Alcántara levanta al público de los asientos con su pregón

  • El escritor y poeta abre la XXVII Feria del Libro con un repaso por su anecdotario personal y el de sus amigos y con una defensa a ultranza de los lectores y de la literatura

Un libro abierto. Pero no por las pastas. El columnista y poeta Manuel Alcántara inauguró en el Teatro Alhambra la XXVII Feria del Libro con un canto a la literatura y a sus "entrañables" amigos, desde Eduardo Haro Tecglen a Pablo Neruda, quien murió viendo a través de la ventana "cómo quemaban sus libros".

Cercano -sensación acrecentada por leer el pregón en el estrecho pasillo entre el telón y las butacas-, Alcántara no dejó de citar a los clásicos en el que fue el mejor pregón de los últimos años. "La literatura no se lee y el periodismo es ilegible", dijo citando a Wilde para remarcar el leit motiv de la Feria: las relaciones entre la prensa y la literatura.

En su opinión, un periodista aspira a "prender pequeños incendios" en la sociedad. Las primeras risas llegaron con su definición de periódico: "Papel volandero que sufre una muerte diaria". Más tierno estuvo en su definición del libro, "el objeto más sagrado que ha inventado el ser humano". "Están siempre callados y nunca rehuyen la conversación, nos dirigen la palabra cuando le dirigimos la mirada". En resumen, unos perfectos caballeros.

Después llegó un nuevo recuerdo, en este caso a Jorge Luis Borges, "el Homero de la Pampa". En una ocasión, un periodista le preguntó al escritor argentino cuál había sido el acontecimiento más importante de su vida. "La biblioteca de mi padre", respondió. Y Alcántara, a continuación, tiró de matemáticas en pleno acto literario para recordar los cálculos de Víctor García de la Concha. "Hablando, un hombre puede decir 9.000 palabras en una hora y en cambio, leyendo, puede llegar a las 27.000 palabras", recordó Alcántara para poner su apostilla personal y una nueva sonrisa en el público: "Leyendo se curan muchas cosas, incluso el nacionalismo".

Y siguió con su columna recitada. "Hay gente que dice que no tiene tiempo de leer. Se podrían ahorrar la confidencia. Se les nota", dijo con el mismo tono de voz que cualquiera imagina al leer sus artículos incluso sin conocerlo. Después volvió a tirar de anecdotario para recordar una mudanza de Eduardo Haro Tecglen, con miles de libros empaquetados. "Ustedes perdonen", dijo el fallecido periodista. "Peor es lo de usted, que se los ha tenido que leer", respondieron los operarios.

Y respecto a los libros que no merecen ser leídos por segunda vez, Alcántara distinguió a los libros tal y como se distinguen a los amigos: íntimos, conocidos y saludables. Respecto a estos últimos, Alcántara confesó que "sólo sirven para ver las tapas". Y el escritor, convertido en una suerte de Hamlet en el escenario del Teatro Alhambra, hizo una última referencia a Gerardo Diego, quien en sus últimos días se había regalado sus libros y se había quedado con trescientos. "Los que le iba a dar tiempo a leer".

No es su caso. "Nuestra biblioteca personal es nuestra biografía, son libros adquiridos, al menos en mi caso, con esfuerzo", explicó el articulista para regresar a continuación a los territorios de la ironía. "Siempre que he comprado un libro he renunciado a algo, en algunas ocasiones a comprar dos". Y después de cerca de media hora, Alcántara finalizó el pregón y por poco tiene que volver para saludar.

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