Agudo, dulce, alegre

  • Un nuevo volumen recoge algunos de los mejores frutos de la intensa labor como articulista del gran escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia. Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2013, 168 páginas. 16 euros

Hasta ocho volúmenes distintos -dos de ellos, los titulados Viajes en la América ignota y Sálvese quien pueda, compilados por el propio autor antes de su trágica desaparición en accidente aéreo en las proximidades de Madrid- habían ya dado cuenta de la trayectoria como articulista del mexicano Jorge Ibargüengoitia, una década y media (de 1968 a 1983) de intensa y regular relación con dos medios (el diario Excélsior y la revista Vuelta). Ahora se suma esta nueva recopilación desde la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, una selección de los libros precedentes a cargo de Rafael López Giral que bien parece una suerte de greatest hits de una producción que sería equivocado calificar de menor o subalterna con respecto a la carrera novelística del autor de Las muertas, Los relámpagos de agosto o Dos crímenes. Y es que leyendo estas en su mayoría breves y chispeantes crónicas -que van desde el comentario sobre aspectos banales del día a día al relato de viajes, la digresión más o menos precipitada o la confesión de estupefacciones- salta a la vista que la espada de Damocles que pende sobre todo opinador sometido a una periodicidad exigente no trajo consigo en su caso avillanamiento alguno para el estilo (quizás porque don Ramón María fue una de sus grandes influencias, y se previno del riesgo de engolfarse con la pluma), sino que le propició la mejor de las gimnasias para alcanzar el magisterio en el arte de narrar con concisión y contundencia. Así, junto a la experiencia del teatro, que lo curtió en la escritura de diálogos y en la apreciación de los ritmos del drama, hay que tener muy en cuenta la práctica siempre dura y algo mercenaria de rellenar folios para la insaciable prensa diaria y semanal si se desea cercar con mayores garantías la que fue una de las escrituras más singulares de la literatura hispanoamericana contemporánea; desconfiando, de esta manera, de conceptos-paraguas siempre a mano y que igualmente se quedan a medias, como las simples referencias al humorismo o la ironía.

La clave, como decimos, quizás esté en no separar demasiado sus escritos para periódicos y revistas de los que destinara, tras el ritual de reescrituras, a la ficción, comprendiendo de paso que en ambos el proceder de Ibargüengoitia fue similar: el escritor nace como un observador. Pero uno que conoce que su tarea no es comentar la realidad, sino presentarla, proponer el mundo desde un punto de vista; y el suyo fue el asombro. Algo así como un pasmo rebajado con serenidad y que desemboca en un fraseo certero y perspicaz que resume en pocas palabras aquello que a la mayoría le costaría muchísimas más. Y es esta exactitud lo que suele ser terriblemente cómico: "En el momento en que estuve allí, pasaron frente a mí dos mujeres que en México no hubieran podido ser más que putas"; así, por ejemplo, describe Ibargüengoitia parte del hall del Hotel Habana Libre en el más largo e importante artículo de esta recopilación, Revolución en el jardín, quintaesencia de su estilo, como advierte Álvaro Díaz en el prólogo de la edición, en el que el escritor cuenta su viaje a la Cuba revolucionaria para recoger un premio literario: "No hay odio ni resentimiento en sus palabras -escribe Díaz-, sólo la constatación de hechos, relaciones y paisajes que son habitualmente adversos para el hombre cuya gran utopía es que nadie lo moleste".

Recuerdos de hace un cuarto de hora, que acumula este tipo de reveladores cotejos sobre la sociedad mexicana y europea (Londres y París albergaron durante años al escritor y a su esposa, la pintora Joy Laville, que firma aquí un bello y muy ibargüengoitiano epílogo, Llevaba un sol adentro), se cierra con una sección especialmente divertida -Preguntas que no puedo contestar-, donde se reproducen las impagables impresiones del mexicano sobre otra de sus facetas laborales, ésta sin duda la más ingrata, la de profesional de la charla y la conferencia. Sin olvidar en este punto sus acertados comentarios sobre la labor crítica, las ambigüedades de la enseñanza obligatoria de la literatura o la inexplicable pasión de los medios de comunicación por entrevistar a escritores -que al contrario de pintores o músicos, ya han expresado en sus libros todo lo que tenían adentro y mediante palabras-, nos decantamos por extraer, para finalizar, algunas de sus inmortales consideraciones sobre el público que acude a estos actos (y cualquiera que se haya arrastrado de bolo en bolo se sentirá inmediatamente concernido): "En la capital ha desaparecido [...] el personaje que al final de la conferencia levanta la mano, como si fuera a hacer una pregunta, y cuando se le cede la palabra da otra conferencia que no tiene nada que ver con nada"; "También han desaparecido, creo yo, las ancianas que iban a conferencias como quien va a rosarios, a velorios o a visitar enfermos"; "Hace muchos años [...] un conocido mío asistió a una conferencia que di, y más tarde me dijo: Los que estaban junto a mí estaban diciendo: Este tipo, qué mal se viste y qué mal se expresa".

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