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de Yo

  • En 1947 apareció en el país vecino 'Escupiré sobre vuestra tumba' l La obra de Romain Gary, llena de violencia y sexualidad extremas, le acarreaó una condena por ultraje a la moral

El escritor francés de origen ruso Romain Gary -cuyo verdadero nombre era Roman Kacew- vivió un extravagante episodio de desencuentro consigo mismo. Gary se sirvió de varios heterónimos a lo largo de su carrera, entre ellos el de Émile Ajar, cuyos manuscritos, los de Ajar, enviaba a la editorial Gallimard a través de un amigo y Río de Janeiro en el remite. Con dicho seudónimo y la novela La vida ante sí (1975), Gary ganó el prestigioso premio Goncourt, por lo que debió pedir a un familiar suyo la adopción temporal de la improbable identidad del escritor galardonado. Los críticos olieron a gato encerrado, pero apuntaron equivocadamente hacia Raymond Queneau, mientras alguno, más despierto pero igualmente desnortado, se fijó en Gary… ¡para acusarlo de imitar el estilo de Ajar! La pregunta es: cuando el lector lee "¡Soy Émile Ajar!" en un libro firmado por éste, ¿a quién está escuchando? ¿Al evanescente Ajar o al archiconocido Romain Gary? ¿A Roman Kacew tal vez?

En las anchas tierras de Francia encontramos otro caso paradigmático de autor convertido en muñeca rusa. En 1947 apareció en el país vecino Escupiré sobre vuestra tumba, una novela firmada por un tal Vernon Sullivan cuya violencia y sexualidad extremas y explícitas le acarrearían una condena por ultraje a la moral y las buenas costumbres. Sullivan escribiría tres novelas más, todas ellas traducidas por el polifacético Boris Vian, el hombre tras la máscara en realidad, o una máscara más en la mascarada. Las preguntas son: ¿Quién habla cuando leemos "Yo" en un relato cualquiera? ¿El narrador? ¿El personaje? ¿El lector quizás? ¿Un hibrido de todos ellos? ¿Un espectro? (El Yo es, según Sigmund Freud, un "fantasma gramatical"). Detengámonos en Escupiré sobre vuestra tumba, el relato en primera persona de un individuo llamado Lee Anderson. El protagonista llega a una pequeña localidad WASP de los Estados Unidos: sus habitantes son todos gente de piel láctea, ojos celestes, cabellos preferentemente rubios. Anderson llega para hacerse cargo de una librería y el tipo al que sustituye, antes de cederle el puesto, le da un consejo: si quieres vivir en paz con la comunidad, no dejes de ir a la iglesia los domingos. Él, sin embargo, prefiere enrollarse con un grupo de quinceañeros a los que aviva el lado animal facilitándoles el alcohol que no pueden comprar a causa de su edad; Anderson se cobrará en especie, unas veces con una chica, otras con otra, no sé si me entienden.

Esta voluptuosidad responde a un plan. Resulta que Anderson, a pesar de la palidez de su piel, es en verdad de raza negra -pero esto no consigue decirlo la palabra Yo- y tiene en mente una venganza. Entre las varias candidatas al holocausto, se decanta por dos hermanitas de la flor y nata del lugar (blancas, pues) a las que hará pagar, con creces, el reciente linchamiento de su hermano menor… Al llegar a este punto, mediada la novela, el lector suele confundirse. Alguno creerá haber sido objeto de un engaño. No es así. Lo que sabemos de Lee Anderson es lo que él nos cuenta, sin duda, pero ¿por qué debería haberse presentado diciéndonos yo soy negro? Lo confiesa en el momento oportuno, desbaratando la confianza ciega que el lector deposita en el pronombre de primera persona singular. Y es que el Yo puede ser un apéndice del autor, un desdoblamiento, un Mr. Hyde. O una secreción de su persona, un retrato a lo Dorian Gray, residuo o esencia, según el momento. O un disfraz, una impostura, como Lee Anderson respecto a Vernon Sullivan, o éste respecto a Boris Vian… Será siempre ficción, deleitosa, deletérea.

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