Arriba y abajo

Lo mejor del debut como director de Gael García Bernal es que su falta de pretensiones no le impide afrontar con rigor temas de hondura. La fiesta claustrofóbica en la que conviven amos y vasallos en sus mundos paralelos recuerda a El ángel exterminador pues, como en el clásico de Buñuel, sólo los sirvientes pueden abandonar la mansión en la que los amos parecen condenados a permanecer hasta alcanzar un incierto punto límite. El déficit es que García Bernal muestra demasiado pronto sus cartas y sólo el reducido metraje y la notable pericia que demuestra en la puesta en escena nos salva de que acabemos perdiendo interés. El arranque es poderoso pero enseguida se nos desvelan todas las claves: el retrato de una generación deficitaria en valores e ilusiones y sobrada de hedonismo, y la constante contraposición de dos mundos aparentemente bien avenidos pero en los que siempre ha de quedar claro quién manda y quién obedece. Esas relaciones quedan claras en los primeros instantes sin que al avanzar la narración se nos aporte mucho más.

Déficit sí sabe hablar de la pérdida del paraíso, la progresiva toma de conciencia sobre un futuro incierto, el derrumbe del mito paterno y la fragilidad de los dos personajes principales y enfrentados, el Cristobal que interpreta Gael, y Adán, el hijo del jardinero, así como la inevitable asunción de responsabilidades, que en ambos casos acaba en rotundo fracaso. García Bernal orquesta los conflictos y tensiones entre los personajes y hay momentos cinematográficos muy logrados como la secuencia más orgiástica y desmadrada de la fiesta, con un poderoso empleo de la steady-cam y del sonido, pero los personajes no empatizan con el espectador.

El encierro de esta comunidad bipolar respecto al mundo exterior no impide que por las rendijas se cuele la realidad, pero bien dosificada: la carretera cortada por unos campesinos, las pintadas zapatistas, los pobres que beben por no tener nada mejor que hacer... pero esas pequeñas píldoras no hacen cine social ni a García Bernal le interesa hacerlo. Le interesan más los parecidos que las diferencias, y lo que comparten quienes están a uno y otro lado de la frontera social es un inmenso vacío.

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