Jornada 6: ganar sin creérselo y subirse al nuevo tren

En marzo hubiera sonado a chiste. "El Granada no ganará hasta que abran el Metro". Quien le hubiera metido pasta a este vaticinio en cualquier casa de apuestas de esas que ahora están tan de moda se habría llevado un pico bastante serio. Atrás se queda la peor racha de la historia del equipo, que aunque se haya acabado con esta victoria ante el Córdoba, sigue sonando fatal: en un año, solo cuatro triunfos. Eso es lo que ha visto Jiang desde que es el primero de los granadinistas. Habrá que sostener la victoria del otro día con una racha de estas, unas cuantas, para al fin desterrar de la memoria colectiva el desastre deportivo que ha sido el equipo desde que lleva sello chino.

NO HAY BRILLO

El Segunda División se gana de esa manera, sin brillar, sin deslumbrar. Se logran las victorias de forma sobria, sin festivales porque en esta categoría es muy fácil que lo que una semana es oro en la otra sea latón. Recuerdo muchos partidos de la temporada del ascenso en los que el equipo ganó sin ser nada del otro mundo, con defensa, contra y aburriendo a las ovejas. Sí es cierto que el Granada logró muchas goleadas, fruto también de que la pelota entra cuando quiere, o cuando el viento sopla a favor. Un viento que el equipo tiene que empeñarse en encontrar para hacer una buena regata. Al equipo le interesa coger su ritmo e imponerlo en los partidos, sea con o sin balón. De nuevo, el sábado se comprobó que al Granada le viene bien no llevar el peso del partido con el balón en los pies, si no saber qué hacer con él cuando lo tiene. La fabricación del 1-0 es lo más parecido a lo que explico: mover rápido y con sentido, usando las bandas y explotando la velocidad de los hombres de los flancos. Fue así y por ahí por donde llegaron las alegrías granadinistas. Sin abrumar con el juego, si no haciéndolo bien.

EL RESQUEMOR

Hubo una buena afluencia de público a Los Cármenes en el derbi con el Córdoba, aunque con menos aficionados visitantes de los que esperaba. Ver la grada con gente tras el descenso no es la imagen patética que también me esperaba en los meses de la basura del curso pasado (habrá que ver la afluencia cuando apriete más el frío). La reducida grada de animación le pone esfuerzo y ganas pero le falta mucho para contagiar al estadio. Y eso se echa en falta. En los ambientes de los partidos que se han vivido hasta ahora en Los Cármenes sobrevuela una bruma de melancolía. Quizás sea la primera vez que detecto ese sentimiento en el estadio. Hasta ahora, en cada comienzo de temporada había una esperanza, una vuelta a empezar de cero para lograr el objetivo, que no era otro que el ascenso cuando se estaba en el pozo, y de la permanencia cuando se estaba en Primera. El aficionado que va a la grada creo que está asumiendo todavía la caída, sin terminar de fiarse de lo que ve en el campo, el banquillo y sobre todo en el palco. A la vez, también denoto ciertas ganas de despejar de una vez esa neblina y celebrar los goles con la euforia de saber que van a servir para algo importante.

METRO Y FÚTBOL

Estuvo bien eso de ir al fútbol en el nuevo Metropolitano. Lo escribe alguien que se ha dejado dinerales en el parking contiguo porque o llegabas tres horas antes, o era imposible aparcar. Y para los que vamos al estadio a trabajar, eso es un lujo. Te plantas rápido de casa al campo, y del campo a la redacción. Y parece que muchos aficionados lo vieron igual. Otros no, y se comieron el atasco posterior. Los refuerzos funcionaron relativamente bien y cubrieron las necesidades de la mayoría de seguidores que probaron el tren para ir al campo. Sin embargo, por poner 'peros', es posible que haya que organizar un pelín mejor los andenes tras los partidos. Cuento la experiencia que tuve este año en Edimburgo, donde un tranvía igualito (y de la misma marca) que el de Granada daba servicio nada menos que a 70.000 espectadores. Allí se colocó un circuito de vallas en zigzag que dividían a los aficionados en dos grupos. Mientras, estos compraban los billetes directamente en mano sin necesidad de máquinas. Cuando un tren llegaba, un grupo entraba y el otro esperaba al siguiente. Un modelo de organización que, de exportarse a Granada, serviría para que incluso más rojiblancos se atrevan a dejar el coche en casa para ir a Los Cármenes.

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