'A-Nº 1 A Portland en el 19'

  • 'El emperador del norte' podría considerarse un western moderno, ambientada en 1933, una época en que la Gran Depresión todavía causaba estragos

Hubo un tiempo en que ir al cine suponía toda una aventura en cuanto a la incertidumbre sobre el interés, la calidad o la intriga de la película que uno se disponía a ver. No existía internet; los medios de comunicación no dedicaban tanta atención a los estrenos que se producían (tampoco las distribuidoras se gastaban demasiado dinero en publicidad) y, a menudo, la única referencia del espectador para decidir qué película le podía interesar, se la proporcionaba el cartel anunciador situado habitualmente, al lado de la taquilla.

El nombre de los actores, más rara vez el del director y, sobre todo, la cartelera con la fotografía o el dibujo que representaban alguna escena del film, eran los elementos fundamentales para decidirse por una película en concreto. Algo así me sucedió cuando entré a ver El emperador del Norte. Conocía a Lee Marvin por La leyenda de la ciudad sin nombre y a Ernest Borgnine de haberlo visto de secundario en muchas películas (sobre todo bélicas) y la composición del cartel con Borgnigne con sus "herramientas" (un martillo y una cadena) y Marvin con un hacha sobre el fondo de un tren de mercancías, resultaba de lo más atrayente. En cuanto al director -Robert Aldrich-, a mis diecisiete años, no me sonaba de nada y no sería hasta más adelante que le descubriría como el director de estupendas películas: Doce del patíbulo, La banda de los Grissom, ¿Qué fue de Baby Jane? o Veracruz (con Sara Montiel de india) y solo fue cuando mi afición por el cine se hizo pasión, averigüé que había sido el realizador de una de las obras maestras del cine negro: El beso mortal .

El emperador del norte podría considerarse un western moderno. Ambientada en 1933, una época en que la Gran Depresión todavía causaba estragos entre la población norteamericana, la película nos cuenta la historia de los "railroad men", unos vagabundos que recorren el país en trenes de mercancías a los que suben en marcha. Se trata de una legión de hombres nómadas, hambrientos y desesperados dispuestos a dejarse la vida en las vías para ir de un sitio a otro en busca de algo que robar para poder comer. Enfrente encuentran a los guardianes de los trenes unos empleados del ferrocarril que tienen como misión el evitar que los vagones se les llenen de polizones.

Desde el inicio asistimos al enfrentamiento entre el más concienzudo de los guardas ferroviarios, el violento, cruel e inhumano Shack ( Ernest Borgnine) y A-Nª 1 el rey de los trucos, conocido entre los vagabundos como El emperador del Norte e interpretado por un genial Lee Marvin que, como suele ser habitual en este extraordinario actor, borda su personaje. El tercer protagonista es un joven Keith Carradine que encarna a un aprendiz de granuja que se cree mucho más listo de lo que en realidad es y que, temerariamente, pretende disputarle el puesto de Número Uno al curtido Lee Marvin .

Sin embargo, por encima de todos, el gran protagonista de la película es el tren, ese tren de mercancías que recorre el semisalvaje y frio estado de Oregón y que servirá de escenario al brutal desafío entre el vigilante y el vagabundo. Al principio de la película comprobamos los expeditivos métodos del jefe Shack para arrojar del tren a los intrusos (su táctica de atar una barra de hierro a una cuerda y soltarla debajo del vagón para que al rebotar con las vías golpee a los mendigos que allí se esconden, es toda una exquisita crueldad).

Su fama de implacable azote de los vagabundos que pretenden colarse en su tren (el "19") provoca al más conocido y descarado de los "railroad men" que para demostrar su audacia reta al guardián escribiendo sobre el depósito de agua de la estación para que fuese bien visible para todos, la leyenda: "A-Nº 1 a Portland en el 19". Eso hace que por todas las estaciones ferroviarias del estado comiencen a cruzarse apuestas sobre cuál de ellos será el ganador de tan singular y, a la postre, sangriento combate.

A partir de ese momento asistiremos a una especie de partida de ajedrez sobre traviesas y raíles entre Marvin y Borgnine con fugaces apariciones de Carradine. El duelo se produce en diferentes planos. No solo es la pelea física entre ambos personajes, es también su duelo interpretativo, la violencia y el sadismo del guardia contra la astucia y templanza del vagabundo y todo ello con el telón de fondo de unos paisajes tan salvajes como los propios protagonistas. Robert Aldrich parece rodar la película a bocajarro, esto es, con la misma fiereza que transmiten sus personajes sin concesiones a la galería, con un estilo tan inconfundible como inimitable.

Lo hace con tanta convicción que a los espectadores les llegan a "doler" los golpes que ven en la pantalla. Un director con brío, unos actores de los que ya no quedan y una historia potente (basada en un relato corto con tintes autobiográficos de Jack London) son los ingredientes que hacen tan atractiva y auténtica esta genial película tan cínica y sombría como una frase pronunciada por uno de los vagabundos: "Los escombros de ahora ya no son tan cómodos como los de antes. La basura de este país es una porquería".

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