducía al siniestro edificio de la Puerta del Sol, dejó caer con aplomo: "Me considero una mujer con suerte. Salí de Madrid en coche oficial y en coche oficial vuelvo".

En las dependencias de la Dirección General de Seguridad la encerraron en un calabozo, exhausta, se durmió profundamente. De pronto abrieron la puerta de la celda a un grupo de prostitutas, víctimas de una redada. Entre ellas se encontraba una comadrona acusada de haber cometido un aborto. En un momento dado le preguntó a Matilde: ¿Drogas? "No, política", aclaró. Las prostitutas, solidarias, protestaron, por el trato que se le daba a aquella señora. Matilde las tranquilizó: "No os preocupéis. Es cuestión de haber tenido la posibilidad de ir a la escuela". Llamaron la atención de los guardias hasta lograr que la cambiaran de celda. A las pocas horas la trasladaban al juzgado militar de la calle del Reloj.

En cuanto Matilde quedó libre de cargos se fue a Granada. Cumplía su más alto sueño: regresar a su tierra. La conocimos entonces. En la ciudad, su figura venerable se hizo pronto popular. Mujer acostumbrada a intervenir en foros y tertulias, era en aquellos tiempos -la última década franquista- una voz que se alzaba clarividente, exponiendo sus convicciones políticas con los enfoques sociales que habían presidido siempre su trayectoria. En una carta al histórico líder socialista Andrés Saborit, le confiaba: "… Me gustaría que el PSOE estuviera unido, que se superasen las ambiciones y triunfalismos y se actuara con inteligencia y austeridad. A mis 79 años, no tengo ambiciones ni quiero cargos. Cobro una mini jubilación y me siento feliz con mi pobreza limpia".

Matilde Cantos vivió siempre como un ser libre, de "pobreza limpia", en pensiones modestísimas, sin querer ser una carga para sus familiares dispuestos a ayudarla. Tanto que, olvidada en un centro de acogida, el escritor socialista José Fernández Castro, ante su gravedad y abandono, dio la voz de alarma al poeta Juan de Loxa, quien logró la intervención de Francisco Martín, alcalde de Fuente Vaqueros que facilitó su traslado a la Residencia de la Cooperativa Los Pastoreros. Allí fue acogida y cuidada con esmero hasta su último día, el 25 de noviembre de 1987. El pequeño cementerio de Fuente Vaqueros recibió su cuerpo. Creemos que, a Matilde Cantos, le hubiese complacido saber que sus fatigados huesos los arropaba la tierra que vio nacer a su amigo Federico García Lorca.

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