Amor, lujo y arrugas

¿Lo mejor? Los paisajes y la casa, estén o no azotados por la tormenta. Para mí los quisiera. ¿Lo peor? El intento fallido de crear un melodrama paisajístico que para mal de la película (las comparaciones serán odiosas, pero son inevitables) nos trae a algunos a la memoria las apasionadas naturalezas en las que viven y sufren los apasionados amantes -como si mundo y persona fueran una misma cosa- de los colosales y perfectos melodramas de David Lean: Zhivago, Lara y las estepas heladas en Doctor Zhivago; Charles, Rosy y los acantilados irlandeses en La hija de Ryan; Adela y las cuevas de Chandrapore en Pasaje a la India, culminación en la que es la propia naturaleza -tomando el lugar de un amante inexistente- la que descubre a la protagonista la locura de la pasión. ¿Lo menos malo? La interpretación sugerente de Diane Lane. ¿Lo menos bueno? La presencia de un Richard Gere que parece una arrugada caricatura de sí mismo pese a que, como acostumbra, actúe correctamente. ¿Lo más de agradecer? Que no engañe: se prometen bellezones y se ofrecen (aunque el bellezón masculino esté un poco pocho), se promete pasión y se la ofrece convenientemente edulcorada, se promete amor y lujo y se ofrece, estos sí, a mansalva. Un gran director teatral, George C. Wolfe, garantiza en su debut cinematográfico -antes sólo había hecho televisión- la corrección de la película y el buen tono de los actores pese a lo inverosímil del guión. Puro Ferrero Roché, hasta con las arruguitas.

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