La pesadilla de los refugiados sirios

Cada refugiado sirio que cruza la frontera a Turquía lleva una historia terrible en la maleta. Los refugiados esperan contribuir a que la comunidad internacional les ayude a deshacerse del régimen del presidente sirio Bashar al Asad, pero todavía no saben cómo conseguirlo.

Llegan por miles a la frontera cruzando senderos. El espanto se ve en su mirada y el miedo en el alma. En la provincia fronteriza turca de Hatay se congregan cada día más personas que huyen de Siria, de un régimen que no tiene reparos en disparar contra manifestantes desarmados y torturar a menores hasta la muerte.

La mayoría de ellos afirman que quieren regresar a sus hogares cuando el presidente Asad y su clan dejen de tener el poder, pero no están seguros de que eso ocurra. Por ello, se apartan de las cámaras de televisión instaladas junto a los campamentos de refugiados y hospitales en Hatay, pues en esta candente primavera árabe las posibilidades de sobrevivir para los contrarios al régimen en Siria son escasas.

Ramsi, enfermero de Yisr al Shugur, ya ha esquivado la muerte una vez. Cuando hace dos sábados una bala de un tirador de elite le dio en la espalda, sintió al principio sólo un pequeño dolor, pero cuando salió por las costillas tuvo la sensación de que todo el cuerpo le estallaba. "Tan sólo grité Alá es grande y caí sobre los heridos que yo estaba rescatando", dijo.

Este joven de 29 años no recuerda nada de lo que sucedió después. Perdió el conocimiento y despertó cuando unos desconocidos le llevaban sobre un colchón de espuma y estaba cruzando la frontera. No portaba consigo ningún tipo de documento al llegar a Turquía. Ahora se encuentra con otros dos pacientes sirios en un hospital de la ciudad de Antakya.

"Yo he trabajado para la Media Luna Roja. Soy una persona que quiere ayudar, que no lleva armas, pero así no se puede seguir", explicó con voz débil. "No podemos dejar que nos masacren así y encima el mundo guarda silencio", agregó el enfermero a un compatriota que acababa de llegar al hospital para darle ánimos y contarle lo que está sucediendo. "En Yisr al Shugur han comenzado a destruir casas. Algunas las han incendiado y otras las han derribado con excavadoras", relató el anciano.

Una joven con un pañuelo rojo en la cabeza le ofrece al anciano un té en un vaso de plástico. Le observa fijamente y baja la mirada. Seguidamente comienza a hablar: "Nosotros somos unas de las últimas familias que huyó hace una semana de Yisr al Shugur, porque no teníamos coche propio. Pero cuando dijeron desde el minarete (de la mezquita) que el agua estaba envenenada y teníamos que buscar un lugar seguro antes de que el Ejército entrase en la ciudad, nos subimos a un minibús que nos trajo hasta la frontera".

Dos plantas más abajo de la habitación de Ramsi en el hospital se encuentra Mohamed, quien procede de Maaret al Noaman, una población vecina a Yisr al Shugur. Han pasado muchos años desde que Mohamed vio a su padre por última vez. Emigró a Sanaa, la capital yemení, otro bastión de las revueltas árabes contra la dictadura, la corrupción y la violación de los derechos humanos.

No es un motivo especialmente feliz el que ha hecho que padre e hijo se vuelvan a encontrar. Mohamed recibió dos disparos en la cabeza durante una manifestación. Tras una operación en una clínica privada de Hama, su estado empeoró tanto que los parientes le llevaron fuera del país, donde una ambulancia lo recogió al otro lado de la frontera turca.

Mohamed está seguro de que entre los hombre armados que abrieron fuego contra los manifestantes también había miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán. "Llegaron a nuestra ciudad la tarde del jueves con la gente de los servicios secretos sirios. Nosotros fuimos a ver quiénes eran los recién llegados. Algunos de los residentes les ofrecieron comida y los sirios que había entre ellos la rechazaron y otros hombres no contestaron. Al parecer no entendían árabe. Además llevaban barbas tupidas, lo que entre los miembros de la seguridad del Estado está prohibido".

El padre de Mohamed luce una barba más bien blanca recortada. "Nosotros dos hemos sido expulsados por el presidente Asad". Y agregó: "A mí me expulsó en 1980 Hafiz al Asad, el padre, y mi hijo ha tenido que huir ahora de su hijo, Bashar al Asad".

La pierna izquierda de Mohamed está hinchada. Lleva unos tornillos en la parte baja del muslo. Tiene 23 años. No siente el brazo izquierdo. Su padre huyó hace 30 años porque Asad (padre) emprendió una caza contra los miembros de la Hermandad Musulmana (que a día de hoy sigue prohibida en Siria).

Ahora confía en que la revuelta de los jóvenes también pueda allanar el camino para que él regrese a su hogar, que no ha visto en tres décadas. El exilio le llevó a vivir en Jordania, Iraq y Yemen. "No sólo los musulmanes suníes quieren que Asad y su hermano Maher (comandante de la cuarta brigada del Ejército) sean apartados del poder y llevados ante la Justicia, sino también los cristianos y hasta la piedras y los árboles", afirmó.

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