Algún 'otro lugar'

Concepto y coreografía: Rachid Ouramdane. Compañía: L´A/ R. Ouramdane. Intérpretes: Lora Juodkaite, Mille Lundt, Jean-C. Nelson, Georgina Vila Bruch y Xavier Kim. Música: Jean-Baptiste Julien. Vídeo: Jenny Teng y Nathalie Gasdoué. Lugar: Teatro Alhambra. Fecha: miércoles 2 de diciembre de 2010.

Ouramdane vuelve a poner el acento de la Historia sobre el relato personal. Y en esta ocasión, se centra en el relato de la barbarie -el genocidio, la tortura- desde el punto de vista de la víctima. Creativamente, la tentativa es alcanzar a representar lo irrepresentable. Como declara en el programa de mano, Testigos ordinarios, busca "hacer un retrato de las personas que han sobrevivido a la tortura"; con la atención dirigida hacia 'el hecho en sí', el acto violento, referido desde la experiencia personal, la narración subjetiva del sujeto marcado por ese 'otro lugar' de la experiencia traumática.

¿Cómo subir eso a un escenario? Testigos ordinarios se sirve de algunos recursos escénicos ya vistos para representar la barbarie: el cuerpo del contorsionista como copia más fiel del cuerpo ultrajado, de la cosa inerte en lugar del sujeto, del cuerpo muerto. En escena cinco intérpretes, cinco sujetos que caminan alternan paradas estatuarias-contorsionistas que no logran desprenderse de su atractivo más circense que metafórico. Otro recurso que despliega la pieza es tomar el pulso del espectador, someter su mirada a la pequeña tortura de asistir al 'sufrimiento' de otro, el del intérprete. Consigue arrancar al público un aplauso tras satisfacer su deseo. A saber: que cese el solo de la bailarina que gira vertiginosamente sobre sí misma, hasta deformar su imagen y convertirse en peonza deforme de lo humano por acción de la mera cinética. Es un recurso efectista que deja ver -también y mucho- un alarde de virtuosismo, de técnica perfección, más acá de la teatralidad que de la barbarie. Me pregunto a qué aplauden.

Las estridencias lumínicas y sonoras apuntan igualmente a retratar en escena la geografía imposible de ese algún 'otro lugar', incomodan, molestan al espectador pero no activan la maquinaria discursiva. Falla la dramaturgia, no fluye la narración, el escenario consigue con la misma facilidad atraer y soltar nuestra atención. Me sonrío al escuchar la respiración profunda de la espectadora dormida en primera fila, a mi lado. El sueño manda, aunque le guste la pieza.

Ouramade, de pronto, me sacude. Porque semejante oscuro yo no he visto antes, ni esperaba este extrañamiento poético que inventa iluminando tenuemente y en mitad de la nada una hilera de altavoces, son conchas, son ventosas parlantes, susurran en tono neutro, sin balbuceo ni temblor sobre la pirueta psíquica del sujeto en puro acto -de supervivencia, extirpado todo sentimiento.

Ese momento es mucho más elocuente que toda la cantidad de videos proyectados en escena, con las confesiones reales y documentales, de sujetos que atravesaron algún 'otro lugar' y del que Ouramdane desea -sin alcanzar bien- hablarnos, pintar un retrato.

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