Arrakis, también conocido como Dune

  • Se cumplen 50 años de la publicación de 'Dune' Debolsillo ha publicado los seis títulos de este clásico

En 1963, el año en que murió John Fitzgerald Kennedy, el escritor Frank Herbert (1920-1986) empezó a publicar una novela por entregas en las páginas de la revista especializada Astounding. La obra respondía inicialmente al título de Mundo de Dune y pretendía eso y no otra cosa: levantar un mundo en un bastidor tan propicio como el del cosmos. Un mundo familiar, empero ajeno. El lector identificaría numerosos aspectos religiosos, políticos y económicos de este mundo, pero no lo reconocería jamás como propio. Ese mundo no es de este mundo, se dirían, aunque inevitablemente se cimiente en él; la novela especula sobre el destino de la raza humana dentro de miles y miles de años, a miles y miles de años luz de nuestra Tierra.

En 1965, el escritor reunió en un solo volumen las historias ambientadas en ese rincón del cosmos no recogido por ninguna carta celeste. Ese mismo año, Dune obtuvo el premio Nebula en su primera convocatoria y, al año siguiente, se hizo con el no menos prestigioso premio Hugo. El éxito entre círculos culturales y contraculturales contribuyó decisivamente a convertirlo en una obra de culto, y como tal se mantiene en nuestros días.

En un primer momento, Herbert quiso encerrar esta cosmogonía dentro de los severos parámetros de una trilogía compuesta por Dune (1965), El mesías de Dune (1969) e Hijos de Dune (1976), pero una vez concluida no se dio por satisfecho (imaginemos imperativos de todo tipo, tanto personales como editoriales) y transformó la trilogía en tetralogía. Tras publicar la cuarta entrega, Dios, emperador de Dune (1981), hubo un nuevo cambio de planes. Herbert hizo a un lado coartadas y nomenclaturas legitimadoras y, antes de morir, todavía puso punto final a una quinta y a una sexta novela: Herejes de Dune (1984) y Casa capitular Dune (1985), dejando puentes tendidos para la continuación de la serie (estos seis títulos han sido editados por el sello Debolsillo para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la publicación de Dune). El testigo pasó a su legítimo heredero, su hijo Brian Herbert, quien, en colaboración de Kevin J. Anderson, añadió dos novelas a las precedentes, Cazadores de Dune (2006) y Gusanos de arena de Dune (2007), así como dos trilogías en torno a los hechos que precedieron a la historia fundacional: Preludio de Dune (1999-2001) y Leyendas de Dune (2002-2004), que conforman un enrevesado bosque narrativo que ha dado pábulo y argumentos a sus críticos.

Sea como fuere, quiero romper una lanza a favor de Dune. Probablemente no sea esa obra maestra ensalzada por sus más conspicuos partidarios, pero tampoco merece el desprecio de sus detractores. Dune es una novela de largo aliento, muy ambiciosa, que se esfuerza lo indecible por estar a la altura de dichas ambiciones. La novela se lleva a las estrellas la lucha por el poder que han erigido o hundido civilizaciones y salpicado de sangre infinidad de páginas de nuestra Historia. El poder y sus servidumbres, el poder y sus exigencias, el poder y sus consecuencias vertebran el relato. El poder, no como una noción abstracta, sino como una realidad muy concreta: el poder como árbitro que establece las reglas del juego, que elige quiénes jugarán la partida y decide cuál será el resultado. El poder, no un juguete caro en manos de un niño mimado, sino un complejo sistema de pesas que mantienen en equilibrio la balanza loca de la existencia. El poder, una recia soga trenzada con las mimbres de la política, la economía, la religión y la cultura. El poder. Si Maquiavelo hubiera escrito una novela de ciencia ficción seguramente se habría parecido a ésta.

Frank Herbert imagina un imperio galáctico y una multitud de planetas, cual feudos, subordinados al emperador. Las luchas intestinas y las intrigas palaciegas están a la orden del día. La historia empieza con una falsa recompensa, una estratagema urdida para barrer del cosmos a los Atreides, una casa que cuenta cada vez con más adeptos.

El emperador Padishah Shaddam IV concede al duque Leto Atreides la administración de Arrakis, también conocido por Dune, un planeta desértico de cuyas arenas se extrae la melange, una valiosísima especia que extiende la vida, que expande la consciencia, de importancia capital en la galaxia. Esta concesión es un pastel envenenado.

El emperador se ha aliado con la baronía Harkonnen para que Arrakis sea la tumba de los Atreides. Tropas imperiales de incógnito ayudan a las huestes del barón Wladimir Harkonnen en una invasión militar que tiene como fin aniquilar al duque y a su estirpe y restaurar el emblema de la casa Harkonnen en el planeta, los anteriores administradores del mismo.

El golpe es un éxito, o casi. El duque muere y el barón pone en su lugar a un sobrino suyo, el conde Rabban, un hombre fácil de manipular. El ataque, sin embargo, no acaba con la vida del heredero del ducado, Paul Atreides, educado por su madre, la Dama Jessica, sacerdotisa del culto Bene Gesserit, en ancestrales saberes de dominio del cuerpo y la mente tradicionalmente reservados para las mujeres de dicha orden. El joven Paul Atreides está aureolado por "el habitual tema del mesías", como el propio Herbert reconoce. En Dune, una profecía advierte de la venida de un líder, hijo de una Bene Gesserit, que llegará de fuera y liberará a las tribus locales del yugo imperial. Por suerte, ese mesianismo, tan del gusto de la tradición norteamericana, está planteado en términos problemáticos: la profecía advierte que el libertador acabará convirtiéndose en un tirano y encabezara una sangrienta jihad, una guerra santa, en el universo conocido. En este sentido, está claro que la figura mítica de Lawrence de Arabia ha influido a Frank Herbert con mayor intensidad que la figura sagrada de Jesús de Nazaret; es decir, el cálculo político tiene tanto peso como el determinismo.

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