Una infancia sin 'chuches'

  • Cansancio, pérdida de peso y sed son síntomas que delatan la enfermedad

Manuel tiene 35 años y es diabético desde los 8. Ahora lleva una bomba de insulina y hace una vida casi normal. Pero aún recuerda lo duro que le resultaba cuando era pequeño ver a los demás compañeritos del cole atiborrarse de chuches. "Yo no podía y sufría. Entonces amoldaba mi vida a la diabetes; ahora, con la bomba de insulina, amoldo la diabetes a mi vida", cuenta. Quizás como revancha, el día que le pusieron este dispositivo se compró un buen puñado de dulces y se los comió entre lágrimas. Hizo algo que a los endocrinólogos no les gusta, porque la dieta debe seguirse aún con la bomba. Pero él asegura que ha aprendido a manejarla para cometer alguna pequeña transgresión de vez en cuando; como si fuera un ritual de venganza contra su destino.

A Javi le detectaron la diabetes con 2 años. Ahora tiene 3. A diferencia de Manuel, él no sabe cómo es vivir sin pinchazos. Sus padres le ponen insulina tres veces al día y le hacen media docena de controles diarios mediante pinchazos en los dedos para verificar cómo tiene el azúcar. Cuando temprano por la mañana entra en el cole, él ya lleva su dosis de insulina en el cuerpo. "Para él es tan normal, que si está jugando, sin dejar de jugar, estira el brazo para que le hagas los controles. Lo ha vivido desde tan pequeño que es su rutina", cuenta su tía.

Como en el caso de Manuel, sospecharon que podía ser diabético porque perdía peso, bebía demasiado y hacía mucho pis. Los análisis confirmaron las peores sospechas. Para sus padres fue un mazazo. Los especialistas dicen que los niños suelen llevar mejor la enfermedad que los progenitores. Javi confirma esa afirmación. "Cuando en Navidad hay dulces encima de la mesa él ni los toca y dice que no puede comerlos porque se pone malito. A veces, cuando hay un cumpleaños, come un trozo de tarta, pero se tiene que poner más insulina. Pero él nunca come directamente, siempre pregunta primero si puede", relata su tía con el corazón encogido.

La madre se ha hecho una experta en recetas con sacarina líquida para agasajarle con dulces que sí puede comer. Pero su vida diaria, aunque la lleve con normalidad, exige un ritual estricto en torno a la comida. En todas las casas de sus familiares, por ejemplo, hay una báscula porque debe controlar la cantidad de determinados alimentos. En su familia dicen que ahora todos están más saludables porque comen muy sano.

Además de los clásicos controles de sangre en la yema de los dedos, hay otros intuitivos que no fallan. Si Javi tiene sueño a deshora y busca acurrucarse en el regazo de su madre aunque no sea hora de dormir suele ser señal de que tiene el azúcar baja. Cuando por el contrario está más activo de lo habitual es porque la tiene alta. Los padres tuvieron que aprender a manejar la enfermedad a marchas forzadas tras el diagnóstico.

Debido a que eso requiere un aprendizaje, los profesionales del Hospital Materno enseñan a los padres a atender y entender la enfermedad, a administrar la insulina, qué puede comer y qué no y hasta cuántos gramos de cada cosa. A Javi, por ejemplo, le pinchan la insulina de forma alternativa en un brazo, en otro, en una pierna, en otra. Así no castigan siempre la misma parte del cuerpo. Con la diabetes, la vida se trastoca. Pero los médicos recomiendan adaptar la diabetes a la vida del enfermo; no al revés.

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